Buenos Aires, 26/09/2017, edición Nº 1777

Pallarols: “San Telmo es uno de los símbolos más importantes de la Argentina”

El célebre orfebre cuenta cómo se hizo vecino de este tradicional barrio porteño.

(CABA) Pocas cosas transportan a la niñez y le sacuden el polvo a la fantasía, el taller de Pallarols es una de ellas. Al ingresar, la primera sensación es de familiaridad, como si uno hubiera estado allí muchas veces jugando con las miles de pequeñas herramientas y objetos que embellecen el lugar, cada una con su historia y sus años. Parado a un lado, el gran orfebre argentino conoce de esas sensaciones y se aleja un instante para que uno vuelva despacio de ese mundo. “Es un lugar hermoso” es lo único que se me ocurre balbucear mientras él, con la humildad que lo caracteriza, responde “sí, es bastante cálido”.

Por este lugar, al que Pallarols dice, en una charla para el blog Tardes Grises de Maximiliano Misael Saavedra, haber sido traído de la mano de un ángel hace casi 40 años, han pasado desde presidentes y reyes hasta grandes personalidades de la cultura como el escritor Jorge Luis Borges. “Estuve con papas, con el Rey Juan Carlos, Clinton, Gorbachov, pero yo no trabajé para ser anfitrión de ellos, de repente me tocan el timbre y me dicen: Hola, soy el Rey de España. Bueno, suba. Pero no es diferente a cuando tocan el timbre y es doña Susana de la esquina. Yo valoro de las personas eso, el ser personas”, confiesa.

– Usted es la sexta generación de una familia de orfebres que comenzó en el año 1750 en Barcelona ¿Cómo llegan los Pallarols a la Argentina?
– Por el afán de aventura y curiosidad de los Pallarols, que siempre por una razón o por otra nos ha gustado viajar, conocer lugares, mostrar las cosas. Por otro lado, quizá el motivo más importante es que Europa pasaba desde hace tiempo unas hambrunas increíbles y era muy difícil subsistir con dignidad. Entonces el que tenía la posibilidad y un buen oficio que le permitiera hacer unos pesos se atrevía a viajar a Estados Unidos, a Brasil, a la India o a la Argentina, lo mismo que hacen hoy los chicos que se van a trabajar de mozos a España o a cualquier otro lugar. Esas cosas siempre existieron, pasa que hay mucha gente a la que le gusta adornarlas con historias caballerescas o aventuras exóticas. En el caso de mis abuelos fue por el afán de conocer y porque necesitaban juntar dinero para llevar de vuelta a su casa.

– ¿Y en qué año llegan a la Argentina?
– Mi familia tiene esta historia con respecto a la Argentina: en 1804 viene Rafael Pallarols, que sería mi tatarabuelo. Se queda unos años y se vuelve a Catalunya, él tuvo participación en las invasiones inglesas y formó parte de los Miñones de Cataluña. Años después, Vicente Pallarols II, siendo joven se sube en un barco y también se queda trabajando aquí un breve período de dos o tres años y se va a combatir en la guerra de Crimea. Sobre esa travesía tengo guardado en el museo un cuaderno escrito a puño y letra por él donde relata en una forma un poco novelada varios de los hechos trascendentes como por ejemplo “El Sitio de Sebastopol”, “La Batalla de Balaclava”, “La Batalla de Alma”, en fin… Y luego se vuelve a Catalunya con una cantidad de dinero más grande y le enseña el oficio a José, mi abuelo. En 1904 muere mi bisabuelo y José se queda a cargo del taller. Algunos de sus socios que habían venido a Buenos Aires le empiezan a hacer varias ofertas y en 1907 se viene para acá. En ese momento se estaban construyendo el Teatro Colón, el Congreso, la Casa Rosada, La Basílica y muchos otros edificios de la ciudad. Para aquel centenario se hicieron muchas de las construcciones que hoy existen, lamentablemente no volvió a ocurrir lo mismo con este bicentenario.

– He notado que usted se ha esmerado en unir a los argentinos a través de sus obras, así lo hizo por ejemplo con el bastón presidencial de Alfonsín en el año 83. ¿Me podría contar como surgió esa idea y cuál era su propósito en aquel entonces?
– Porque creo en la participación. Porque creo que es muy cierto lo que dice Perón sobre que el año 2000 nos va a encontrar unidos o dominados. Con el bastón de Alfonsín yo empecé esa tradición de compartir mi trabajo con los que quería, en ese momento fueron más de mil personas, pero solamente mil. Después con el de Menem me puse a recorrer más lugares y traté de organizarlo mejor, y fueron varios miles. Pero con el último bastón pasamos el millón de personas luego de varios meses. Hace poco tiempo me hice la foto con la presidente y el bastón, ya después de que Echegaray, el Escribano General de la Nación, constató que se dieron en ese bastón mucho más de siete millones de golpes.

– ¿Y desde el 83 hasta ahora, usted nos ve más unidos?
– Yo veo que el pueblo va camino a… no sé si decir la perfección, yo creo que la gente está madurando. Creo que ahora los que tienen que madurar son los funcionarios.

