Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

Pepe Fernández, el gran fotógrafo del mundo del arte

Escribe Hugo Beccacece (CABA) Pepe Fernández es una de las figuras secretas de la cultura argentina: una especie de espejo mágico en el que se reflejaban los rostros y las obras de sus amigos a los que, con su mirada, su cámara y su pluma, convertía a su vez en espejos que le devolvían la propia imagen. Era un retratista retratado por sus modelos. Pianista, profesor de piano, expatriado argentino...

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Escribe Hugo Beccacece

(CABA) Pepe Fernández es una de las figuras secretas de la cultura argentina: una especie de espejo mágico en el que se reflejaban los rostros y las obras de sus amigos a los que, con su mirada, su cámara y su pluma, convertía a su vez en espejos que le devolvían la propia imagen. Era un retratista retratado por sus modelos. Pianista, profesor de piano, expatriado argentino en París, encargado del guardarropa en la boîte La Cigale de París, técnico de un instituto atómico, periodista, fotógrafo y, por último, memorialista, se hizo famoso entre los famosos en Buenos Aires y en París por donde nadie que fuera alguien pasaba sin saludarlo. Era un duende travieso, pequeño como son los duendes, con una sonrisa pícara en los ojos. Cuando decidía estar serio, como en la fotografía que se reproduce en la portada de adncultura, provocaba risa. Con esa risa y una inocencia que no lo abandonó jamás, conquistaba a todos quienes lo conocían. Fue amigo de Juan Rodolfo Wilcock, María Elena Walsh, Guillermo Vilas, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Manuel Puig, Julio Cortázar, Copi, Lalo Schiffrin, Greco, y la lista sigue.

Por fin, los documentos que Pepe atesoró durante una larga vida empezarán a conocerse. Del 16 de octubre al 16 de noviembre, Villa Ocampo exhibirá la muestra Pepe era una fiesta, en la que se podrán ver dieciocho retratos de escritores y artistas, realizados por él, entre los que hay algunos muy curiosos (Roland Barthes en diálogo con Italo Calvino, Pablo Neruda con Mikis Theodorakis). Además se expondrán los cuadernos donde el fotógrafo-escritor llevó su diario desde el 20 de diciembre de 1948 hasta 1967, las cartas de sus amistades célebres (Julio Cortázar, Manuel Puig, J. R. Wilcock, Silvina Ocampo), notas de época, negativos, diapositivas, libros, revistas y otros materiales de su archivo personal. Es un verdadero tesoro documental que integran, por ejemplo, cincuenta mil negativos donde está registrada la vida cultural, social y deportiva de París entre mediados de la década de 1960 y el comienzo del siglo XXI. En esos negativos, hay estrellas de cine europeo y de Hollywood, músicos, pintores, escultores, novelistas y decenas de campeones del deporte, desde Carlos Monzón hasta Guillermo Vilas con el que Pepe entabló una profunda amistad. Quienes visiten la muestra no deben dejar de leer la notable y muy amena cronología de la vida de Pepe investigada por Ernesto Montequin.

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José María Fernández (Pepe) nació en 1928 en el barrio de Flores. Su padre, Higinio Fernández, era corrector de Crítica, el diario de Natalio Botana. Su madre, María Antonia Enriori, era maestra de escuela. Pepe tuvo una sola hermana, Nela, cuya hija, Mariana Grisolía Fernández, heredó los papeles y archivos de su tío. El padre les daba cada tanto a sus hijos una suma de dinero para que se compraran los libros que quisieran. Además, los dos hermanos estudiaron piano y Pepe, durante muchos años, tuvo la ambición de convertirse en un concertista. Frecuentaban el Colón donde se produjo el encuentro que cambió la vida de Pepe. A la salida de un recital, los hermanos Fernández comentaban de un modo tan presumido lo que habían escuchado que atrajeron la atención de un joven de menos de treinta años, el escritor Juan Rodolfo Wilcock. Fue una especie de flechazo. El poeta descubrió en ese muchachito una fuente inagotable de simpatía y humor. Ése fue el nacimiento de una amistad destinada a perdurar en la vida y en la literatura. Wilcock escribió poemas inspirados en Pepe. Él fue quien introdujo al chico de Flores en el mundo literario, el que lo llevó a la casa de los Bioy Casares, donde comía junto a Borges, a Silvina Ocampo y a Adolfito. También intervino el azar. Los Fernández se mudaron a Ramos Mejía, donde los padres de Pepe recibieron en la amplia casa con jardín a los jóvenes amigos de su hijo. Los Fernández tenían una vecina de la que todos hablaban como de una especie de niña o de joven prodigio: María Elena Walsh. Pepe vio un libro de la celebridad local y lo leyó. Quedó admirado y le escribió una carta. Ése fue el comienzo de otra amistad decisiva que duraría toda la vida.

