Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1834

Olivos: la conmovedora historia del perro que fue robado y dos años después reconoció a su dueño

Durante un paseo, el cachorro fue arrancado de los brazos de Carla que no descansó hasta encontrarlo.

(PBA) Hay quienes no creen en las películas marketineras, románticas y de final feliz. La mayoría las descarta justamente por ese desenlace que parece puesto allí a la fuerza, a sabiendas de que, pase lo que pase, la parejita finalmente se reencontrará o el bueno terminará de alguna manera ganándole al malo de la historia.
En la vida real los desenlaces no son siempre felices, y para los que tienen una mascota y por algún motivo son separados de ella, las esperanzas de encontrarla suelen ser altas al principio, aunque con el correr de los días la abrumadora realidad se hace evidente y el esperado reencuentro no siempre se concreta.

La historia de Benito es, en este caso, un soplo de esperanza para aquellos que, más allá del paso del tiempo, no pierden las esperanzas de volver a reunirse con su mejor amigo.

Lo que sea con tal de tenerlo
“Era un sábado de verano, temprano a la mañana. Había salido a pasear a Benito por Olivos, aprovechando que aún no hacía tanto calor”, rememora Carla. Su habitual paseo cerca de la costa era una de las salidas preferidas del perro, que aprovechaba a dar vía libre a su instinto inquieto para correr hasta quedar agotado, perseguir pequeños pájaros y luego echarse al sol junto a su dueña. Con poco más de un año, el cachorro era pura vitalidad y alegría, además de haber renovado los ánimos en la familia tras la muerte de Vico, quien los había acompañado durante 15 años.

A dos cuadras de haber comenzado el paseo, un muchacho se cruzó en el camino de Carla con un cuchillo en la mano y bajo el evidente efecto de drogas o alcohol. En medio de insultos, le exigió su celular y un reloj. No contento con el botín, decidió llevarse también a Benito, a pesar de las súplicas y el llanto desconsolado de Carla. No pudiendo aún reponerse del shock, corrió hasta la comisaría cercana a hacer la denuncia. “Estaba segura que lo iba a recuperar, que iban a pedir rescate, y estaba dispuesta a pagar lo que sea con tal de tenerlo de vuelta”, cuenta la joven, no pudiendo ocultar el dolor que le produce el recuerdo de aquel momento.

Todas las páginas de Facebook de mascotas perdidas que había entonces tuvieron dando vueltas la foto de Benito con el cartel de “Buscado” durante mucho tiempo. Las paradas de colectivos y negocios del barrio fueron empapeladas con afiches, la voz se corrió con rapidez y amplitud. Todos en las cercanías conocían la historia del robo y la campaña por recuperarlo fue inmensa. Pero los días pasaban y ni noticias de aquel petiso de pelo blanco y orejas puntudas que había devuelto la alegría a cuatro miembros de una familia. “Todas las noches me iba a dormir mirando su foto y rogaba con todas mis fuerzas encontrarlo vivo. O que al menos quien lo tuviera lo quisiera y cuidara mucho. No podía hacerme a la idea de no verlo más”, recuerda Carla.

Los meses se iban sucediendo pero la búsqueda no amainaba. Era imposible que hubiera desaparecido, que nadie supiera nada. Muchos llamaban reclamando la recompensa ofrecida pero ofrecían a cambio perros que a veces ni se parecían a Benito. Carla y sus hermanos se negaban a adoptar a otro perro, como muchos les sugerían: la pérdida de Vico era muy reciente y la incertidumbre de no saber nada del paradero los carcomía.

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Tarde y sin ilusiones
Una fría tarde de invierno, más de dos años después del robo, Mauro, el hermano de Carla, recibió un mensaje en su Facebook de alguien a quien no conocía, que no era uno de sus “amigos”. Le decía que había leído sobre la desaparición de Benito en su momento y que el fin de semana anterior había acompañado a su novia a una campaña de adopciones en una plaza en Capital. Allí, le pareció ver a un perro muy parecido a Benito que fue adoptado por una familia con tres hijos pequeños, que quedaron fascinados con el carácter del perro. Mauro consiguió el contacto del refugio que había hecho la campaña y fue a verlos; sin avisar a Carla, su hermana ya había pasado por demasiadas desilusiones, y esta podía ser una más. “Pero algo me hizo ruido dentro cuando me contaron del caso, una sensación extraña. Lo tomé como una señal”, dice Mauro.