– ¿Trata de dar algún mensaje en el bastón?
– El mensaje se lo doy desde que hice el nuevo modelo que diseñé para Alfonsín: que el bastón se hace de plata porque el nombre científico de la Argentina es argentum, que significa plata, para que sea realmente nacionalista y que el presidente tenga identidad.

– Usted ha dicho en alguna oportunidad que San Telmo es su lugar en el mundo ¿Por qué? ¿Qué ha encontrado en este barrio?
– Porque en el mundo cada uno se tiene que acomodar, como dice el dicho: andando se acomodan los melones en el carro. A mí me trajo alguien, un ángel. Yo pensaba venir para acá, no tenía la menor idea… Vine invitado por el arquitecto Peña para una feria que iba a durar una semana o dos y terminó durando toda la vida, hasta hoy. Cuando estaba trabajando ahí enfrente en la plaza y miré esta casa, no sé, dije “esa tiene que ser mi casa, yo quiero estar en un lugar donde pueda disfrutar de toda esta plaza”. Así, dos años después la terminé comprando.

taller san telmo

– ¿Cuándo fue eso?
– En el año 1972/73. La restauramos toda y abrimos nuestro taller acá en el año 74. Lo que yo no sabía era que me encontraba enfrente de la antigua Plaza de las Carretas y que esta es la esquina alta de San Pedro Telmo, y en una oportunidad –invitado por el gobierno del presidente Pujol- hice un viaje a España para conocer Barcelona, la tierra de mis abuelos, y descubrí que el taller de mi abuelo en Barcelona quedaba en la antigua Calle de las Carretas y la Calle Alta de San Pedro. O sea que sin querer, este lugar que yo siento como mi lugar en el mundo, 100 años después coincide con la dirección del taller de mis abuelos en Catalunya.

-Como si estuviera escrito
– Por eso digo que yo no vine, me trajeron. Alguien me trajo de la mano. Pero es una sensación que la siento muy seguido. Y es una sensación muy concreta porque cuando necesito encontrar cosas muy exóticas, por ejemplo una madera de teca, me aparece una viejita en la puerta diciendo “mire, señor, tengo una cajita de teca ¿no la quiere comprar?”.

-¿Como ha visto la evolución turística que ha tenido el barrio?
– Hoy San Telmo es uno de los símbolos más importantes de la Argentina, a veces manejado mejor, a veces manejado peor. Sin duda el gran hacedor de San Telmo fue el arquitecto Peña, que durante años dirigió con mucho orden, con mucho equilibrio. Él hizo posible que San Telmo sea San Telmo. Después de que él se ha alejado un poco por razones no sé si de política, ya algunas cosas no funcionan tan bien y otras se han implementado correctamente. Después, por supuesto, lo que influye es la política monetaria, económica, las crisis, para que venga más o menos gente. Pero san Telmo tiene un público excelente, sobre todo un público que viene a conocer, además de venir a comprar.

– ¿Hay algo que le gustaría que cambiara?
– Que podría estar un poco más limpio y más seguro. Yo empecé a cerrar con llave la puerta de mi casa no hace tanto, hará diez años, quince. Antes salía y volvía a cualquier hora y nadie me decía tené cuidado por donde agarrás, podías ir por cualquier calle. Pero no es sólo San Telmo, también es así en el resto de Buenos Aires.

– Usted ya se ha convertido en todo un símbolo nacional “El gran orfebre argentino”, un representante de nuestro arte a nivel internacional. ¿Cree que ya ha cumplido su propósito en esta vida?
– No, estoy empezando recién, es más, lo mejor está por venir. Mira, yo digo siempre que tendría que ir caminando de rodillas a Luján para agradecer lo buena que fue la vida conmigo, porque me dio la posibilidad de elegir este oficio y tener maestros excepcionales como mi papá, mi abuelo y tantos otros que eran sus colaboradores. Cuando yo entraba a jugar al taller de mi abuelo me iban regalando esa sabiduría. Creo que sólo soy un instrumento de alguien que ordena el mundo, el universo, y trato de ser respetuoso y agradecido de eso. Sé que me falta aprender muchísimo más de lo que sé y por eso trabajo tantas horas todos los días. Yo no dejo de pasar frente a los artesanos que hay acá en plaza o en el Cabildo, y me detengo frente a cada mesita, miro y cada día aprendo algo de mis colegas. Y bueno, todo eso ha hecho que yo tenga una vida muy agradable, que me permite viajar y trabajar en distintos países. Yo siempre digo que la pregunta que me hago con más frecuencia es “¿Qué hago acá?”, porque yo sigo siendo el mismo ciudadano que hace muchos años le pedía la carne fiada a Lalo, el carnicero de San Telmo. Poco a poco he ido avanzando y hoy yo solamente lo que puedo decir es muchas gracias, y me gustaría poder compartir esto con todos los chicos que hoy tienen la vocación.

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