El 20 de diciembre de 1948, Pepe inauguró su diario. En la primera entrada, comenta que está leyendo la autobiografía de Isadora Duncan. Más adelante, se libra a otras confesiones; por ejemplo, el 2 de enero de 1949 cuenta:

Con María Elena terminó todo. Fuimos los amigos más felices que pueda uno imaginarse. Vivíamos como los pájaros y todo era fácil y posible. Pero duró poco: comenzaron sus cartas, sus poemas y su manera de mirar llena de dulzura. Y yo no pude responder y huía de sus miradas. Leía sus poemas dedicados a mí, sus cartas y me mantenía en silencio. Quería no darme cuenta de lo que sucedía.

El cariño que sentía por María Elena nunca fue amor, pero era tan profundo que llega a escribir: “Desearía que, cuando yo muera, María Elena fuera la primera en leer este diario“.

Con el tiempo, el grupo se desmembró. Wilcock, María Elena Walsh y Leda Valladares se fueron a Europa donde ellas dos iniciaron una carrera en el music hall. Pepe ya había iniciado una gran amistad, hecha de complicidades, del mismo sentido del humor y del ridículo, con Silvina Ocampo en cuya casa comía a menudo. El jovencito se convirtió casi en una adicción para Silvina. Hasta tal punto que cuando ella y Bioy viajaron a Francia, con mucha discreción, para adoptar la hija que Bioy había tenido con otra mujer (esa hija sería Marta Bioy), Silvina venció su formidable tacañería y le pagó un pasaje a Pepe. Él, pensaba ella, le daría fuerzas para sobrellevar los momentos difíciles que se avecinaban. Pepe contaba muchos años después que Marta no estaba en París, de modo que los Bioy debieron viajar a provincias para retirar a la recién nacida. Cuando regresaron a la capital, Silvina dejó a Marta sobre una cama y con aprensión, como si ya entreviera un futuro de angustia, le preguntó a su amigo señalando a la beba: “¿Será homosexual?“.

Meses después hubo problemas cuando los Bioy Casares decidieron volver a Buenos Aires con la hija adoptiva. En una carta a sus amigos de Buenos Aires, Pepe les dice:

Ayer se fue Silvina a Buenos Aires y no me despedí porque ella había estado insoportable y consiguió ponerme furioso, ya que no puedo soportar su avaricia. Ella no puede tolerar que yo no volviera con ellos a la Argentina porque calculaba que en el barco la ayudaría mucho con la criatura, y dio escape a su mal humor tratando de culparme de sus peleas con Johnny Wilcock y Marta Mosquera, quienes la abandonan por las cosas abominables que hace con cuestiones de dinero y falsedades.

Pepe hizo dos viajes a Europa. El primero se extendió de 1954 a 1957. Durante ese período, vivió como pudo, ayudado por María Elena y Leda Valladares que habían conseguido imponerse en el mundo de los cabarets. Le consiguieron un trabajo de encargado del guardarropa en La Guitare, donde ellas cantaban. A veces, pasaba hambre; con todo, en la boîte, pudo satisfacer su anhelo de conocer celebridades. Tenía que cuidar los sobretodos y los tapados de Picasso, de Miró, de José Luis de Villalonga, Rita Hayworth, Myrna Loy, Gene Tierney.

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La banda de París se dispersó. María Elena y Leda regresaron a Buenos Aires y Pepe se quedó suspendido en la soledad. No aguantó mucho más. En 1957, regresó a Buenos Aires, volvió a tener alumnos de piano y de francés, “a devorar música en el Colon” y comenzó a redactar guiones para las fotonovelas de la Editorial Abril. También publicó varios cuentos en la revista Claudia. Había alcanzado cierta estabilidad, pero de pronto, las tragedias se sucedieron: primero, murió su madre, en junio de 1961. Un año y medio más tarde, en enero de 1963, Higinio, el padre, se suicidó porque no toleraba la ausencia de su esposa. Pepe resolvió dejar la Argentina. Se fue definitivamente en 1964 y se instaló en París. Trabajó en lo que pudo: fue ordenanza en una fábrica de muebles, empleado en un laboratorio de energía nuclear, administrador de un hotel. Abandonó el proyecto de convertirse en pianista e interrumpió la escritura de sus diarios. Poco a poco comenzó a interesarse por la fotografía.

La suerte, con moderación, empezó a favorecerlo. En 1969, consiguió alquilar una mansarda en el quinto piso sin ascensor en el 28 de la rue du Four, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés. Pepe todavía no les temía a las escaleras. Por esa amplia e irregular mansarda, hecha de recovecos, de ángulos y vigas imprevistas, pasó lo más granado del mundo literario y artístico porteño que llegaba a París. El ex profesor de piano se había vuelto un personaje conocido y querido por el jet set internacional. Esos contactos lo llevaron a escribir crónicas periodísticas para Buenos Aires. Se convirtió en un corresponsal que, además, podía tomar fotografías. Para la Editorial Abril se transformó en un hombre clave. Se hizo muy amigo de Germán Sopeña que también trabajaba para la misma editorial. Pepe fotografiaba a escritores, políticos actores y figuras del mundo cultural, hasta se había especializado en los acontecimientos deportivos: peleas de box, partidos de tenis y de fútbol. Siempre les decía a los medios para los que trabajaba que le consiguieran acreditaciones para ingresar en los vestuarios. En ese pedido, afloraba la picardía. En poco tiempo, tuvo una galería de desnudos de los deportistas más famosos del mundo. Cuando Carlos Monzón luchó contra Mantequilla Napoli, la editorial Abril le encargó que cubriera la pelea. En una carta del 16 de febrero de 1974, les escribe a sus familiares:

Nunca creí que un boxeador me impresionaría como Monzón. Es una obra maestra, en todo, con un magnetismo impresionante. Me hice tomar una foto con él y cuando me senté a su lado después de un entrenamiento, él que parece no ver nada ni a nadie, porque jamás mira, me dijo: “Esta vez te compraste un verdadero flash”. Se acordaba de que hace unos meses lo fotografié con uno muy chiquitito que no anduvo.

