Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Osvaldo Bayer, una historia entre dictaduras, exilio y democracia

Osvaldo Bayer, historiador anarquista argentino habla sobre su experiencia durante la dictadura y el retorno a la democracia. (CABA) Para hablar de la democracia, Osvaldo Bayer cita a Immanuel Kant, “a ese gran hombre, a ese genio”. Porque la democracia para este socialista libertario, se define por grandes valores: igualdad auténtica, libertad, verdad, paz eterna. En el escritor de La Patagonia rebelde, defensor incansable de los Derechos Humanos, recorre los...

Osvaldo Bayer, historiador anarquista argentino habla sobre su experiencia durante la dictadura y el retorno a la democracia.

Osvaldo-Bayer

(CABA) Para hablar de la democracia, Osvaldo Bayer cita a Immanuel Kant, “a ese gran hombre, a ese genio”. Porque la democracia para este socialista libertario, se define por grandes valores: igualdad auténtica, libertad, verdad, paz eterna. En el escritor de La Patagonia rebelde, defensor incansable de los Derechos Humanos, recorre los últimos 30 años del país, sin evitar el vicio del buen historiador: habla de Yrigoyen, de Sarmiento, de Perón, canta dos himnos, mira al futuro. Y en los intersticios de ese recorrido, pasa por su vida personal: la herencia de su padre, los dos exilios, las dificultades en el retorno democrático y la pena que siente por tener diez nietos y que sólo una haya nacido Argentina.

“Mientras haya villas miserias no va a haber democracia porque la democracia tiene que ser capaz de dar un techo digno a una familia con niños”, dirá más adelante como un leitmotiv.

–¿Dónde lo encontró el golpe de 1976?

–Tuve que irme del país en 1974 porque fui condenado a muerte por las tres A, del señor López Rega. Por La Patagonia rebelde, la película y el libro, me dieron 24 horas para irme. La película ya había sido prohibida en octubre de 1974 por Isabel Perón. Le dije a mi mujer que se fuera con nuestros cuatro hijos a Alemania porque aquí teníamos posibilidades de trabajar. Ella se vino y yo me quedé en la Argentina, porque no quería irme. Me parecía absolutamente irracional ser condenado a muerte por una película. Además de que era una verdad histórica. Me refugié en Quilmes, en lo de unos viejos anarquistas españoles, pero no podía escribir, no me publicaban mis escritos. Y en febrero del ’75 resolví irme, también a Alemania, porque pensaba que en el exilio iba a poder hacer más cosas que como ilegal en la Argentina. Pasé ahí varios meses y resolví volver cuando se cumplía un año, en enero del ’76 porque Isabel Perón había llamado a elecciones. Pensé que si llamaba a elecciones, iba a haber más libertades. Volví y cometí un gravísimo error, porque unas semanas después comenzó la dictadura militar. Y ya era imposible irse porque no había ya permiso para retirarse, Ezeiza estaba completamente custodiado. Decidí refugiarme en la Embajada alemana y el agregado cultural me sacó en un avión de Lufthansa. Me quedé ocho años.

–¿Por qué la insistencia en volver?

–Lo había sentido como una enorme injusticia el exilio. No pertenecía a ningún movimiento, ni a Montoneros ni al ERP. Defendía mis escritos y mis notas periodísticas a la democracia, pero a una verdadera democracia, hacía críticas al gobierno de Isabel. Pero con la dictadura ya no fue posible hacer nada. Entonces en Alemania me dediqué a difundir los temas de la desaparición de personas, lo que era la dictadura militar. Integramos movimientos de denuncia contra la dictadura en Europa. En el exilio había otros amigos que hicieron lo mismo, como el querido Osvaldo Soriano que estaba en París. Siempre me venía a visitar y yo iba allá. Queríamos estar informados de todo.

–¿Cómo hacían para informarse?

–La información venía a través de los viajeros, de la que gente que había abandonado la Argentina y de los organismos de Derechos Humanos extranjeros y especialmente de Amnesty Internacional, que nos dio un gran apoyo. Y en Alemania, la Iglesia Evangélica alemana nos apoyó mucho. Recuerdo que nos pagaba los viajes que hacíamos por Europa, nos financiaba la revista que hacíamos. Mientras que la iglesia católica nunca nos apoyó. Es increíble: Argentina, un país católico, no nos apoyó para nada. Tengo que decirlo siempre a pesar de que no soy católico ni protestante.

–¿Cómo recuerda esos años en el exilio?

