Buenos Aires, 19/08/2017, edición Nº 2078

Oliverio Girondo, por Francisco Urondo

La literatura argentina de los últimos 45 años le debe mucho a Oliverio Girondo. Su obra ha prefigurado un considerable sector de la producción posterior a En la masmédula; por ejemplo, críticos y eruditos podrán buscar conexiones atractivas entre este libro de poemas y la novela Rayuela de Julio Cortázar.

(CABA) Oliverio Girondo nació en lo que hoy es plena avenida 9 de julio: Lavalle 1035. Ramón Gómez de la Serna proponía que sobre el asfalto fuera colocada una placa que dijera: Aquí nació Oliverio Girondo. Otra coincidencia: nació en la misma fecha en que murió el general San Martín; el próximo martes 17 de agosto cumpliría 80 años de edad. Murió hace cuatro.

Sus antecesores, por vía paterna, eran vascos de Mondragón: su madre —“soy hijo de toda la literatura francesa” ha dicho— también descendía de vasco, y de aquel famoso general Arenales que reemplazó el trozo de hueso que le volaron de un balazo, con un mate que le permitió sobrevivir y pelear durante años.

Su descendiente es herido en el mismo lugar de la cabeza, pero no por la metralla, sino por un auto que lo atropella. Sobrevivió tres años y terminó muriendo en 1967. Se puede decir que fue herido de muerte en su lugar de nacimiento, en plena calle.

La literatura argentina de los últimos 45 años le debe mucho a Oliverio Girondo. Su obra ha prefigurado un considerable sector de la producción posterior a En la masmédula; por ejemplo, críticos y eruditos podrán buscar conexiones atractivas entre este libro de poemas y la novela Rayuela de Julio Cortázar.

Le ha ocurrido a Girondo lo que también le ha pasado a Macedonio Fernández, o le pasa a Juan L. Ortiz, cuyos trabajos —silenciosos por dignidad de ellos y ligereza de sus contemporáneos— signan toda una época y le abren un destino, la precipitan sobre el porvenir.

Girondo se hizo cargo de lo que fue consigna para los dadaístas primero, para los surrealistas después: hacer de cada acto vital una forma de poesía: identificar poema y vida.

Se sustentó de gestos no convencionales, de hechos serios y transgresores como su escritura. Una existencia fue la suya que se articuló, más que en la lógica, en la lucidez; que no se detenía en la complacencia, insatisfecha siempre, hasta con las aparentes rebeldías.

De esta manera, su anecdotario es amplio pero solo válido si se lo recibe con la misma seriedad —por más disparatado que se presente­— que la lectura de un libro suyo.

Con su vida escolar comienzan las travesuras, las rabonas, los paseos por el puerto; además, las primeras huelgas estudiantiles. Es entonces que le tira un huevo de avestruz a don Calixto Oyuela. Luego estudia en el colegio Epsom de Londres y después en la escuela Albert le Grande de Arcueil. Cuenta Gómez de la Serna que de allí fue expulsado por arrojar un tintero al profesor de geografía quien, un momento antes, se había referido a los antropófagos que viven en Buenos Aires, capital del Brasil. Finalmente se recibirá de abogado, pero nunca ejercerá.

En 1925, de vuelta de uno de sus viajes, se incorpora a la revista Martín Fierro, dándole realmente el tono a una publicación que se convertiría en todo un baluarte de los años 20; si bien Borges trasladó las inquietudes del ultraísmo español, Girondo lo hizo con la vanguardia que se agitaba en Francia, y de la que el ultraísmo era apenas consecuencia.

Además, estaba su espíritu suelto, su desparpajo incontenible, derramados en aquellas páginas periódicas, culminando en los legendarios “epitafios”:

Aquí yace Jorge Max Rodhe / dejadlo morir en pax / que de ese modo no xode /max.
Girondo ya había dirigido otra revista cuando apenas tenía veinte años —Comoedia—; era en ese entonces “el niño elegante —recordó el mismo Girondo—, displicente; se me había muerto un gato de angora y esto me sirvió de inspiración: eso da vergüenza, che; si usted lo hubiese escrito, también tendría vergüenza”.

