Buenos Aires, 17/11/2017, edición Nº 1829

Luca, el pelado de un Abasto melancólico

  Escribe Alan Ojeda (CABA) Un pelado sale de la puerta de su departamento en Gallo 492, esquina Humahuaca, en Abasto. Cuando llegó aun no hablaba muy bien. A veces, cuando cantaba, parecía elegir las palabras por su sonoridad: perra, jopo, agosto, cucurucho. Le gusta Buenos Aires, pero no cualquier Buenos Aires, no le interesan Belgrano, Recoleta o Palermo, prefiere caminar unas cuadras, entrar a un bodegón del barrio y...

 

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Escribe Alan Ojeda

(CABA) Un pelado sale de la puerta de su departamento en Gallo 492, esquina Humahuaca, en Abasto. Cuando llegó aun no hablaba muy bien. A veces, cuando cantaba, parecía elegir las palabras por su sonoridad: perra, jopo, agosto, cucurucho. Le gusta Buenos Aires, pero no cualquier Buenos Aires, no le interesan Belgrano, Recoleta o Palermo, prefiere caminar unas cuadras, entrar a un bodegón del barrio y pedir una ginebra. Desaliñado, con lentes de sol, ropa vieja y gastada, parece ocultar su identidad, sus orígenes, para mimetizarse con el entorno, con la gente que trabaja y va al bar a matar penas o aprovechar un momento de descanso, para poder seguir.

La mañana esta linda, la calle Corrientes está iluminada. La Ciudad disimula su lado gris con la luz del sol que la imprime de un color cálido. En la monotonía del barrio, se levanta la figura imponente del viejo Mercado del Abasto, ahora cerrado. Parece un esqueleto vació repleto de los ecos de la gente que solía trabajar ahí. Hasta el 84, el lugar era un tránsito de trabajadores que proveían de frutas y verduras a toda la ciudad. Ahora ya no. El pelado se pregunta qué hará ahora la gente del barrio que trabajaba ahí. Empieza a canturrear una canción: “Mañana de sol, bajo por el ascensor, calle con árboles, chica pasa con temor…“. El barrio está un poco más triste que antes desde que cerró el mercado. El pelado sigue, anónimo, murmurando con su tono particular: “Hombre sentado ahí, con su botella de Resero, los bares tristes y vacíos ya, por la clausura del Abasto.” Sigue caminando por Corrientes hasta la calle Jean Jaures y sube para el lado de Lavalle. Le gusta pasar en frente del viejo Mercado. Ya estaba ahí cuando él llegó, sin embargo no pudo verlo mucho tiempo en funcionamiento. Como muchas cosas, de un momento a otro estaba cerrado y el barrio más triste y los bares más vacíos.

Antes de entrar al bar que está sobre Jean Jaures, a metros de Lavalle, alguien le grita “¡Eh! ¡Luca!” desde la vereda de enfrente y lo saca del trance. El gira la cabeza, se levanta un segundo los lentes de sol y como si fuera todo una sola sílaba responde también con un grito: “Que hacé bolú“.

Luca entra al bar y pide una ginebra. Ve las mesas vacías y sonríe. Una frase que leyó o escuchó en algún lado se cruza en su cabeza: “La melancolía es la dicha de estar triste“. Eso lo tranquiliza un poco. Con el vaso de ginebra levantado, mira al mozo y le dice: “¡Por la gente despierta!“. Se toma todo casi de un trago.

Texto: Alan Ojeda (ParaBuenosaires)

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