–Como años de gran actividad. Nadie podía decir estoy decaído o deprimido. Había que trabajar y viajar para dar conferencias, retratar los hechos, reunirse, colaborar con las revistas internacionales. Fue una ocupación muy severa.

–¿Considera que la actividad de los exiliados incidió en el retorno democrático?

–Incidió muchísimo, principalmente en difundir las denuncias de la desaparición de personas. Los organismos de derechos nos apoyaron.

–¿Y a nivel personal? ¿Cómo vivió el exilio?

–Sufrí mucho. Lo recordé como una gran injusticia. Y también cambiaba el destino de mi familia. De mis diez nietos, nueve nacieron en Europa. Sólo una nació en la Argentina, porque uno de mis hijos consiguió un trabajo allá y estuvo dos años en Buenos Aires. Cuando estudiaba en Alemania, me había propuesto, junto a mi mujer, luchar por más justicia social en nuestro país. Mis escritos tuvieron esa tendencia, lograr una verdadera democracia. Pero mientras tengamos villas miserias no vamos a tener una democracia. Desde 1813 cantamos el Himno Nacional: “Ved en trono a la noble igualdad, libertad, libertad, libertad.” Lograr la igualdad de todos pero en libertad, no en ninguna dictadura, ni siquiera del proletariado. Mire qué espíritu el de los hombres de 1813. Lograr la igualdad en libertad. Cuando uno recorre las villas miseria, uno pregunta, ¿dónde está la igualdad?

–Dijo que sus escritos siempre buscaron una verdadera democracia, ¿cambió su idea de democracia con el tiempo? ¿Era la misma en 1983 que ahora?

–La democracia nuestra no era ninguna democracia. Eran gobiernos autoritarios. Además ningún gobierno democrático se había hecho la autocritica de sus errores históricos. Tenemos que ir aceptando que la democracia no se hace de un momento a otro, hay que luchar día por día. Hemos logrado muchos adelantos desde la Obediencia debida y Punto final, dictada por el presidente Raúl Alfonsín, a la actualidad, a ese gran triunfo que fue ver los grandes dictadores presos en cárceles comunes, con todas las seguridades democráticos para ser juzgados y para defenderse. Lograr esto fue un gran triunfo. Pensar que le primer dictador, José Uriburu, tiene todavía un monumento en la entrada en la ciudad de Balcarce y nadie ha sido capaz de bajarlo. Ahora todos los militares fueron juzgados y condenados a prisión. Esto es un verdadero triunfo para la democracia. Y para nuestra generación es casi increíble.

–¿Qué valor merece la autocrítica?

–La autocrítica es una verdadera arma de la democracia. Los partidos, que se llaman democráticos pero que han fracasado en la historia, deben hacer una autocrítica. El radicalismo nunca hizo una autocritica por la Patagonia trágica. Hipólito Yrigoyen fue muy injusto, igual que con la Semana Trágica y los fusilamientos de tantos peones rurales en el norte santafecino, en los quebrachales. Son cosas que no tienen disculpa. Al peronismo le he exigido una autocrítica sobre el período de las Tres A. Todos los partidos tienen que hacer una autocrítica porque ninguno de los presidente elegidos por el pueblo supo resistir a los golpes de Estado. No tenemos ningún Salvador Allende en nuestra historia, que prefirió morir pero no entregarse. Tuvimos 13 golpes militares, todos huyeron, algunos en forma patética.

–¿Cómo cuáles?

–Como Juan D. Perón cuando huye en la cañonera paraguaya. Es increíble. Pero también Yrigoyen que le pide a su chofer, cuando vienen las tropas de Uriburu, que lo lleve a dar vueltas por La Plata. Anduvo por todos lados hasta que al final se entregó para que no le hicieran nada. El último ya se escapó en avión desde la Casa Rosada. Se modernizaron las huidas.

–Hay quienes cuestionan el gesto de Allende y le reprochan no haber organizado una resistencia…

–Claro, tendría que haberse puesto al mando de la resistencia. Pedirle al pueblo que salga a la calle. En la Argentina, en todos los golpes, la mayoría del pueblo se quedó en su casa y escuchó por radio cómo iban avanzando las tropas. Y luego por televisión. Mientras que en otros países los golpes fueron resistidos.

–Usted se exilió en Alemania y es donde vive hoy, ¿es posible realizar una comparación entre la post dictadura argentina y la desnazificación alemana?

–Alemania tuvo la suerte de estar ocupada por países que le exigieron gobiernos democráticos, en Argentina nadie exigió nada. Se permitieron las elecciones democráticas, pero después hubo muchas fallas. La primera, dictar las leyes del perdón. Pero también cuando Alfonsín dijo ‘la casa está en orden’ en vez de luchar y terminar con los levantamientos carapintadas.

