Buenos Aires, 23/04/2017

Murió Dalmiro Sáenz, un escritor que empujó los límites con ironía

El autor de “Yo también fui un espermatozoide”. Fue leído masivamente y sus declaraciones públicas lo mostraron irreverente. También escribió ficción política.

(CABA) Ayer murió en la ciudad de Buenos Aires Dalmiro Sáenz, a sus 90 años. Fue un escritor y un personaje de los medios de la segunda mitad del siglo XX argentino: su vida y su trayectoria cultural son un modo posible de leer los cambios de humor y de ritmo de la genética argentina de aquellos años.

Hijo de un contraalmirante de la Marina, de joven quiso ser boxeador y fue marinero. Su vida juvenil fue así: en la soledad de alta mar, entre hombres, practicando el golpe de su brazo derecho sobre una bolsa de arena y leyendo algunos libros, los primeros, esos que definen una pasión. “Cuando estaba navegando me enamoré de Faulkner, especialmente de Las palmeras salvajes”, recordaría muchos años después, cuando ya era un hombre mayor que había escrito más de veinte libros, muchos de ellos fulgurantes best-sellers, que era autor de guiones para cine, que había hecho humor y que había escandalizado a la sociedad con declaraciones que quizás hoy pasarían desapercibidas pero que entonces hicieron ruido.

Pero volvamos al Sáenz joven. En plenos años 50 su futuro como boxeador era inconducente y su vida como marinero presentaba un problema insalvable: demasiado tiempo sin una mujer. Entonces revisó sus armas y sus intereses y se puso a escribir. Su primer libro, en 1956, fue Setenta veces siete, que vendió más de cien mil ejemplares y lo puso en un lugar de enorme visibilidad, frente a los focos de la televisión y a los micrófonos de los periodistas, a él, que ya detentaba una clara inclinación al juego de paradojas y el sinsentido.

Todas sus entrevistas, con los años, fueron así: trataba de dar vuelta las preguntas y cuando parecía que iba a ir por un lado pegaba el volantazo y salía por algún callejón extraño.

Setenta veces siete fue llevada al cine por Torre Nilson y ese proyecto fundó una amistad. Los años 50 y 60 fueron años de andar en grupo. El artista plástico Pedro Roth lo recuerda como “un tipo fantástico. Siempre estaba en La Biela, en una mesa en la vereda. Uno se acercaba y le preguntaba en qué andaba y el decía ‘acá me ves, trabajando’. ¡En su vida trabajó! Él no era de andar por La Paz, por El Moderno, lo suyo era La Biela, era más pituco. Para mí fue un personaje típico de los 60; siempre inventando cosas, metido en un mundo muy loco”.

En esos años escribió algunos de sus libros más leídos, como Yo también fui un espermatozoide y Carta abierta a mi futura ex mujer, que siempre mencionó como su obra preferida.

Luego llegó la Dictadura y la fiesta terminó. Los grupos se disolvieron y el aire en la ciudad se puso denso. Dalmiro Sáenz -que había pasado por Montoneros y llegó a estar detenido en la ESMA– tomó entonces la vía del exilio y recaló en Punta del Este, donde se quedó hasta que volvió la Democracia, sin escribir. Cuando regresó, aparecieron las novelas y los libros políticos, como El argentinazo y La Patria equivocada. O, en 1985, la ficción política de El día que mataron a Alfonsín (con Sergio Joselovsky) y un par de años después El día que mataron a Cafiero. En colaboración con Alberto Cormillot, escribió Cristo de pie, una vida novelada de Jesús. Nunca vendió tanto como con sus primeros libros, pero siempre mantuvo un público amplio.

Hubo momentos de verdadero revuelo en sus intervenciones mediáticas, gracias a los cuales fue etiquetado como “provocador” e “irrevente”. Quizás la más recordada sucedió en 1988, en el programa de Gerardo Sofovich. Estaban hablando de unas pinturas de la Virgen en el Vaticano y Sáenz dijo que le había visto “un culo precioso”. Y remató: “Dudo que se mantenga virgen mucho tiempo con ese culo”. Escándalo nacional. La iglesia católica protestó, le levantaron el programa por un tiempo a Sofovich y le hicieron un juicio a Dalmiro Sáenz. ¿Qué hubiera pasado si decía eso mismo hoy, en 2016? Es dificil de saber, pero lo cierto es que sus escándalos hablan un momento de la conciencia colectiva argentina. “Yo no cambié, cambió el país”, dijo en una de sus últimas entrevistas, y tenía razón. Algunas de sus intervenciones puntuales tal vez hayan corrido el límite de lo que se puede y de lo que no se puede decir en una sociedad y eso siempre es bueno.

Sus restos fueron velados en la Legislatura Porteña hoy de 8 a 10 y a las 12 será enterrado en la Chacarita. Con él se va terminando el grupo de autores de los años cincuenta, esa época en la que una novela argentina podía vender cien mil ejemplares.

S.C.

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