Con su amigo René Zapata Quesada, escribe una obra de teatro —con evidente influencia de Maeterlinck— que estrena Camila Quiroga en el Apolo. Otra obra es rechazada por el actor Rosich que se niega a decir un bocadillo: en escena debía increpar a los otros actores, diciéndoles “ustedes son unos imbéciles” y luego, dándose vuelta y señalando al público, tenía que agregar: “Como todos ustedes”.

Ramón Gómez de la Serna cuenta en sus Retratos Contemporáneos que, en Lisboa, Oliverio lo lleva a una plaza “donde el vendedor del mejor callicida del mundo presentaba en sus vitrinas los desprendimientos pedestres de tan grandes personajes como el excelentísimo señor almirante Fernando Silva Moreira Fonseca y Campoforte”. Es cuando Ignacio y Daniel Zuloaga programan en Segovia una corrida de toros en honor de Girondo: el espada es Belmonte.

“Siguen los viajes en zigzag —recuerda De la Serna— y aparece en Tetuán presenciando la guerra de España con el infiel marroquí. Vive en el hotel Excelsior de Roma con Nicodemi, rodeado de perros y heroínas d’annunzianas, o reaparece en París, en una carpa instalada en el Palais-Royal, en una feria a beneficio de los huérfanos y viudas de los artistas teatrales, junto con Ricardo Güiraldes, bailando durante tres días danzas flamencas y tangos”.

En Perú conoce a César Vallejos, pero sin que lleguen a verse las caras: “Pensaba desembarcar en El Callao y le había avisado a Vallejos que me estaba esperando en el muelle; pero mi barco no pudo arrimarse porque se había desencadenado una tormenta tremenda. Vallejos, enterado de esto, se arrimó en una lancha y yo no lo veía porque estaba muy oscuro, pero oía que me gritaba, ‘Girondo, Girondo’ y yo le gritaba ‘Vallejos, Vallejos’, pero de allí no pasamos”.

“Si hubiera sabido que él andaba en París mal de dinero —mintió una vez— yo lo hubiese podido ayudar”. Años después de su muerte, por algunas cartas que se dieron a conocer, pudo saberse que se veían y que la ayuda había existido.

En París, en la terraza del Napolitano, un caballero lo quiere contratar para la Paramount, ofreciéndole el rol principal en una película que debía rodarse en Sierra Morena. Girondo debía encarnar el papel de un “contrabandista y violinista”; rechaza el ofrecimiento con una sonrisa. “La misma —recuerda Gómez de la Serna— con que ha rechazado la secretaría de la embajada de Washington, o el nombramiento de académico”; la misma con que vence a treinta mil voces que le gritan “chivo” en una cancha de futbol de Buenos Aires.

Porque se le ocurre —no por este incidente—, decide afeitarse, pero el peluquero se niega. Por esos años, Norah Lange ha regresado de Noruega y publica su libro 45 días y treinta marineros. Desde ese momento, será la compañera infaltable de Oliverio Girondo.

A veces rotundo / a veces muy hondo / se va por el mundo / girando, Girondo, dicen sus amigos en uno de los tantos banquetes de despedida o bienvenida que organizan en 1926. Marechal dice de él: Ha galopado por la tierra / en un parejero de locura.

En 1923 publicó su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en un tranvía. Cuando Gómez de la Serna recibe un ejemplar toma el tranvía 8 de Madrid, que iba del Hipódromo a la Bombilla, se instala y comienza a leer. Cuando termina el recorrido, aún no ha terminado; saca entonces un nuevo boleto “hasta el próximo poema”.

En 1925, Girondo publica Calcomanías y en 1932, Espantapájaros; para promover su venta, alquila una carroza de aquellas que en los cortejos fúnebres estaban destinados a transportar las coronas de flores. Esta vez trasladaba un enorme espantapájaros con chistera, monóculo y pipa. Hasta su muerte, el gran muñeco estuvo instalado en la entrada de la casa del poeta, en la calle Suipacha.

Luego vendrán otros libros: Interludio, Diario de un Salvaje Americano, Persuasión de los días, En la masmédula.

