Buenos Aires, 23/09/2017, edición Nº 1774

Los porteños viven cada vez más apretados

Según cifras oficiales, 300.000 ciudadanos habitan en monoambientes.

(CABA) Imagine una cama, un baño y una cocina en un lugar más reducido que el área chica de una cancha de once. Piense qué objetos priorizaría si tiene que darle forma de hogar a un espacio que mide menos que un contenedor. No es una fantasía lejana. Las estadísticas dicen que en el último año casi el 80% de los permisos de construcción son para edificios con departamentos de uno y dos ambientes. Atrás quedó la época en la que se vivía con amplitud y se construía a lo grande. Hoy, los muebles y recuerdos se calzan a presión en dimensiones que muchas veces ni llegan a los 30 metros cuadrados.

Desde hace seis años, Victoria Fages duerme en una cama de una plaza que durante el día funciona como sillón. Le gustaría tener un cuarto que sea sólo para descansar, pero los 28 metros cuadrados que habita en un edificio en Villa Crespo son dormitorio, comedor, escritorio, cocina y baño. Su departamento no fue diseñado para tener lavarropas, desplegar un tender o siquiera para acumular más de tres electrodomésticos en un mismo lugar. “No puedo abrir el horno porque la puerta choca con la heladera. Tuve que comprar un hornito eléctrico para hacer la comida”, dice sentada a una mesa -plegable, por supuesto- ubicada en el living/habitación. La luz del mediodía, que entra por un ventanal de una hoja, la alumbra. Una ventana en la cocina completa la ventilación y la iluminación del espacio.

Los metros son pocos pero ella los exprime. En especial, cuando invita a sus doce amigas a comer o cuando la visitan su padres por el fin de semana. Viven en Chacabuco, a 200 kilómetros de Capital Federal. “Tengo una cama de más porque hasta hace unos años compartía el departamento con una amiga. Ahora una la usa mi mamá y otra mi papá. Tiramos un colchón inflable en el piso y nos arreglamos. Aunque mi papá la pasa mal. No lo dice pero siempre intenta escapar a la calle”. Fages es estudiante de Arquitectura y experimenta un sentimiento similar al de su padre cuando tiene entregas en la facultad. “Las medidas del monoambiente no me alcanzan. Me pongo loca y grito al aire. Una solución momentánea que implementé es empapelar las paredes con los planos y dibujar ahí o en el piso”, dice y muestra las marcas del cutter en el parquet y los pedazos de cinta scotch pegados en las paredes. “Las maquetas no están acá”, agrega. “Las guardo en la baulera de una amiga”.

En la Ciudad, según datos de 2014 de la Dirección General de Estadística y Censos, 295 mil personas residen en monoambientes. El 60% de ellas tiene entre 20 y 59 años.María Cueto forma parte de ese porcentaje. Desde 2012, alquila un departamento de 29 metros cuadrados en San Cristóbal. Ahí, vive y trabaja. De lunes a jueves, enseña canto, teoría musical y fonética inglesa para cantantes. Los viernes y sábados ensaya y hace presentaciones con su banda de jazz. Los domingos limpia la casa. “Durante tres años alquilé un departamento de tres por tres. Era mínimo, no sé cómo estaba habilitado. Mudarme a acá fue agrandarme. Pude empezar a dar las clases”. A sus espaldas, un biombo de madera divide el sector privado -un sommier de dos plazas, fotos con su novio, una cajonera blanca, un lcd de 24 pulgadas y cuatro cajas de zapatos- del laboral -dos mesas, una computadora de escritorio, un piano eléctrico, una Gibson Les Paul, un tambor de metal, dos sillas blancas, una pared con diplomas académicos y un poster de Louis Armstrong. La cocina está integrada. Al pie de la heladera, Pan, una cachorra de pelaje color miel, salta. No es la única mascota. Chimi, el gato, mira por una ventana que da un balcón. Ahí, entre un ficus, un cactus y malvones, cuelgan de una red de protección seis perchas. María las usa para poner a secar la ropa que lava en la bañera. No hay lavarropas. “Tengo 30 años y estoy pensando en tener hijos con mi novio”, dice. “Pero por falta de plata no podemos aspirar a alquilar algo más grande que dos ambientes, mucho menos comprar. Veo todo muy difícil”.

Los metros se achican mientras los ingresos de la clase media se alejan del acceso a los préstamos hipotecarios. En 2014, presentados como una opción económica, aparecieron en el mercado inmobiliario argentino losmicrodepartamentos: edificios con unidades de entre 18 y 30 metros cuadrados, inspiradas en los hogares mínimos que se construyen en EE.UU, Canadá y China. Los precios de estos espacios arrancan desde los 506.000 pesos de contado o pueden pagarse en 120 cuotas desde 5400 pesos mensuales. “Los perfiles de los compradores están entre aquellos que no pueden acceder a su primera vivienda y ven en los microdepartamentos la única posibilidad para convertirse en dueños, padres de jóvenes del interior que vienen a la Ciudad a estudiar y profesionales que residen fuera de Buenos Aires y por cuestiones laborales necesitan un lugar en Capital donde permanecer durante periodos cortos”, explica Pablo Brodsky, Director Comercial de Predial.

Los microdepartamentos están equipados con camas y muebles empotrados o rebatibles. Para evitar sentir que se vive en una baldosa, se le suman espacios de uso común como terrazas, solariums, micro cines, jacuzzis exteriores, parrillas, salones de trabajo con escritorios, bauleras y estacionamientos para bicicletas, entre otros. En este momento, se están construyendo nueve edificios con este tipo de ambientes. Todos están próximos a avenidas y a estaciones de subte.

“No creo que exista alguien que diseñe un monoambiente de menos de 30 metros cuadrados y esté convencido de que es una buena opción para vivir”, dice Ignacio Abarca, un abogado de 33 años. Tiene puesta una camisa blanca, corbata roja, zapatos y pantalón de vestir. Acaba de terminar su día de trabajo y está sentado a la mesa de su casa, un departamento de 28 metros cuadrados, en Palermo. Siete años atrás, el lugar había sido comprado por su madre como una inversión. Ahora, él, que está ahorrando para acceder a su propio techo, lo ocupa. Hace dos años vive ahí, pero parece que recién hubiese llegado. Las paredes están desnudas y en el techo sólo cuelga una araña. Abajo hay una cama de dos plazas, una tele de tubo, una mesa, cuatro sillas y un modular completan la escenografía. “No estoy mucho tiempo en el departamento. En general, llego a la noche, cocino y duermo. No hay demasiado para hacer acá. No te podés ni mover”, dice. Acostumbrado a habitar espacios de mayor dimensión, como la casa de sus padres con jardín, todavía intenta acostumbrarse a su realidad nueva y entallada. “Nadie elije vivir en un espacio chico por comodidad. Es un estilo de vida medio obligado”. DD

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