Buenos Aires, 19/10/2017, edición Nº 1800

Pallarols, un orfebre con el oficio en la sangre

Famoso en el mundo.

Juan Carlos Pallarols, pese a ser un orfebre de fama mundial, aun ama recorrer el barrio, ir a los bares y hablar con la gente.

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(CABA) Hace 44 años que está en el primer piso de Defensa y Humberto 1°. “Fue conventillo y se transformó en la cantina Sorrento. En los balcones tenía mesitas, la gente comía y miraba la feria, que recién empezaba”, cuenta Juan Carlos Pallarols en la recorrida por su taller, showroom y vivienda. Nació en Banfield, pero ya de chico iba a la Plaza Dorrego.

De aquel San Telmo aparecen el taller de su abuelo, el cine Cecil, las iglesias del barrio. Y esa esquina. “El doctor Miguel Angel Cullen, que había sido maestro de pintura y escultura de mi papá, me dice un día: ‘M’hijo, por qué no me acompaña a San Telmo que Peñita (por el arquitecto José María Peña) va a hacer una feria de antigüedades y artesanías. Así me ayuda a sacar unos trastos viejos’. Cuando vi la cantina Sorrento pensé: tiene que ser mi casa”, avanza.

Pallarols se acercó a Don Antonio de Gregorio, el dueño, y le preguntó si vendía la propiedad. “Seis o siete meses después me llamó el tano , que había tenido temas personales y me la ofrecía. El lugar estaba destrozado, pero yo me sentía feliz, no sabía por qué”, sigue. Tiempo después, tras participar en una exposición por el centenario del Casal de Catalunya, recibió una invitación para conocer la tierra de sus antepasados. Allí descubrió que la casa de su abuelo, donde había nacido su padre, era muy parecida. “No solo eso, estaba en la calle Alta de San Pedro, frente a la antigua Plaza de las Carretas. Esta esquina de San Telmo fue la esquina de las carretas y esta era la calle alta de San Pedro”, cierra.

-¿Cómo es tu San Telmo ahora?

-Aquí tengo cubiertos los cinco sentidos. Conozco a la gente, me gusta que me conozcan. Tengo mi fuente de provisión que no es ningún shopping ni supermercado sino el mercado tradicional. Elijo mis verduras, tengo mi carnicero, mi panadero. Me atienden, me avisan si hay algo especial. Entiendo la ciudad como una gran familia. Si conseguimos solucionar el problema de mis diez metros, después ayudamos con los diez del otro y el otro, arreglamos el mundo.

-¿Sos bolichero?

-Muy, porque me gusta hablar con la gente. Casi todas las noches salgo a algún lugar, aunque sea media hora, pero voy. El café de mis amores es el Tortoni, simplemente porque durante veintipico de años fue de mi familia materna. El casamiento de mis padres fue ahí.

-¿Cómo es eso?

-Los hermanos Rey, entre el año 22 y el 42 fueron dueños del Tortoni. Ellos eran mozos y luego se hicieron cargo del lugar. Mi mamá tocaba el violín y era cajera, y mi papá la iba a ver.

Del lado Pallarols hay seis generaciones de orfebres para atrás y algunos de sus hijos heredaron el oficio. Tienen piezas en la Basílica de Luján, en el Congreso de la Nación, en la Catedral, en el Colón, en la Casa Rosada y en el teatro Coliseo, además de las colecciones privadas. “Yo no dejo de ser, y creo que eso es lo que me hace más feliz, el pibe de hace 50 años que hacía mi trabajo con toda la pasión que me enseñaron”, desliza.

-¿Cuál fue la primera pieza?

-Una flor en una lata de sardinas. La primera que sentí que era un trabajo importante fue la cara de San Martín, tenía seis años.

Trabajó para reyes, presidentes, papas, empresarios y artistas, pero el pedido más extraño fue el de una señora que llegó a su taller envuelta en un tapado de astracán, unos 20 años atrás. “Quería un cinturón de castidad para su nieta, que rondaba los 20 ó 25 años”, dice.

-¿Entonces?

-Le dije que lo mejor era que volviera con la nieta, pensando que no iba a aparecer más. Pero a los pocos días regresaron. Le pregunté a la chica si estaba dispuesta a usarlo y respondió que sí, que así le daba tranquilidad a la abuela. Busqué una excusa y las mandé a su casa.

Ahora diseña botellas de vino y aceite de oliva de lujo, quiere producir un espectáculo sobre Eva Perón y prepara un cáliz para Francisco (con participación de la gente, como hizo con los bastones presidenciales y otras piezas). “Me gusta el proceso: pensarlo, hacerlo, disfrutarlo. Tal vez lo más lindo del amor sea lo mismo que hacer una pieza de orfebrería: se goza haciéndolo, pero lleva más tiempo la elaboración mental, primero seducir a la mujer y después recordarlo”, reflexiona. Tal vez.

Fuente consultada: Clarín

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