Pablo De Santis, el “Pequeño Premio Nobel” de Caballito

Pablo De Santis, el “Pequeño Premio Nobel” de Caballito

(CABA) Hay juguetes antiguos y soldaditos de plomo, bibliotecas casi hasta el cielorraso cubriendo las paredes. Entra la luz, por un lado, desde el patio. Por el otro, desde una vereda silenciosa de Caballito. La casa de Pablo De Santis está en una de esas cortaditas sigilosas que Buenos Aires esconde tan bien que resultan inverosímiles, por las que todavía pasan los afiladores. El escritor vive ahí, con su mujer y sus hijos, desde hace más de diecisiete años. También ahí es donde arma sus novelas, cuentos, ensayos y guiones, frente a un escritorio rodeado por tomos de literatura fantástica.

Acaba de ser elegido por unanimidad como miembro de número de la Academia Argentina de Letras, que lo había premiado en 2007 por su novela El enigma de París. Por estos días, además, fue seleccionado por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil como candidato al Premio Hans Christian Andersen -considerado por muchos el “Pequeño Premio Nobel”. Son varios sus libros para público adolescente, tantos y tan buenos que lo volvieron merecedor de un Kónex de platino. Entre ellos El buscador de finales y El inventor de juegos, que fue llevado al cine.

Sus primeros relatos infantiles estaban destinados, según cuenta, a una de sus hermanas, diez años menor. La posibilidad de ser leído por los más jóvenes reapareció más adelante en su vida, como efecto natural de la adaptación a novela de los guiones que escribía para historietas. “Nunca aprendí una técnica. Empecé a escribirlos imaginando lo que sería un guión de historietas, y seguí así hasta ahora”, dice. Tenía veinte cuando ganó el concurso de la Revista Fierro junto al ilustrador Max Cachimba, quien por entonces todavía iba a la escuela y es aún uno de sus aliados gráficos, igual que Juan Sáenz Valiente, con quien acaba de publicar Cobalto.

Aquella victoria inesperada le permitió seguir escribiendo en el sentido más concreto del término: “Mi hijo mayor, que por entonces era un bebé, me había tirado la máquina al suelo y yo no tenía plata para comprar otra, no se podía arreglar. Justo gané eso, y el premio era una Remington portátil”.

Precoz para imaginar tramas, empezó a escribirlas a los doce y a escondidas. “Escribir en mi caso fue un poco la continuación de los juegos, donde siempre hay que armar una historia. Empecé sin darme cuenta”. Sus padres, médicos, se enteraron de que tenían un hijo escritor recién cuando pasó una carta por debajo de la puerta que lo anunciaba ganador de un concurso de relatos: “Siempre me pareció que era una cosa un poco secreta”, parece excusarse.

Sin embargo, no ignoraban que tenían un hijo lector, cuyos primeros paseos solitarios tuvieron por destino las librerías de viejo de calle Corrientes. De hecho, fue su mamá quien le regaló los tomos de Ray Bradbury, a quien intentaría imitar en sus primeras composiciones. Fue también ella la que lo introdujo a Borges, recortando los poemas del autor de El Aleph que salían en el diario y atesorándolos bajo el vidrio de su mesa de luz. En la casa familiar había abundantes bibliotecas, cargadas entre otras cosas con los policiales de Agatha Christie y George Simenon o las aventuras de Julio Verne. Desde entonces, los géneros fascinarían al autor de La traducción: “Nos vinculan con lo más puro que hay en la literatura, con lo extraordinario, y subrayan lo que tiene de juego, con sus pequeñas reglas. Los géneros son modos de organización de los relatos, y también de las expectativas que alguien tiene frente a una historia”, explica.

De Santis ha sido traducido a más de veinte idiomas ya, pero fueron muchas las novelas que escribió antes de decidirse a acercar una a las editoriales. Eligió, de una parva de pilas mecanografiadas, la que se titulaba El palacio de la noche. La metió en un sobre, la dejó en una oficina, se olvidó. Pasó el tiempo. Un buen día sonó el teléfono: era de Ediciones de la Flor. “Vendió muy pocos ejemplares, pero para mí fue una enormidad, una cosa impresionante”.

Tenía 24 años. Hacía cinco que trabajaba como periodista. Su primer empleo fue en una revista donde cubría varias secciones a la vez. Completaba un sueldo redactando avisos publicitarios y haciendo desgrabaciones. De ahí pasó a Radiolandia. Siempre escribiendo. Siempre escribiendo. Siempre escribiendo. “Yo no estudié periodismo, pero tenía que salir a trabajar. Las redacciones eran lugares de paso incesante; entraba y salía gente todo el tiempo, porque no había mail, nada”, recuerda de esos años, que también fueron una escuela. “El periodismo, de alguna manera, nos entrena. Por un lado, te da la velocidad. Contra la neurosis del escritor, uno se pone y tiene que escribir. También te da la conciencia de que alguien lo va a leer, de cierta responsabilidad con el lector. Eso hace que uno elija las palabras de otra manera”. NR

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