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Paola Delbosco: “El don de la vejez es mostrarnos que se puede amar a alguien por lo que es”

Escribe Paola Delbosco

(CABA) Nada hay más refrescante para un chico que un adulto no tan apurado por todo lo que debe hacer y no llega a cumplir, ni tan preocupado por la educación que le está – o no le está- transmitiendo a aquél. El nombre de ese adulto no apurado y más distendido bien puede ser abuelo o abuela, esa persona que conoció a nuestros padres cuando eran hijos, y que sabe que las exigencias de los padres como educadores no se resisten mucho al archivo de la memoria.

Esos abuelos y los hoy cada vez más presentes bisabuelos, que por lo general han doblado ya la boya de los 80 años, traen al tejido familiar otro ritmo, otra actitud y otra riqueza. Es que para crecer hay que conocer la vida, y si es posible en todo su arco, viéndonos como en un espejo desde la niñez, luego en la adolescencia, que culmina finalmente en la adultez, y la vejez que inevitablemente espera, con sus más y sus menos, a quienes siguen en esta tierra.

¿Cuál es el don de la vejez? Quizás sea mostrarnos que se puede amar a alguien no por lo que sabe hacer o por lo que aprenderá a hacer, sino fundamentalmente por lo que es. Pueden llegar momentos en que ese anciano no sepa por qué lo queremos tanto, pero nosotros sí lo sabemos. Esa mujer rubia, por ejemplo, madre-abuela-bisabuela, sabe que está en su lugar, y por eso sonríe cuando la rodean los niños, que corren contentos a recibir cada uno, el chocolatín que ella trae en una bolsita cada domingo. Es un rito de encuentro intergeneracional, en el cual cada uno sabe perfectamente qué hacer. Estos pequeños gestos de vida compartida nos permiten entender y amar cada una de las épocas de la vida, aprendiendo la paciencia y la comprensión no solo hacia el pequeño que va adquiriendo día a día más habilidades, sino también hacia los que la vida hizo más lentos, más trabados, más sordos, pero también más sabios, más dispuestos, y llenos de cuentos asombrosos sobre cosas que ya no existen.

Es verdad que hay también ancianos que, por circunstancias de la vida, se ven privados de familiares cercanos, pero el grado de civilización de nuestra sociedad se prueba justamente en nuestro compromiso en ofrecer acompañamiento, servicio y amor a cada persona anciana, sea cual fuere su situación, honrando su humanidad y la nuestra.

*Paola Delbosco, Doctora en Filosofía y Profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral

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