Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1834

Modelo para narrar, por Vicente Batista

Muchos grandes proyectos han tenido su origen en un bar. “La Argentina como narración”, acaso un secreto homenaje a Cortázar, comenzó a ser en el London de Perú y Avenida de Mayo. Liliana Heker y Jorge Monteleone habían acordado encontrarse ahí a las cinco de la tarde. Monteleone llegó unos minutos antes. Eligió la única mesa desocupada en diagonal a una de las ventanas, se sentó y comprobó que, en...

Muchos grandes proyectos han tenido su origen en un bar. “La Argentina como narración”, acaso un secreto homenaje a Cortázar, comenzó a ser en el London de Perú y Avenida de Mayo. Liliana Heker y Jorge Monteleone habían acordado encontrarse ahí a las cinco de la tarde. Monteleone llegó unos minutos antes. Eligió la única mesa desocupada en diagonal a una de las ventanas, se sentó y comprobó que, en efecto, las sillas del London eran particularmente incómodas.

Un rato después llegó Liliana Heker, pidió un té, hizo algún comentario acerca de la hora y del bar pero nada dijo de las sillas. Antes de que el mozo regresara con el pedido, ya le había explicado a Monteleone la razón de la cita: comenzaban los festejos por el bicentenario de la República y el Fondo Nacional de las Artes había resuelto editar un volumen que reuniera los nombres emblemáticos de la narrativa argentina en los últimos doscientos años. Habían pensado que él, Monteleone, podría ocuparse de organizar esa antología; cómo hacerlo y de qué modo, quedaba librado a su propia imaginación.

Habrá que celebrar la imaginación de Monteleone. En lugar de limitarse a orquestar un volumen que reuniera textos canónicos, representativos y capacitados para ofrecer un panorama académico de nuestra literatura —toda antología tiene aspiraciones de canon—, decidió edificar un libro que, como el título anunciaría, revelara a La Argentina como narración. Para ello congregó a más de doscientos cincuenta textos en todas las formas posibles de la narrativa, desde cuentos, relatos, fragmentos de novelas y microrrelatos hasta crónicas, reportajes, testimonios, sin olvidar el teatro y las notas periodísticas; de ese modo consiguió un cuerpo totalizador acerca de cómo se narró y se narra al país.

Aquel proyecto, esbozado una tarde en una mesa del London, terminó siendo este libro que —según palabras del propio Monteleone— “requiere de un lector contínuo, pero a la vez asegura, como quería Macedonio, un lector salteado. Descubrirá o releerá a través de esos textos a algunos de los escritores fundadores de la literatura argentina del siglo XIX; a algunos de los escritores canónicos del siglo XX; a los miembros de diversas escuelas, corrientes o generaciones; a algunos autores secretos, marginales o atípicos; y también a varios de los jóvenes narradores que publicaron sus primeros libros en los diez primeros años del siglo XXI. Ese vasto conjunto, sin embargo, es una sola muestra posible de esa trama, innumerable y múltiple.”

El volumen está dividido en diez tópicos —“Las fundaciones”, “El desierto”, “Las dicotomías”, “La violencia”, “El destierro”, “La anarquía y el orden”, “La amistad y la conspiración”, “La paranoia y el delirio”, “El ser de excepción”, “El Otro, el Mismo”­— y un último capítulo, “Zama como símbolo”, que puede leerse  a modo de cierre o de apertura. Esos tópicos, explica Monteleone, “son núcleos, nudos, espesores del sentido donde la narración crea universales transitorios sobre la Argentina. No se trata de un conjunto cerrado, ni de un esquema de Ser nacional congelado en núcleos alegóricos o sustanciales, invariantes. No aspira tampoco a ficcionalizar los hechos históricos como una especie de traducción novelada y pintoresca, asimilable, sino a la inversa: trata de constatar múltiples modos —que nunca se agotan, porque jamás lo hace su implícita fuerza semiotizante o configuradora de mundos, de modos de ver y de hablar— en los cuales la ficción construye sentido allí donde la Argentina es narrada.”

Acerca de esa narracción dan cuenta los textos que eligió Monteleone para darle sentido al libro. Ubicó esos textos en diez tópicos específicos, convocó a un igual número de catedráticos —Dardo Scavino, Sylvia Iparraguirre, Noé Jitrik, Miguel Dalmaroni, María Negroni, Christian Ferrer, Graciela Montaldo, Martín Kohan, Horacio González y Enrique Foffani— y los invitó a que escribieran un trabajo crítico acerca de cada tópico. Por su parte, el propio Monteleone en un prólogo de algo más de cien páginas analiza la razón de ser de cada texto y su deliberada ubicación en alguno de los primeros diez capítulos. El capítulo once está reservado al relato fundacional de nuestra literatura. No será Facundo, tampoco Martín Fierro, Monteleone elige Zama, la definitiva novela de Antonio Di Benedetto, porque en ella, señala, “resuenan muchos de los tópicos que recorren este libro —una ilusión o, mejor dicho, una simulación de totalidad”.

El apartado “Criterios de esta edición” anuncia que las mil páginas de La Argentina como narracción están propuestas como una memoria, divulgación y preservación de nuestro patrimonio cultural, agradece a todos los autores, sus herederos, albaceas, agentes literarios o editoriales por haber cedido los derechos de modo gratuito para la publicación del Fondo Nacional de las Artes, que no tiene fines de lucro ni responde a criterios comerciales y señala que en unos pocos casos —algunos notorios, de escritores canónicos e insoslayables de nuestra tradición literaria— ­­no fue posible acceder a los textos previamente elegidos.”

Suele decirse que el peor enemigo de un escritor muerto es su viuda o sus hijos o sus parientes cercanos. Como consecuencia de esa fatalidad, en este volumen singular y esencial, propuesto como “memoria cultural de la Argentina”, no encontraremos textos de Jorge Luis Borges, de Silvina Ocampo, de Adolfo Bioy Casares, de Ernesto Sábato ni de Rodolfo Walsh. Esa ausencia se debe a que sus herederos, por falaces cuestiones económicas, no cedieron los respectivos derechos. Puedo entender, aunque no justificar, esa actitud en los herederos de Borges, de Ocampo, de Bioy Casares y de Sábato. No me cierra con Walsh. Dicen que en su caso, no fueron cuestiones económicas sino políticas. Tampoco lo justifico. Los herederos de Walsh han puesto a Walsh en un sitio que él jamás hubiera elegido: una incongruencia similar a la de aquellos supuestos militantes de izquierda que se unieron a los miembros de la Sociedad Rural, para entonar juntos y a viva voz, encendidos himnos de protesta. Disparates que también marcan un modo de narrar a la Argentina.

Por Vicemte Batista  – Suplemento literario Télam

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