Buenos Aires, 21/10/2017, edición Nº 1802

Un nene sufrió discriminación en un colegio de Flores y el Papa Francisco intervino para conseguirle una vacante

La historia de la mujer que le escribió al Papa para que su hijo pudiera ir a la escuela.

(CABA) La hermana Rosa, con aspecto de monjita buena y gesto de angelical ternura, la fulminó con la mirada. Y su lengua dejó correr palabras más próximas al perjuro de una maldición que al altruismo cristiano: “Andá a reclamar adonde quieras, si querés escribile a Francisco y de paso mandale saludos míos, pero tu hijo a mi escuela, no entra”.

El diálogo, tenso, impropio del escenario de un colegio religioso y del intercambio de una madre superiora con una mamá absorta, al borde de una contenida furia, ocurrió en el Colegio Nuestra Señora de Lourdes, en el barrio de Flores, hace tres años.

Cecilia Echavarría, la mamá en cuestión, una licenciada en Comercio Exterior, no podía creer lo que acababa de escuchar y, aunque es una mujer que aprendió a transitar por la vida con un temple a prueba de balas, sólo advirtió con respetuosa firmeza a su intransigente interlocutora que allí no terminaría la historia. Que estaba a dispuesta a mover cielo y tierra, en el sentido literal y simbólico, para que su hijito Ignacio, entonces de 3 años y 11 meses, pudiera recibir el derecho a su escolaridad, sin sufrir el agobio de la discriminación.

De chica, mamá Cecilia había recibido desde los 4 hasta los 18 años educación católica en el Instituto Santa María. Con mucho esfuerzo su madre, jubilada, y quien la ayuda día a día con la crianza de su hijo, ya que el padre de Ignacio se abrió de la familia, había desafiado los fríos de una jornada desapacible para anotar a Ignacio y no perdiera su vacante. Le dieron turno para que Cecilia concurriera con él. Eso hizo junto a otros papás que tramitaban la inscripción de sus hijos. Días después se acercó al colegio para saber si Ignacio había sido finalmente incorporado y se encontró con la desagradable sorpresa de que no estaba en la lista de los “aptos”. Una llamada telefónica de la psicopedagoga de la institución, seca, distante, le informó poco después que Ignacio no sería aceptado, ya que observaban en él “inhibiciones para interactuar y una timidez excesiva.” Así nomás.

Ningún médico había observado en él conductas aislantes, no registraban la menor sospecha de un autismo en gestación. Simplemente porque no lo había. “Ignacio era a esa edad de poco hablar y nada más”, recuerda ahora mamá Cecilia, desde su empleo en un laboratorio medicinal, mientras repasa la batalla que dio por amor a su hijo y en defensa del derecho constitucional a recibir educación y del Estado y de los colegios confesionales a otorgarla. En definitiva, a formar un ciudadano del futuro. “¡Discriminan a una criatura en una institución religiosa!”, estalló Cecilia del otro lado de la línea. “Dígame, ¿usted es psicopedagoga de una escuela católica, nunca escuchó hablar de Jesús pidiendo ‘’dejad que los niños vengan a mí’ cuando un grupo a su alrededor quería dispersarlos…¿sabe bien lo que está haciendo al cerrarle las puertas a Ignacio?”, indagó ya fronteriza a la indignación. No tuvo respuesta. Apenas el clic del corte final de la conversación.

Llamó dos veces más a la institución para intentar comunicarse con la directora del jardín, la señora Beatriz. “Está reunida”, le dijeron en ambas ocasiones. Hasta que sucedió aquel intercambio ríspido con la hermana Rosa, que encabeza la historia de hoy. La religiosa ni siquiera evitó la ironía hiriente: “Mire, hay muchos colegios religiosos por la zona, anotelo en alguno de ellos”. Cuando salieron del colegio, tomados de la mano, de regreso a casa, Cecilia escuchó a Ignacio, con la ilusión de quienes empiezan el camino de la vida: “Me gusta ese Jardín, ma”. Y sintió que el mundo le caía encima. ¿Ahora cómo le digo que no lo aceptan por tímido?, pensó Cecilia sin decir palabra.

Hasta ese momento estaban los dos felices. Iba a empezar a sus 4 añitos el Jardín por él soñado, pensaban transitar su primaria y terminar ahí su secundario, tomar la comunión y luego la confirmación. Plan completo. Esa noche, Cecilia casi no pudo dormir. “¡Qué necesidad! Nos lastimaron a los dos, yo soy grande, los grandes estamos más curtidos por la vida. Mi hijo no, mi hijo recién está empezando sus primeros pasitos, y al querer acercarse a un colegio formador religioso, lo primero que encuentra es que le cierran la puerta en la cara porque habla poco”, se repetía una y otra vez mientras se revolvía en la cama sin poder pegar un ojo.

Al día siguiente empezó la batalla que había prometido. En el colegio había agotado todas las posibilidades. Pidió explicaciones a todas las autoridades. Nunca se las dieron. Ni siquiera se le ocurrió pensar que la ausencia del padre, la falta de una “familia convencional” alrededor de Ignacio, pudo ser el motivo oculto del rechazo. “Eso lo descarté siempre. No soy la única mamá separada”.

Se propuso entonces un listado de tareas. De a una, las fue cumpliendo. Mandó una carta a la Casa Regente de Roma, a la Nunciatura y al propio Francisco. La Nunciatura le contestó, pero fue una respuesta formal, sin soluciones. Hasta que intervino la Vicaría General de Educación, que depende del Arzobispado de Buenos Aires, de línea directa con Francisco. Además de contenerla emocionalmente, le hizo llegar un listado de colegios donde lo podía anotar y sería bien recibido, y así fue. Lo anotó, lo evaluaron y lo recibieron. De la timidez, ni una palabra.

“De más está decir que Ignacio ahora está charlatán, sigue siendo algo tímido, es cierto, ¿¿y que??”, se pregunta Cecilia, mientras dos años después de aquel desasosiego disfruta ver a Ignacio feliz, integrado a su nueva escuela, el Colegio Schonthal, de las Hermanas Oblatas, cuyo numen inspirador es el padre José María Benito Serra y su lema, no casualmente, dice: “Si todas las puertas se les cierran, yo le abriré una”. NR


Fuente consultada: Clarín

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