Para un libro de anécdotas: curiosas historias de hoteles porteños

Para un libro de anécdotas: curiosas historias de hoteles porteños

(CABA) Hoteles con historia hay un montón en la Ciudad. Tantos como historias de hoteles. Y sus dueños coinciden en que con las cosas que los huéspedes se olvidan bien podría escribirse un libro. Remedios, relojes, teléfonos celulares, documentos, joyas y hasta algún juguete erótico son objetos que el personal de limpieza encuentra a diario en las habitaciones recién desocupadas.

De esto puede dar fe Marcelo Giovannoni, presidente de la Cámara de Hoteles de la Asociación de Hoteles, Restaurantes, Confiterías y Cafés, empresario con más de 30 años de experiencia y “confesor” de muchos afiliados. “Creo que, menos un perro, se han dejado cualquier cosa en los hoteles”. ¿Cuál fue el objeto nunca reclamado que más los haya sorprendido? Piensa y dispara: “Una pierna ortopédica. Increíble. Hace 10 años que el hotelero, de un importante establecimiento cercano a Plaza San Martín, la conserva. Su dueño jamás fue a reclamarla ni respondió a los llamados. Hemos visto cosas extrañas, pero como ésa ninguna”.

También hay huéspedes que hacen historia. Tal vez el ejemplo más famoso sea el de Federico García Lorca en el Hotel Castelar, de Avenida de Mayo y Lima, refugio del perseguido poeta español. En 2012, su cuarto fue restaurado y hoy está abierto al público como un pequeño museo.

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Menos conocida es la historia de la habitación del boxeador Carlos Monzón en el Hotel Plaza Roma, justo frente al Luna Park. Su dueño, Vicente “Chiche” López, rememora con nostalgia los tiempos de esplendor del famoso estadio de Tito Lectoure, cuya constante programación deportiva hacía que en sus cuartos se hospedaran los Harlem Globetrotters, las mejores selecciones de básquet y vóley del mundo o los ciclistas de la prueba “Los seis días en bicicleta”.

Pero fue el boxeo, sin dudas, el motor del hotel. Por eso, define a Monzón (“el mejor pugilista de la historia de nuestro país”) como su huésped más célebre. “Estuvo acá cuatro meses de fiado, antes de pelear con Nino Benvenuti por el título en 1970. Fue, ganó, volvió y ahí nos pagó. Para la revancha estuvo concentrado acá, siempre en la habitación 302. Se levantaba, desayunaba y cruzaba al Luna a entrenar. Veía la entrada desde la ventana de su pieza”, cuenta.

Y suma una anécdota: “A Monzón también teníamos que cubrirlo de vez en cuando. A veces salía bien y a veces no tanto. Recuerdo un domingo a la mañana en la que llegó al hotel su mujer Pelusa (Mercedes García), a los gritos. ¿Dónde está mi marido? ¡Traigan un abogado que me divorcio!, tronaba. Claro, es que el Negro tenía que haberla buscado en la estación de Retiro y nunca fue. A las 11 cae Carlos y lo atajo, le cuento lo que pasa y que su mujer lo esperaba en la habitación. Casi se muere. Andá y manchate todos los brazos con grasa y le decís que estabas arreglando el Torino, que te dejó de a pie de camino a la estación…, le recomendé. Pero la mentira no prosperó. Pelusa le tiró con todo lo que tenía a su alcance. Al tiempo se separaron definitivamente” El mismo hotel Plaza Roma guarda otra historia. Es la de su cúpula visible desde la calle y distintiva del edificio.

Rafael García nació en España y en 1942 fue enviado por sus padres a Buenos Aires, a vivir con un tío, propietario de un inmueble en cercanías del antiguo Correo Central. Allí armó una pequeña habitación en la cúpula del edificio y sólo bajaba para trabajar.

Años más tarde, el edificio se vendió y se transformó en hotel. Rafael pidió quedarse y prometió trabajar duro y ocupar el mínimo espacio de siempre, en lo más alto. Los nuevos dueños se lo permitieron y fue así que el ermitaño español los acompañó en el día a día laboral y fue testigo del nacimiento y crecimiento de los hijos de los propietarios. “Rafa siempre va a estar en nuestros recuerdos –cuenta Romina, hoy ejecutiva bancaria e hija del dueño–. Compartimos tantas cosas de chicos… el ajedrez, ver las constelaciones en la cúpula, las historias de la Legión Extranjera, los objetos que le regalaban los marineros. Fue para cuatro generaciones un niñero, un chico grande, un sabio. Hasta que se fue”. La partida de Rafael fue en diciembre de 2014. Tras enterarse de que padecía cáncer, les dijo a todos que no quería ser una carga y se suicidó en su habitación cerca del cielo. Habían vivido allí más de 70 años. Desde entonces, la cúpula fue cerrada definitivamente. Sin embargo, hay quienes aseguran que por la noche suelen verse en ella algunos destellos. Hay que saber mirar en la oscuridad de Bouchard. NR

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