Buenos Aires, 24/11/2017, edición Nº 1836

“Los laureles” el bar del barrio de Barracas que cumplió 120 años

Uno de los bares más antiguos de la Ciudad de Buenos Aires acaba de cumplir 120 años. ¿Su secreto? Seguir fiel a la tradición,comida de bodegón y 2×4. (CABA) Acaba de cumplir 120 y muchos datos de su realidad así lo delatan. La edad se nota en sus techos altos, en su puerta y sus ventanales de madera, en sus auténticas baldosas calcáreas, esas que reemplazaron a los pisos de...

Uno de los bares más antiguos de la Ciudad de Buenos Aires acaba de cumplir 120 años. ¿Su secreto? Seguir fiel a la tradición,comida de bodegón y 2×4.

2011-03-26, Varias 165

(CABA) Acaba de cumplir 120 y muchos datos de su realidad así lo delatan. La edad se nota en sus techos altos, en su puerta y sus ventanales de madera, en sus auténticas baldosas calcáreas, esas que reemplazaron a los pisos de madera después que los arruinó una crecida del vecino Riachuelo. Aquello fue dos años después de la inauguración, cuando la pulpería se convirtió en almacén de ramos generales y despacho de bebidas. Al local todavía lo conocían como “Almacén Valdéz”. Pero ese nombre duró poco. En un barrio con muchos boxeadores (los hermanos Cañete, Tito Sáenz, por nombrar algunos) se convirtió, y para siempre, en el “Bar Los Laureles”, como las coronas imaginarias que debían haber premiado a esos gladiadores del siglo XX.

La historia dice que lo inauguraron el 11 de octubre de 1893, en la esquina de la avenida Iriarte y Goncalves Díaz, aunque en los viejos catastros esas calles figuren como avenida Presidente y Santa Adelaida. Por entonces Barracas era territorio de carreros, cuarteadores y troperos que competían con los lecheros ambulantes y hasta algún “tano” artesano que ofrecía unos grandes zapatones de madera, especiales para caminar en el barro. En medio de ese mundo de esforzados trabajadores también se veía a los compadritos, payadores, músicos y organilleros que estaban “amasando” otro barro: el del tango. Entre ellos estaba Angel Villoldo. Unos años después, llegarían otros a seguirlos y sus nombres serían famosos: Eduardo Arolas, Anselmo Aieta, Juan Carlos Cobián, Enrique Cadícamo o Angel Vargas, que vivía ahí a la vuelta.

Por eso no es extraño que hoy el bar “Los Laureles” esté lleno del latido de esa música popular y universal, presente en el ADN argentino, aunque algunos todavía no se dieron cuenta. Se descubre cada viernes en la Peña de Cantores, donde uno va, se anota y canta dos temas acompañado por buenos “escoberos”, como llamaba Gardel a los guitarristas. O en las “milongas empastadas” que, usando los diez mil títulos en discos de pasta heredados de los Hernández (viejos operadores y musicalizadores de Radio Nacional), organiza Soledad Nanni, también profesora de bailarines.

Es que esa es otra de las facetas del bar. No sólo se escucha a buenos cantantes en vivo, como cada sábado; también se va a milonguear y sin ningún impedimento para que, inclusive, se formen parejas con absoluta diversidad, algo habitual en los orígenes del tango. Ahora, la mezcla cruza a jóvenes de coloridos chupines y zapatillas, con gente mayor de riguroso pantalón con raya bien marcada. Y todos conviven sin ningún problema.

Hubo un tiempo en que el local no estaba habilitado para tener cantores en vivo. Entonces Doris Bennan (alma mater del boliche) inventó la “milonga virtual”: el cantor y los guitarristas se instalaban en el patio que está detrás del local, una pequeña camarita tomaba sus imágenes y sus voces, y la gente los veía en una pantalla que todavía está adentro, colgada en la estantería, detrás de la barra. Dicen que era muy gracioso porque muchas veces al público le llegaba el detrás de la escena de los artistas. Pero eso se festejaba por su espontaneidad. Aquello es pasado, pero fue un éxito y cuentan que aún llega gente preguntando por el boliche de la milonga virtual.

“Los Laureles” es tango y es comida de bodegón, esa fusión de la cultura ítalo-hispánica que los especialistas llaman cocina porteña. Y también es recordar. Es decir: pasar dos veces por el corazón. Como aquellos recuerdos que también están volviendo en el Sportivo Pereyra, uno de los clubes históricos de Barracas, que está en Alvarado 2785. O en el Sportivo Barracas, en avenida Iriarte y Vieytes. En los libros figura que donde está este club vivía el coronel Antero Carrasco, jefe del famoso 7° de Infantería de la Guardia Nacional, aquel regimiento que tenía a los “campos de Pereyra” para sus prácticas de tiro. Pero esa es otra historia.

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