Los fascinantes rincones del ex Palacio Errázuriz

Los fascinantes rincones del ex Palacio Errázuriz

(CABA) Saqué pecho. No era para menos. La cita era en los increíbles salones del Museo de Arte Decorativo en Av. Del Libertador y Pereyra Lucena con lo más granado del mundillo arquitectónico internacional. Fue en 1996, cuando Buenos Aires fue sede de uno de los encuentros Any que convocaban a los más prestigiosos y sesudos arquitectos mundiales del momento. Para recibir a la comitiva extranjera se eligió el museo, ex residencia de la familia Errázuriz Alvear, uno de tres palacios (el Sans Souci y el Bosch son los otros) que la familia Alvear detentaba en la avenida homónina, tal como se la denominaba a principios del siglo pasado a la actual Av. Del Libertador.

El Gran Hall de la casa museo donde se sirvió la cena lucía espléndido. Al lado mío una famosa crítica colombiana me bajó de un plumazo: “Qué raro estos argentinos… siempre tan pretenciosos, mezclando y copiando todo”, disparó. La realidad es que Matías Errázuriz no era argentino, sino el embajador de Chile en la Argentina; casado, eso sí, con la argentina Josefina de Alvear, prima hermana del Presidente Marcelo T de Alvear. En 1910 le encargaron a un prestigioso arquitecto francés, René Sergent, una casa de 4300 m2 para lo que diríamos una familia tipo, el matrimonio con dos hijos, pero con habitaciones de servicio para 30 personas. Así era una parte de la Argentina de principios del siglo pasado, la que dio lugar a estas mansiones palaciegas. Los Errázuriz Alvear vivieron en esta residencia entre 1918 y 1936, hasta que en 1937 la vendieron con sus colecciones al Estado Nacional.

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El primer desafío de Sergent fue respetar la premisa de que en la casa se luzca la colección de tapices flamencos del siglo XVI que tenían. “Hay uno que tiene hasta 4 por 8 metros, lo que condicionó que el Gran Hall tuviera unos exagerados 11 metros de altura y que el vestíbulo de acceso no pudiera tener una escalera de dos ramas como tiene el Palacio Bosch, hoy embajada de los EE.UU., también proyectada por Sergent”, cuenta Alberto Bellucci, director desde hace unos 26 años del museo. El cielo raso del Gran Hall luce un notable y trabajado artesonado de madera… Pero no es de madera, sino de hierro, revestido en una pintura que simula la madera, revela Hugo Pontoriero, curador del museo y autor de la investigación y los textos del libro Palacio Errázuriz Alvear, memorias de un proyecto, de reciente publicación. Es este uno de los tantos trucos decorativos que encierra el palacio.

Como era costumbre en las mansiones de principios del siglo pasado, la deco de los distintos ambientes fue encargada a distintas casas de decoración y profesionales de moda, como Carlhian, Hoenstchel, Nelson o Sert. Claro, cada uno hacía su proyecto y parecería que no era prioridad compatibilizarlos. Veamos algunos ejemplos. El Gran Hall fue diseñado por George Nelson combinando elementos del Renacimiento francés con otros estilos. Hacia el lado del Gran Salón Comedor diseñado en estilo barroco tiene dos grandes puertas. Una es real y la otra, falsa, no se abre. Además está desfasada de la arcada que está en el ambiente contiguo. ¿Por qué? Porque cada puerta y arcada tenía que responder sobre todo a las leyes de simetría, a igual distancia a un lado y al otro del eje compositivo principal del ambiente. Es decir, debía verse bien aún a costa de la veracidad de ser lo que es y de renunciar a su funcionamiento.

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Otra abertura del Gran Hall tiene una puerta de rejas de madera que deja ver, del otro lado del grueso muro, una puerta del estilo bien distinto, el Regencia del ambiente vecino conocido como Salón de Baile.

El escritorio de Matías Errázuriz está revestido por una importante boiserie de roble en estilo Luis XVI. La doble puerta de entrada tiene anaqueles con libros simulados que hace pandan con otra que protege una biblioteca intentando así reestablecer, aunque sea ficticiamente, un equilibrio simétrico en la habitación.
El Salón de Familia, en el piso superior, contiene otra de las curiosidades y sorpresas de esta mansión. Sobre el hogar se encuentra un reloj que acaban de certificar que perteneció a Luis XVI y María Antonieta. El reloj de bronce cincelado, patinado, dorado y negro tiene dos coronas talladas que simbolizan “La Alianza entre Francia y Austria”. Estuvo en el Palacio de Versalles hasta la Revolución Francesa cuando se mudó a la Casa Rothschild, de Londres y luego lo compró Corina Kavanagh, la propietaria del mismísimo Kavanagh, quien en 1949 lo donó al museo.

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No todo era ropaje escenográfico en la mansión, también los Errázuriz Alvear estaban atentos a los adelantos en confort que traía la modernidad en el nuevo siglo. Pontoriero apunta mostrando unas rejas en el piso del nivel superior que las habitaciones tenían un sistema de calefacción por conductos y una aspiradora central que simplificaba la limpieza. Y Bellucci cuenta que las cocinas estaban en la última planta, para que fuera más fácil mitigar humos y olores. “Lástima que las demolieron y ya no se puedan recuperar”, agrega.

Hay otros hechos que como señala Bellucci muestran la mirada inclusiva que tenía esta singular familia. Errázuriz mandó a proyectar en 1916 el casco de la Estancia Ancalú en la localidad de Diego Alvarez, en la Provincia de Santa Fe. René Sergent encargado del anteproyecto que finalmente no se realizó lo imaginó cual chateau de perímetro libre, altos techos de mansarda, bordeado de un foso y gran laguna, retomando líneas del Clasicismo francés del siglo XVII. Pero años más tarde, en 1929, el mismo Errázuriz contrató a Le Corbusier, “padre de la arquitectura moderna” para que le proyecte una casa de veraneo en el balneario Zapallar en Chile. El proyecto que tampoco se construyó es el único que hizo el maestro suizo francés en Chile. Está en el extremo opuesto de las otras dos residencias: tiene un planteo sencillo, sensible hacia el paisaje, respondiendo a las necesidades y, vaya sorpresa, pensados con economía de recursos. NR

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Fuente: Clarín