Buenos Aires, 22/07/2017

Los tangueros de la Pensión La Alegría, en Congreso, que hicieron historia

Alquilaban piezas en Salta al 300, donde componían y ensayan en los ‘30 y los ‘40. Hicieron melodías y letras inolvidables.

(CABA) La Pensión La Alegría funcionó en la década de los años ’30 y del ’40 en la calle Salta al 300, a unas cuadras de Avenida de Mayo. Alojó a un grupo de jóvenes músicos que después marcaron la historia del tango y que, con su vida bohemia, le pusieron pimienta a este género popular. 

Algunos la ubican en el número 321 de la calle Salta. Otros mencionan el 319. Lo concreto es que esa pensión, por una simple cuestión de azar, se convirtió en un centro de permanente estudio y creación. Por supuesto que para que eso se desarrollara mucho tuvo que ver el criterio que aplicaba Humberto Cerino, el dueño de la pensión, y su esposa, doña Nieves. Mientras el hombre fomentaba el trabajo de los músicos y no aceptaba quejas de pensionistas que estaban fuera del rubro (prefería que se fueran antes que coartar a los creadores), la mujer solía cocinar para todo el grupo en donde el dinero no sobraba. Dicen que era famoso su guiso de lentejas.

Así, la Pensión La Alegría le hacía honor a su nombre porque sus habitaciones estaban llenas de música. Y cuentan que en el lugar supo haber hasta tres pianos, además de bandoneones y violines que, día y noche y en los ensayos, funcionaban con todo para después llegar a la gente de la Ciudad que respiraba tango. De todas maneras, hay una curiosidad que no deja de sorprender: de los nueve músicos más famosos que se alojaron en el lugar y que después se lucieron en el rubro, ninguno había nacido en Buenos Aires.

Repasemos un poco esa lista. Enrique Mario Francini (violinista, director y compositor) nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires pero de muy chico se radicó en Campana; Héctor “Chupita” Stamponi (pianista, director compositor) era de Campana; Antonio Ríos (gran bandoneonista, director y arreglador) era de Rosario, Santa Fe; Cristóbal Herreros (bandoneonista, director y compositor) había nacido en Barcelona, España; Alberto Suárez Villanueva (pianista, director y compositor) era de Rosario; Argentino Galván (violinista, gran arreglador, director y compositor) era de Chivilcoy; Ernesto “Tití” Rossi (bandoneonista, compositor y director) había llegado desde Guaminí; Juan Carlos Howard (reconocido pianista, director y compositor) era de San Isidro, y Julio Ahumada (bandoneonista, compositor y director) era de Rosario.

La lista sigue. Inclusive alguien que frecuentaba el lugar y compuso muchas obras memorables con varios de estos músicos, era Homero Expósito, el “rey de la metáfora”, como le decían en el ambiente. Expósito había nacido en la casa de su abuela en Campana, pero siempre vivió en Zárate y se consideraba un zarateño cien por cien. Los músicos mencionados compusieron tangos tan populares que alcanza con mencionar sólo algunos títulos: Pedacito de cielo; Tema otoñal; Bajo un cielo de estrellas; El último café; Qué me van a hablar de amor; Quedémonos aquí; La luz de un fósforo; Tu melodía; Me están sobrando las penas; Azúcar, pimienta y sal; Melodía oriental; Y te parece todavía o Hasta el último tren, aquel tema que, en 1969 y en un festival, le ganó la final en el Luna Park a Balada para un loco.

Antonio Ríos
Antonio Ríos

Es evidente que, como años más tarde La Cueva de la avenida Pueyrredón 1723 sería centro de creación para el rock nacional, aquella pensión de la calle Salta resultó una fuente de inspiración en la que, aprovechando la buena disposición de Humberto Cerino, abrevaron buenos músicos.

En la Ciudad también hay otras pensiones que forjaron la personalidad de muchos jóvenes, aunque en otras actividades. Una de ellas fue la que estaba en la calle Heredia y La Pampa. En los años ‘60 allí se alojaban muchos de los jugadores que entonces estaban haciendo su carrera en la primera división del fútbol argentino. El club era Atlanta. Y al conjunto se lo conocía como “el equipo de los claveles rojos”, porque cuando entraban a la cancha, los muchachos se acercaban a la tribuna y arrojaban claveles a las damas. Pero esa es otra historia.

FUENTE: CLARÍN

S.C.

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