En la misma carta, Pepe cuenta una reunión en su casa, donde María Elena Walsh y Jairo cantaron para Julio Cortázar. A propósito de esa reunión, hay una carta muy interesante del escritor a Pepe porque muestra el profundo viraje político del autor de El libro de Manuel. La periodista Adriana Civita, hija del dueño de la editorial Abril, le había pedido a Pepe desde Buenos Aires que le consiguiera una entrevista con Cortázar. Éste le respondió a Pepe:

Lo de la hija de Civita me crea un problema. Si quiere -como es lógico-una entrevista para alguna de las revistas de Abril, le digo francamente que no. Sé lo que es Abril, de dónde sale su potencia, qué fuerzas maneja y la manejan. No quiero servir más de lo necesario a la sociedad de consumo, aunque no tenga el valor de romper definitivamente con ella, ya que su extremo opuesto tampoco me daría hoy lo que deseo. Y para marcar diferencias agrega: Pero lucho a mi manera por ese “extremo opuesto”, y por ejemplo acabo de enviarle una larga entrevista a CRISIS. ¿Ves mi punto de vista? Sé muy bien que a mí me publicarían todo lo que dijera, pero eso puedo decirlo en otras publicaciones que me merecen más estima. No tengo falsa modestia, hago mi juego como Monzón el sábado. ¡Qué flor de paliza, viejo, qué campeón!

Fue a propósito de una entrevista como comenzó la amistad entre Pepe y Guillermo Vilas, que lo invito a Buenos Aires en dos oportunidades y lo alojó en su casa. Se convirtieron en compinches. Guillermo era otro de los que no podían prescindir del hombre detrás de la cámara. Pepe era una adicción.

Hacia fines de la década de 1990, Germán Sopeña, secretario general de La Nacion, me presentó a Pepe Fernández en el edificio de la calle Bouchard. Los dos se querían como hermanos. Pepe traía una gran caja donde estaban sus retratos literarios y también algunas fotos deportivas; por supuesto, había una de Vilas. Nos las dio a Germán Sopeña y a mí, para que “se las administráramos; al fin y al cabo, éste es el diario que publica más fotos de escritores“. Tal era la confianza que tenía en sus amigos. Pocos meses después, viajé a París. Lo llamé. Me dijo que lo fuera a visitar. Subí los cinco pisos de la rue du Four y pensé que no era una casa en la que Pepe debiera vivir mucho tiempo más. Sin embargo, él me hizo reír y rever mi posición desde que entré: “¡Qué escalera, eh! ¡Una maravilla! Ahora han empezado a poner ascensores en estos edificios antiguos, hasta en los suburbios. Van a arruinar la raza. Gracias a estas escaleras, las mujeres y los hombres franceses tienen los culos más hermosos de Europa. Soy fotógrafo. Sé lo que digo. He hecho muchos desnudos. Los culos de Francia son imbatibles. Pero si instalan ascensores, ese orgullo nacional va a perder la verticalidad“.

Por supuesto, me mostró fotos literarias, sociales, deportivas, las carpetas con las cartas de Silvina, de Cortázar, de Puig, de María Elena, de medio mundo. Y también los desnudos. Me contó que posaban para él, desnudos, en forma gratuita, muchos hombres que jamás lo habían hecho. “Son vanidosos. Con que les digas nada, con que elogies el modo que tienen de pararse frente al mundo, ya se sacan la ropa. Lo toman como una obligación ¡metafísica!

Salimos a caminar por París. Le encantaba la gente joven, las chicas con cola de caballo lo fascinaban y lo mismo le ocurría con los chicos que llevaban gorra con la visera dada vuelta sobre la espalda. “¡Qué linda moda! Me hacen acordar al muchachito (Holden Caufield) de El guardián entre el centeno. ¡Cómo me hubiera gustado llevar la gorra al revés!

Lo cierto es que él no parecía viejo. No parecía tener edad, o más bien tenía la edad de la gracia, de la generosidad. Sin embargo, el tiempo lo atrapó en lo alto de la rue du Four. Fue el 14 de julio de 2006, el aniversario de la toma de la Bastilla, cuando París entero baila en las calles. Dejó todo bien ordenado. En sus carpetas, en sus álbumes, está todo lo necesario para recrear una época de la que él fue, casi sin darse cuenta, testigo y protagonista esencial.

Fuente: La Nación

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