En el refugio le confirmaron que, efectivamente, la semana anterior habían llevado a la campaña a un perro de las características de Benito. La manera en que había llegado a ellos era peculiar: una vecina de un barrio humilde de la zona sur lo había visto en una casa vecina desde hacía un tiempo, pero se percató al instante de que el animal no pertenecía allí, y que seguramente lo habían robado, modalidad muy común por aquellos pagos.

La mujer sentía un especial amor por los animales y veía con dolor que el perrito no era cuidado con la más mínima atención. Una noche de tormenta, aprovechó la oportunidad y se lo llevó. No le costó demasiado: el pobrecito estaba bajo la lluvia torrencial, pegado a la enclenque reja de la propiedad. De allí al refugio, fue un solo paso. Estaba convencida de que en cualquier lugar estaría mejor que en su morada anterior.

El voluminoso álbum de fotos de Benito fue clave para convencerlos de facilitar el teléfono de los flamantes adoptantes de ese perro que tanto se parecía a ese cachorro. Aún sin soltarle prenda a su hermana, Mauro fue a verlos.

La emoción que sintió fue más fuerte de lo que pudo imaginar nunca. Ya era un perro adulto y algo más flaco, pero indudablemente se trataba de su Benito. Las orejas no eran tan largas, o quizás era el resto del cuerpo, que se había desarrollado más y lo había vuelto más proporcionado. Pero sus manchas negras seguían allí, inequívocas. Lo mismo que su mirada traviesa y ese carácter indómito, tan querible.

Mauro se quedó quieto, semi oculto tras la puerta, observándolo jugar con los chicos de la familia. De repente, se le estrujó el corazón. “Era una mezcla de sensaciones. Por un lado la alegría y la sorpresa de verlo ahí, después de tanto buscarlo. Pero también me imaginaba el dolor de esos chiquitos si me lo llevaba…“, se sincera.

Siempre Benito
Pero como todo en la vida, fue el destino el que tomó la decisión e inclinó la balanza. En una pausa del juego, el padre de familia presentó a Mauro a sus hijos, como si fuese un nuevo amigo. La primera reacción del perro fue acercarse a olerlo, como a cualquier recién llegado. “Por un momento pensé ´Me equivoqué´, porque no hizo ningún gesto de reconocimiento. Hasta que lo llamé por su nombre”. Fue en ese momento en el que el perro se quedó quieto y paró aún más sus ya alargadas orejas.

Benito, Benito”, volvió a llamarlo Mauro. “Ahí me agaché, se me acercó despacito y me olió con insistencia, como buscando algo. De repente me saltó encima y la sorpresa fue tan grande que me tumbó”, recuerda el chico con ternura. “Los dueños de casa fueron comprensivos y, como gente que realmente quiere a los animales, entendieron por todo lo que habíamos pasado y me lo dieron, muy a pesar de los chicos“, explica Mauro, que a cambio debió prometer un cachorro de Benito tan pronto como tuviera descendencia, como compensación.

Pero aún restaba el mayor desafío, el reencuentro con Carla. “Me hubiese gustado que fuera más sorpresa, pero eran tanta la ansiedad y la alegría que me fui directo a casa a llevárselo”, confiesa. Sin embargo, le pudo imprimir un poco de magia a ese ansiado, postergado y prácticamente increíble reencuentro. Le pidió a su hermana que lo ayudara a bajar una caja muy pesada del auto, y cuando abrió la puerta se encontró con esa figura conocida sentada en el asiento del acompañante.

“Mi primera reacción fue quedarme rígida, en shock, no entendía nada. El enano me movía la cola pero no se despegaba del asiento. Cuando reaccioné, me senté en el asiento a su lado y despacito empecé a acariciarlo. No podía parar de llorar, no lo podía creer”, vuelve a emocionarse Carla. A los pocos minutos, Benito fue deslizándose en su regazo y pareció entregarse por completo, como reasegurándose de que no quería despegarse de ese lugar, cálido y conocido, del que nunca debió ser separado.

Hoy Benito sigue disfrutando de sus paseos matutinos junto a Carla y sus hermanos. “El temor de que vuelva a pasar siempre está, pero es mejor pensar que no, que fue solamente muy mala suerte. Igualmente estamos siempre atentos”, reconoce.

Carla quiere dejar claro su mensaje: “Nunca dejen de buscar, nunca pierdan las esperanzas de reencontrarse con sus amigos, ellos siempre nos estarán esperando. Nunca nos olvidan, y eso nos da fuerza para no abandonar“. NR

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