Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

Pablo Trapero: las villas del Elefante Blanco

Con el film Elefante blanco intenta reflejar lo que les pasa a las personas reales de esos barrios. Trapero visita un universo que conoce de cerca. Podría pensarse que la investigación para esta película empezó como veinte años atrás”, cuenta Pablo Trapero, director de Elefante blanco , film que se estrena mañana en nuestro país y que competirá en la sección Un Certain Régard del Festival de Cannes, que comienza...

Con el film Elefante blanco intenta reflejar lo que les pasa a las personas reales de esos barrios. Trapero visita un universo que conoce de cerca.

Podría pensarse que la investigación para esta película empezó como veinte años atrás”, cuenta Pablo Trapero, director de Elefante blanco , film que se estrena mañana en nuestro país y que competirá en la sección Un Certain Régard del Festival de Cannes, que comienza hoy (ver aparte), y cuenta el trabajo social que hacen un cura tercermundista argentino, Julián (Ricardo Darín); otro belga, Nicolás (Jeremie Renie), y una trabajadora social en una villa de Buenos Aires. “Yo fui a una escuela salesiana y de chico iba a trabajar a estos barrios. Después la parte mía de la religión quedó en la escuela y la otra parte que hace trabajo social fue por otro lado. Esos barrios, en esa época -década del 70 estoy hablando- eran distintos de los de ahora. La realidad y los problemas eran otros. Pero allí conocí a los curas tercermundistas, como se los llamaba entonces, que luego devinieron en los curas villeros. Es un tema sobre el que siempre tuve ganas de volver”.

-¿Qué diferencias hay entre las villas de ambas épocas?

-La diferencia entre el trabajo social en las villas que se hacía antes y el que se hace ahora, no sólo de los curas porque también hay otras organizaciones que trabajan en esos lugares, pasa porque en ese momento el fenómeno de las villas era algo que estaba en ciernes y hoy es algo consolidado, donde hay dos y tres generaciones que viven en el lugar, y lo que es curioso es que muchas de esas personas tienen resuelta toda su vida dentro de la villa y prácticamente no salen de allí. Lo que es común a ambas épocas es la violencia social que generan estas desigualdades tan grandes. Se manifestaban diferentes hace 30 o 40 años y hoy aparecen de otra manera, pero detrás de todo subyace eso.

-¿Eso es parte de lo que quisiste mostrar?

-Lo que siento es que de lo que menos se habla es de la vida de las personas que viven allí, se habla de las villas, que es una cosa abstracta, pero no se habla de la vida de las personas. En la villa pasan muchas más cosas que las que muestran las noticias policiales. Hay que ver también que para mucha de la gente que está allí la villa significa progreso, porque vienen de lugares donde estaban peor.

-¿Cómo accedieron a la información sobre los circuitos que utiliza el narcotráfico, a los que entran muy pocos?

-No pudimos acceder a ellos para filmar allí. Tuvimos que reconstruirlos sobre la base de lo que a veces muestran los noticieros o lo que nos contó la misma gente del barrio. Lo difícil de la existencia de estos circuitos y de las actividades que se llevan a cabo en ellos es que para los más chicos, los más jóvenes, significan una posibilidad de laburo. Eso divide a la familia en la que el padre trabaja en una obra y el pibe encuentra una solución más fácil estando más cerca de los amigos del barrio. Porque el límite es muy difuso entre lo que es el amigo con el que se junta en la esquina y la organización criminal.

-¿Por qué la elección de la historia de los curas para mostrar la realidad de las villas?

-Quería mostrar este trabajo de los curas que es muy poco conocido. Hay parte de ellos que usan la estructura de la Iglesia para hacer más cómodamente su trabajo social y otros que ven en el mismo una manera diferente de evangelizar. Esa es un poco una de las contradicciones que se muestran en la película.

-¿También muestran una jerarquía eclesiástica que no se opone al trabajo en las villas?

-En una escena se ve que el obispo le dice a Julián: “Hace 60 años que estamos en la villa”, y eso es real. Durante la dictadura había parte de la Iglesia que apoyaba la represión y otra parte que apoyaba el trabajo social que hacían estos curas. El trabajo de base que hicieron estos curas en las villas hizo que se ganaran un espacio importante dentro de la Iglesia. Antes era una labor marginal, hoy tienen un espacio, una pastoral. Pero en la vida cotidiana de las villas hay muchas fricciones entre los grupos que sostienen estas dos concepciones.

– Después de pasar por una experiencia como ésta, ¿se pueden juntar las cosas sin más e irse?

-Antes de elegir el tema de una película hay muchas cosas que me ayudan a tomar la decisión. La historia, la idea, el universo visual, el desafío estético, pero también es muy importante lo que pasa mientras rodamos la película, porque para mí y el equipo eso se convierte en nuestra vida cotidiana durante mucho tiempo. Cuando filmamos se modifican nuestras vidas y las de las personas con las que convivimos en ese tiempo. La filmación hizo que pasaran cosas dentro de la villa. Las mamás de algunos adolescentes nos decían que sus hijos hacía quince días que no consumían porque estaban enganchados con la película. Todos los que entramos allí salimos con algo. Fue una experiencia que nos dio mucho y es un proceso que recién empieza. Siento que la película va a generar muchas cosas más allá de lo cinematográfico.

-En la película no se ve mucho el trabajo de organizaciones políticas en la villa. ¿Por qué?

-Se los ve un poco en los sucesos del final. Pero lo que pasa es que está un poco separada la actividad de los que hacen trabajo social de la de los punteros políticos. Hay curas o trabajadores sociales que están allí desde hace 25 años y no pueden estar vinculados a las distintas organizaciones que pasaron por la villa en ese tiempo. Interactúan entre sí, pero su trabajo es diferente.

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