–¿No hay una reivindicación posible de Alfonsín por querer enjuiciar a los militares?

–No. Primero, él disimuló. El comité que formó fue con gente que no había luchado contra la dictadura. Empezando por Ernesto Sábato que había visitado al general Jorge Rafael Videla y al salir, le dijo a los periodistas, ‘me he encontrado con un presidente culto’. Lo mismo la secretaria general, la periodista Magdalena Ruíz Guiñazú, que había sido jefa de producción de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona. Los juicios fueron buenos pero terminaron en el colapso del perdón.

–¿Cómo fue su vuelta al país?

–Fue gran satisfacción. Volví en el ’83, una semana antes de las elecciones en las que triunfó Alfonsín. Pero sufrí mucho porque a los exiliados no se les tuvo ningún respeto. Alfonsín, en dos discursos, al hablar de los que se exiliaron, dijo ‘los que se escaparon’. Y yo no me escapé, tuve que irme. En la Alemania post nazi, a todos los exiliados, el Estado le reeditó los libros. Acá nada. A mí me quemó los libros el teniente coronel Gorleri bajo el lema “se queman por Dios, Patria y Hogar”, y nunca pasó nada con él. Además, Alemania les pagó el pasaje de vuelta y les dio una pensión por todo lo que habían sufrido. Yo no iba a reclamar nada, siempre he vivido de lo que he trabajado, pero acá se portaron muy mal con los exiliados. No tenemos nada que agradecer.

–¿Fue un tiempo hostil?

–No tenía empleo, dinero, nada. Volvía cada seis meses a Alemania para trabajar y tener para mi familia. Por algo se habrá ido, decían. La primera oferta que recibí fue cuando se creó Página 12, antes nada. Y me tomaron por recomendación de Osvaldo Soriano. Fue volver a mi país, a donde habían sufrido esas injusticias, pero con el reconocimiento a los queridos amigos que habían sido desparecidos y a las organizaciones de los Derechos Humanos, a los cuales les debemos la caída del golpe militar.

–Dijo en varios reportajes que lo arrestaron, le inventaron causas, lo expulsaron de sus trabajos por decir la verdad, ¿hay alguna relación entre verdad y democracia?

–No la hay, pero tenemos que luchar para que la verdad sea la base de la democracia. Para democratizar cada vez más. Repito: mientras haya villa miseria no va a haber democracia porque la democracia tiene que ser capaz de dar un techo digno a una familia con niños. Los gobiernos democráticos no hicieron nada para tratar de terminar con las villas miserias. Ninguno. Lo he vivido, son 86 años. Cuando era chico mi padre me llevó a ver, en la década del ’30, cómo vivía la gente sin trabajo en Puerto Nuevo. Y los sábados a la tarde hacían teatro, había varios anarquistas. Y vivían mejor que ahora. Si haces una visita a la Villa 31, viven cada vez peor. Las calles, llenas de chicos. Son niños que nos miran con ojos grandes, tristes. No se puede aceptar eso como democrático.

–¿Cuánto influyó su padre en sus ideas?

–Mi padre fue socialista y nos enseñó los principios del socialismo. Era un hombre culto. Le gustaba leer y nos decía que la paz se encontraba cuando había igualdad entre la gente. Tengo el mejor recuerdo. Un hombre que siguió con sus ideas y que siempre eligió estar con sus hijos. No le gustaba salir, ni dar discursos. Era un poco tímido.

–¿Se siente heredero?

–Sí, me siento heredero y estoy muy agradecido por sus ideas silenciosas. Solamente hablaba cuando se tenía que hablar. Nos enseñaba que el silencio es una gran cualidad, y que se le puede dedicar ese silencio a la lectura, a la historia.

–Se define como anarquista, socialista libertario, ¿cómo se puede ser anarquista en democracia?

–A lo mejor nunca llegaremos al anarquismo pero es el ideal por el que tenemos que luchar. Asegurar la libertad ciudadana y luchar por la igualdad. Eso que cantamos en el himno, que es la verdadera democracia. Esos tienen que ser los ideales. Para mí, esto no es democracia. –¿Qué deudas mantiene la democracia? –Hacer un congreso de historiadores que estudie por qué hubo tantas dictaduras militares. Todos somos culpables de esta serie de dictaduras. Y por qué se han hecho héroes a personas que, como Sarmiento, han tenido muchos defectos.

Fuente consultada: Tiempo Argentino

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