Buenos Aires, 24/11/2017, edición Nº 1836

Medianeras, un desafío para la creatividad

¿Qué hacer con ellas?

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(CABA) Cuántas cosas sugieren las medianeras, paredes cargadas con huellas de vidas pasadas. La traza de una escalera que ya no está, la silueta de lo que fue un techo mansarda, un patchwork con paredes azulejadas, empapeladas y superficies pintadas de colores. La marca de algún cuadro, espejo o del respaldo de una cama.

Seguramente fue la potencia evocativa de estas imágenes la que inspiró a los creadores de la Plaza Embajada de Israel en memoria a las víctimas del atentado de marzo de 1992, en el lote de Arroyo y Suipacha. Allí dejaron la medianera con sus marcas como herida expuesta. Pero en nuestra ciudad hay otras medianeras que quedaron desnudas y no por bombas o piquetas; por efecto de los códigos municipales. Clorindo Testa amaba estos muros. El disfrutaba de la luz que inundaba su estudio en un antiguo piso en Callao y Santa Fe gracias al sol que se reflejaba en la medianera. Y también decía que daban un respiro al caos formal de la ciudad.

Me acuerdo que hace unos 40 años, en una reunión con compañeros de facultad, las pusimos en jaque. Por aquél entonces había desembarcado en Buenos Aires una manera nueva de ver y pensar la ciudad liderada por un italiano llamado Aldo Rossi. En su libro “La arquitectura de la ciudad” proponía dejar de lado los criterios meramente funcionalistas e higienistas del urbanismo moderno y rescatar las bondades de la ciudad histórica. Este modelo hacía hincapié en la forma de la ciudad y alentaba a pensar las calles y las plazas como espacios urbanos, cuyas paredes eran las fachadas; y el techo, el cielo. Se contraponía al modelo aún hoy imperante que de alguna manera deja supeditada la forma de la ciudad a cierta eficiencia numérica.

Cada lote de manzana tiene un coeficiente llamado FOT (Factor de Ocupación Total) que multiplicado por la superficie del terreno da la cantidad de metros que se puede construir. Como consecuencia del tipo de loteo que tiene la manzana porteña, los del centro de la cuadra son los terrenos más profundos y con mayor superficie, y los que admiten mayor cantidad de metros de construcción. Esto hace que ahí se pueda construir mucho más alto que en las esquinas. Y entonces ¡magia! Es por esta razón que quedan expuestas las medianeras.

De ese caldo de cultivo de los ´80 salió la norma que desde hace algunos años permite empardar la altura del edificio vecino para que no queden medianeras expuestas atendiendo razones de estética urbana. Y también de estos debates surgió la idea ya hoy consensuada de que hay que pensar a la ciudad con criterios morfológicos como los que se están aplicando en la ex AU3, en el llamado Barrio Parque Donado Holmberg, y en los proyectos de vivienda para la futura Villa Olímpica en Soldati. La idea es aprovechar la experiencia para aplicarla en lo que serán las normas urbanísticas de la Ciudad.

Pero como en aquella reunión afirmaba Hernán Araujo, uno de los participantes un poco mayor que nosotros y poco proclive a dejarse llevar fácilmente por las nuevas ideas: “Buenos Aires es una ciudad de medianeras”. Por eso, hubo y habrá que cortar mucha tela para cambiar su estructura y para que estas nuevas experiencias modifiquen su paisaje urbano. ¿Qué hacer mientras tanto? El Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo (CPAU) porteño lanzó una convocatoria para proponer soluciones. Aquí van algunas de las ideas que estarán expuestas en la sede del CPAU (25 de mayo 482) a partir de setiembre. Un estudiante, Germán Landajo, propuso revestirlas de espejo y así, al reflejar el cielo, hacerlas transparentes. También presentó una opción para esos baldíos urbanos rodeados de tres paredes: convertirlos en patios cuyas paredes sean palestras. Elisa Dall´Occhio propone forrar una medianera con una malla del tipo del metal desplegado pero en grandes dimensiones. Y María Soledad Orube, taparlas con plantas.

Lo cierto es que sobre estas paredes también rigen leyes. Pero lo auspicioso es que ninguna excede los acuerdos entre partes. Eso sí, debe estar claro que para abrir una ventana que nos dé buenas vistas, una raja que deje entrar el sol o colgar una jardinera es condición sine qua non tener un buen vecino.

Fuente: Clarín

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