“Lugones comía en casa todos los días —ha contado Girondo— porque era amigo de mi hermano Eduardo, que es el único maestro que he tenido. Hay quien nos atribuye al señor Lugones como maestro; yo no creo que le debamos nada, ninguno viene, ni directa ni indirectamente, de él. Podrá haber alguna coincidencia de época, pero nada más. Lugones ha sido principalmente un orador; desgraciadamente, nunca tuvo posibilidades de expresarse y, cuando lo hizo, para la época de la guerra, dijo disparates.

Lugones era, personalmente, una figura verdadera de poder verbal e intelectual; yo no he sido nunca lugoniano, pero cuando le mostré el manifiesto de la revista Martín Fierro, me dijo que no corrigiera una coma y que él lo firmaba. No era una momia; no era Capdevila, era un hombre viviente y simpático”.

Sin embargo, “no tengo una buena opinión de Lugones poeta; siempre me pareció muy influido: el mejor poema de Lunario es un mal Lafforgue; Las montañas del oro, un mal Hugo. Yo me inclino a pensar que Herrera y Reissig es anterior a Crepúsculos en el jardín, aunque el asunto esté en discusión y algunos crean que el libro de Lugones es un libro bien hecho”.

Lugones conseguía que Girondo se levantara de la mesa llorando de impotencia: le inventaba citas y autores para ganarle una discusión. A veces Lugones lo divertía, como cuando quiso batirse a duelo “con ese mozo Borges” que había publicado alguna impertinencia sobre la vida privada del prócer literario. “Don Leopoldo —le dijo Oliverio— ese hombre no está en condiciones de batirse”, y explicó que había perdido la vista —luego la recuperaría para volver a perderla—; recién entonces Lugones aceptó calmarse, pero con la salvedad “de que le digan a ese mozo que no publique cosas que después no va a poder defender con su persona”.

Girondo solía contar que un matrimonio francés que vivía frente al Arco de Triunfo, en París, aprovechó un domingo para salir de paseo a la mañana; al dejar su casa, observan que está hablando el embajador del Japón. Horas después, al cabo de la tarde, regresan y ahora es Lugones el que está disertando. “¡Cómo habla el japonés!” decía Girondo que habían dicho los franceses. No le tenía simpatía a Lugones. Reflexionaba sobre él: “Hay gente que nace con la levita de bronce puesta”.

“En mi generación — afirmó Girondo alguna vez— desgraciadamente e indiscutiblemente, había hombres de talento, pero se apartaron de las corrientes vivas de pensamiento. La literatura tiene un cauce profundo, quien se aparta de él no sirve para un carajo. Desde Rimbaud, hay que ser un poco Rimbaud; uno puede no tener nada que ver con Joyce, pero Joyce está dentro de la literatura viviente, como está Beckett, pero no está Mauriac. Y esto no quiere decir que haya que pertenecer a escuelas; yo nunca he pertenecido a escuelas, pero he tratado de beber en lo vivo, no en lo muerto. Jarry es un hombre viviente; aquí los vivientes son los muchachos, por eso soy más amigo de ellos que de la gente de mi generación; me siento más cerca de ellos”.

Pese al origen patricio de su familia y a su bienestar económico, nunca se dejó tentar por los cacareos mundanos; fue yrigoyenista en sus tiempos —no alvearista— y en Frondizi tuvo una desinteresada y efímera esperanza que luego revirtió en desprecio y arrepentimiento : “Cómo me pudo engañar este mentiroso”, decía.

Carecía de tolerancia, le sobraba dignidad; su malhumorada alegría no era fácilmente domesticable, no se lo convencía así nomás. Estaría indignado en los últimos meses de su vida, porque se siente morir y no quiere.

“A Oliverio —dijo Gómez de la Serna— hay que darle en vida las respuestas a su exuberancia, a su fidelidad literaria, a su clarividencia fulminante”. No las encontró; a lo mejor fueron magras; su gente, su país, no estuvieron a la altura de la circunstancia. Por eso, seguramente, se enfurecía cuando se acercaba la hora de morir. Tal vez por eso siga vivo —un poeta en pena—, esperando sin descanso esa respuesta, cansándose sólo del cansancio.

S.C.

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