Buenos Aires, 25/09/2017, edición Nº 1776

Los pros y contras de salir con un vecino o un compañero de trabajo

Los distintos escenarios que se pueden presentar cuando decidís salir con alguien que ves en tu vida cotidiana -y que probablemente sigas viendo-.

(PBA) Da lo mismo si llegó un vecinito nuevo a tu edificio, si empezaste a mirar con cariño a alguien en el laburo o si estás a punto de sucumbir ante ese compañerito de la facu. El único tema es: ¿y después? Cuando decidimos liberar nuestra parte más alocada con alguien que vemos en nuestra vida cotidiana -y que probablemente sigamos viendo-, hay algunas etapas por las que todas solemos pasar. ¿Por qué nos tienta tanto? ¿Cuándo es un grave error? ¿Qué riesgos hay que calcular?

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La fantasía: “¿A qué piso vas?”, “¡Al tuyo!”. Dicen que el mejor sexo no se pauta por WhatsApp, no se adelanta por Facebook, ¡no se ve venir! En épocas del “like o no like” y otras especulaciones virtuales, el revolcón no pensado, ese que se impone instintivamente, subió su cotización a valores inesperados. Ahí está el anzuelo en las historias con personas de nuestro alrededor. Cuando alguien cercano te gusta, cualquier diálogo banal de ascensor o cualquier intercambio de apuntes titila como la promesa de una experiencia inolvidable.

Especialmente cuando en los ojos de los dos algo brilla demasiado y empieza a quedar claro que no, que no están hablando de eso de lo que están hablando. ¿A quién le importa lo caras que están las expensas o si al hall le hace falta más iluminación? La fantasía es la culpable de que vos estés convencida de que sacar la basura en el momento justo puede adentrarte en un nuevo mundo erótico.

La histeria: vas con rouge hasta al chino. En esta etapa, lo que hay que identificar es si realmente te interesa el otro o si estás buscando algún tipo de aprobación con alguien que te queda a mano. La seducción es mucho más que hacerse la linda con otro: es buscar un espejo que nos muestre el poder que nuestros encantos pueden tener sobre otra persona. Muchas amamos estar on fire, sentir la mirada del deseo en un contexto habitual. Lo amamos tanto que a veces nos tentamos y entramos en el jueguito histérico que queda servido ahí en la mesa de trabajo, en la reunión de consorcio o en plena clase. En la era del narcisismo, no son pocas (¡ni pocos!) las que están más dispuestas a buscar ese sentimiento que el romance en sí. ¡Ojo!, porque el flirt de ascensor u oficina puede bien ser eso, un hermoso anzuelo que no desea ser mordido. Un juego de egos que no pasa de ahí y que hay que moderar. La histeria desconcentra y puede virar a dinámicas extrañas. La pregunta, entonces, es: ¿vale más un ego regocijado que la tranquilidad habitual?

El fantasma: “Pero mirá si…”. Cuando el metejón es real, y las posibilidades también, arrancan las dudas. “¿Y si es malísimo en la cama y después me lo tengo que cruzar todos los días?”, “¿Y si es buenísimo en la cama y después tengo que verlo con otra?”. Y una infaltable en las más optimistas: “¿Y si me enamoro?”. No es tu culpa: la especulación afectiva se volvió tan cotidiana como calcular el precio del dólar antes de hacer una inversión a largo plazo. Y no está tan mal: pensar en las repercusiones de lo que hacemos es la definición de madurez. Así que si la puerta del derpa de tu vecinito parece giratoria por la cantidad de mujeres que entran y salen o si tu compañerito de laburo que te come con la mirada en realidad tiene una mujer, tres hijos y una hipoteca, no está de más recalcular o entender, al menos, en dónde te estás metiendo. La intuición y el sentido común son tus aliados a la hora de embarcarte en una historia así.

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El post

La caída de ficha: Listo. Pasó. Se dio. Chin chin. Si tu poder de especulación prerrevolcón se vio cegado por el deseo, en esta fase vas a recalcular. Tal vez descubras que no puede ser mejor y te alegres haciendo las cuentas de los viáticos que te vas a ahorrar ahora que el mejor amante de tu vida vive a tres puertas de tu depto. O quizá te pegue mal saber que se acabaron los días de joggineta y remerón para bajar a buscar el delivery. Encontrarles un lugar en la dinámica de tu vida diaria es lo desafiante de involucrarte con hombres de tu círculo en una era en la que, mano en el corazón, a muchas de nosotras nos tranquiliza más el “si te he visto no me acuerdo” que la posibilidad de la entrada real de un nuevo amor en nuestras vidas.

La readaptación: “Y entonces…, ¿cómo lo saludo?”. Y acá aparecen las decenas de anécdotas “WTF” reales del día después. Está ese que al otro día te besa en la boca en pleno ascensor como si nada o, peor aún…, ¡el que ni siquiera te saluda! Hay casos de gente que no se volvió a ver ni en las reuniones de consorcio y otros que nunca más se fueron “del depto de al lado”. Nunca se sabe para dónde disparan estas historias. Lo que sí se sabe es que la fase de readaptación es más torpe que las comunes: es difícil mantener nuestra faceta conquistadora cuando la cotidianidad es tan cercana. En todo caso, la proximidad acelera intimidades y desarrolla los potenciales de una relación a velocidad de la luz. Para bien y para mal.

El proyecto:¿Y ahora?”. Crecimos escuchando a nuestras abuelas decir que “una nunca sabe” y plagadas de historias de amores inesperados. Es cierto, algunas historias persisten, crecen, se hacen enormes, pero no todas, no siempre y, muchas veces, gracias al cielo. Generalmente, en los vínculos copados, sean pasajeros o estables, no hay mucho por proyectar, por pensar, por enroscar: se van dando. Si no hay grandes obstáculos, como relaciones previas no terminadas o cosas que no te cierran de sus hábitos o valores, lo mejor es simplemente permitirse ir con la corriente. No empujar ni trabar y, sobre todo, no flashear el síndrome “acorralada sin salida”. Tampoco da cambiar tus horarios para evitar al vecinito en cuestión ni pedir un traspaso de área en la ofi para no verlo. Madurez, ante todo.

vecinos salir

Expertas consultadas: Lucila Goldin, psicóloga, y Marta Rajtman, sexóloga. Revista Ohlala!

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