Buenos Aires, 18/12/2017, edición Nº 1860

Para que el miedo no se suba a la calesita

No hay barrio de Buenos Aires que no albergue alguna calesita, pero no todas ellas son lo seguras que deberían ser para garantizar el disfrute de los chicos. (Ciudad de Buenos Aires) En Francia se llama carrousell, karusola en Polonia, giostra o girotandi en Italia, tiovivo en España y los porteños denominamos calesita –palabra que derivaría de calesa, antiguo carruaje de dos o cuatro ruedas- al juego que aún apasiona...

No hay barrio de Buenos Aires que no albergue alguna calesita, pero no todas ellas son lo seguras que deberían ser para garantizar el disfrute de los chicos.

(Ciudad de Buenos Aires) En Francia se llama carrousell, karusola en Polonia, giostra o girotandi en Italia, tiovivo en España y los porteños denominamos calesita –palabra que derivaría de calesa, antiguo carruaje de dos o cuatro ruedas- al juego que aún apasiona a los chicos de todo el mundo y que consiste en una plataforma giratoria sobre la que se instalan asientos con forma de animales (patos, caballos, cerdos, cisnes) automóviles, aviones o barcos.

Aunque no existen precisiones absolutas, para los conocedores del tema el artefacto nació en Turquía con el nombre de sarianguik y era un enorme plato de madera con caballos del mismo material que giraba sobre su eje; aunque admiten que mucho antes, en el siglo VI y en el imperio bizantino, un grabado mostraba a jinetes que se balanceaban en un cesto unidos a un palo central. Se estima que pasó a Europa con las Cruzadas suscitando el entusiasmo de la realeza y que durante los siglos XVII y XVIII se constituyó en uno de los elementos de mayor atracción en las kermesses populares.

Curiosamente no existen datos precisos acerca de la introducción de una atracción fundamental: la sortija. Pero se cree que en los años ´30 del siglo pasado comenzó a conocerse esta suerte de calabaza de madera con una pieza metálica movible insertada en su extremo y agitada –desde un lugar fijo posicionado fuera de la plataforma- por el calesitero, un personaje arquetípico que simula realizar complejos movimientos para eludir los manotazos de los pibes, tras lo cual entrega el adminículo a quien supuestamente ha tenido la habilidad de arrebatársela y que en verdad es aquel que él mismo ha elegido. La ceremonia le permite al beneficiado gozar de una vuelta gratis.

La primera calesita que conoció la ciudad de Buenos Aires provenía de Francia, había sido construida en Alemania y se instaló en el antiguo barrio del Parque, más precisamente en la plaza Lavalle entre lo que hoy es el teatro Colón y el Palacio de los Tribunales. Poco más de veinte años después, un tal Cirilo Bourrell y sus dos socios, entregaron una de fabricación nacional que se ubicó en la entonces plaza Vicente López.

La primera fábrica integral fue la de los hermanos Sequalino, que desde Rosario exportaba sus lúdicos productos a Uruguay, Perú, Chile, Paraguay y Brasil. Por entonces, era habitual que los calesiteros se instalaran durante un tiempo en algún potrero para abandonarlo luego y mudarse a otro sitio.

En los inicios de la actividad, las calesitas funcionaban a tracción humana –en 1855 los carrouselles franceses eran movidos por bicicletas- o animal (burros o caballos), pero a partir de 1920 comenzó a utilizarse la electricidad en aquellos lugares en los que era posible acceder a ella. La novedad promovió innovaciones que revolucionaron el juego infantil, pero también obligaron a extremar el cuidado por el mantenimiento de las maquinarias e instalaciones con el fin de preservar la seguridad de los pequeños usuarios.

La Ciudad de Buenos Aires cuenta hoy con alrededor de 40 calesitas en distintos espacios públicos, que se encuentran protegidas por una ley aprobada en 2008 por la Legislatura local que las consideró bienes culturales y dispuso la creación de un comité para su defensa y fomento en el ámbito del Ministerio de Cultura. Cabe señalar que sus miembros ejercen sus funciones a título honorario, sin percibir suma alguna.

Lo cierto es que, a pesar de que muchas cerraron, quedaron abandonadas o se fueron destruyendo, prácticamente no hay barrio de Buenos Aires que no albergue alguna calesita, pero no todas ellas son lo seguras que deberían ser para garantizar el disfrute de los chicos, situación que ha motivado la inquietud de numerosos vecinos. A raíz de denuncias sobre la presencia de cables de electricidad expuestos, personal del área de Control Comunal y Gestión Urbana de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires visitó 37 calesitas para verificar sus condiciones de mantenimiento y seguridad.

Del relevamiento realizado por la Defensoría del Pueblo porteña surgió que sólo el 30% reunía las condiciones mínimas para seguir funcionando, en tanto el 50% evidenciaba deficiencias en lo que concierne a maquinarias o instalaciones eléctricas y el resto estaba en reparaciones, había sido abandonado por sus propietarios o no contaba con la habilitación correspondiente. A partir del contacto establecido con los calesiteros pudo observarse que se produjo un gradual mejoramiento de las condiciones, impresión que se confirmó cuando la Dirección General de Fiscalización y Control del Gobierno de la Ciudad, a solicitud de la Defensoría, realizó una inspección en la que constató que, en general, existía un aceptable mantenimiento de las instalaciones.

Por considerar que la problemática planteada había hallado un cauce adecuado, el organismo de control recomendó la realización de inspecciones periódicas a las calesitas porteñas, con el objetivo de garantizar el cumplimiento efectivo y permanente de las normas vigentes, especialmente en lo que hace a cuestiones tan sensibles como la seguridad y la higiene.

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