Buenos Aires, 22/09/2017, edición Nº 1773

Mabel Basualdo: “Faltan tenedores que sean, como dice la ley, responsables”

(CABA) Nació en Villa Devoto, en una familia bichera. De chiquita, el papá la llevaba a jugar al molinete de madera que había en la entrada de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la UBA, en Beiró y Nazca. Ahí aprendió a andar en bicicleta. Ahí conoció los tambos de la universidad, la exposición y feria con gallinas, quesos, miel y dulce de leche. Y ahí, entrando por Nogoyá,...

(CABA) Nació en Villa Devoto, en una familia bichera. De chiquita, el papá la llevaba a jugar al molinete de madera que había en la entrada de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la UBA, en Beiró y Nazca. Ahí aprendió a andar en bicicleta. Ahí conoció los tambos de la universidad, la exposición y feria con gallinas, quesos, miel y dulce de leche. Y ahí, entrando por Nogoyá, en la Avenida de las Casuarinas, estaban los frutales y no era raro ver algún muchacho trepándose para sacar un durazno y regalárselo a una chica. “Entrabas como en un mundo aparte”, resume la doctora Mabel Basualdo, primera mujer en jurar como veterinaria en la UBA.

Me recibí en 1972 y esperé ocho meses hasta que la carrera se separó de Agronomía para que mi diploma dijera Veterinaria”, cuenta. Se especializó en tareas de laboratorio. Y hace siete años que es vicepresidente de la Sociedad de Medicina Veterinaria, una de las primeras agrupaciones científicas del país, fundada en 1897. “Otro motivo de orgullo”. Es que desde 1909, cuando publicaron el primer boletín, no dejaron de difundir conocimiento. Mediante el aporte de socios particulares y empresas, en la sede de Chile al 1800, “un antiguo prostíbulo donde los fundadores se sentaban en cajones de soda”, en 2011 organizaron, por ejemplo, el Mundial de Parasitologíamás convocante” (unos 800 profesionales) y en 2014 recibieron el Premio Dr. Antonio Pires de la Academia de Agronomía y Veterinaria por su trayectoria en investigación y educación.

Pero el amor por los animales en casa y las visitas al predio de la Facultad no fueron determinantes para que eligiera la carrera. “Le cuento: sabía que lo mío estaba en la biología pero no en qué rama. En el Liceo que funcionaba en el Normal 1, tuve una profesora bioquímica que nos preguntó quiénes queríamos estudiar carreras del área y nos llevó a un laboratorio, al viejo Hospital de Clínicas y a la Casa Cuna, donde trabajaba. Los chicos tenían un número y les decían: vení 34, movete 48 … No me pregunté por qué, pero sentí que para mí eso era un límite”.

Igual, la veterinaria no fue fácil, y no sólo por las clases de anatomía (“Todo lo comparamos con los caballos y durante años llevé grabada su mirada enferma”).

En su promoción se recibieron 110 y las mujeres no llegaban al 10 % de la clase. La carrera estaba orientada a animales grandes. “Es que si una yegua estaba en celo, había que hacer tacto para ver cuándo ovulaba. ¿Las chicas lo iban a hacer? Sí. Pero, sin embargo, todavía no usábamos pantalones. Es más: íbamos a estudiar con tacos. ¿Conoce la Facultad? Son 18 hectáreas. Por ahí, cursábamos una materia en una punta y la siguiente, en la otra y ¡cruzábamos el camino a pie!

Cambió todo. “Usamos ecógrafos, operamos con robótica y hasta podemos ver cómo se mueve una molécula. Lo que les viene a los jóvenes es alucinante. A veces, me gustaría empezar a estudiar ahora. Pero como soy fanática del pueblo aimara, siempre recuerdo de que cuando saludan al futuro miran hacia atrás porque el futuro es lo que todavía no se ve, y pienso que se puede ayudar a poner algo de todo eso delante de sus ojos”.

–¿Cuándo y por qué las mascotas empiezan a ganar un espacio más importante?

–En los 70, por varias razones, entre ellas, la demanda de la gente y el avance de estudios, primero en Europa y Estados Unidos. Pero acá pasó algo más: una sopapa de una bomba llegó a valer lo mismo que una vaca. Entonces, los veterinarios que se habían ido al campo, volvían. Y, al fin de cuentas, todos hacíamos policlínica. Porque en las zonas rurales también se atendían animales pequeños. Venía la gente: uy, doctora, mire a mi perro le pasa tal cosa …

–¿Qué ayudó a valorar a las mascotas?

–En buena parte, el cambio habitacional: de la casa grande al departamento cada vez más chico. El perro dejó de ser el del fondo y el gato, el que venía a comer y se iba: ahora comparten nuestra vida.

–¿Buenos Aires es una ciudad amigable para ellas?

–No todavía. La gente sabe que hay que vacunarlas, desparasitarlas, castrarlas. Se hacen campañas. Hay restaurantes y hoteles donde se las puede llevar. Pero son muchos los que no juntan la caca en la calle. Faltan tenedores que sean, como dice la ley, responsables. Falta educación, consideración por los otros.

También por los animales.

–¡Venden ropa para casarlos! Es monstruoso. ¿Por qué humanizarlos si, como son, nos dan tanto? Tenemos que respetarnos.

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Fuente: Clarín

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