Buenos Aires, 13/12/2017, edición Nº 1855

Los empresarios y el populismo

Escribe Federico Sturzenegger (CABA) Mucho se habla en la Argentina del populismo de los políticos. Populismo, es, en esencia, la priorización del corto plazo, aun cuando los costos en el largo plazo sean importantes. Un ejemplo de manual de populismo es lo que el Gobierno ha hecho con el mercado de las carnes y el trigo. La política arranca con la prohibición de exportación. Al quedar el producto “atrapado” en...

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Escribe Federico Sturzenegger

(CABA) Mucho se habla en la Argentina del populismo de los políticos. Populismo, es, en esencia, la priorización del corto plazo, aun cuando los costos en el largo plazo sean importantes. Un ejemplo de manual de populismo es lo que el Gobierno ha hecho con el mercado de las carnes y el trigo. La política arranca con la prohibición de exportación. Al quedar el producto “atrapado” en el país, la sobreoferta produce una baja en su precio. En el corto plazo parece que la política funciona, pero a poco de andar se ven la consecuencias. En el caso de la carne, la caída en el stock ganadero; en el caso del trigo, la merma en la producción. Poco años después, la carne está más cara que en los Estados Unidos y el trigo lo importamos de Uruguay.

Pero, como en toda comunidad, los políticos son un reflejo de la sociedad misma. Y así como aquí existe el populismo de los políticos, también existe un populismo de los empresarios, entendido, también, como la priorización del corto plazo aun cuando los costos de largo plazo sean importantes. Es que el negocio que requiere cooperar o participar de las distintas formas de la corrupción estatal, o el negocio que se basa en lograr estructuras de mercado donde se reparten rentas y donde la competencia es artificialmente asfixiada, también conlleva el mismo dilema del populismo tradicional de los políticos. La ganancia es rápida, pero en el largo plazo las empresas argentinas terminarán valiendo mucho menos que lo que valdrían en un país con transparencia, donde el crecimiento esté determinado por la capacidad empresarial y no por la capacidad de obtener privilegios estatales. Si en el populismo tradicional el político engaña al ciudadano, en su cortoplacismo los empresarios se engañan a sí mismos.

En su libro Por qué fracasan las naciones, Daron Acemoglu y Jim Robinson argumentan que esa situación de uso del poder por parte de las elites para apropiar rentas del conjunto de la población lamentablemente es la regla en el mundo, y no la excepción. ¿Cómo nacen estas situaciones de reparto de rentas? ¿Y cómo se sostiene, luego, esta situación de corrupción latente?

Una clave puede obtenerse del trabajo de Hannah Arendt, la famosa socióloga judía de la segunda mitad del siglo XX. En 1962, Arendt fue enviada por la revista The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmann, el ex funcionario del régimen nazi encargado de la llegada de los trenes al campo de concentración de Auschwitz. En ese juicio, Hannah Arendt se sorprendió por la mediocridad del personaje, sorpresa que la llevó a desarrollar la idea de “la banalidad del mal”, su visión sobre cómo cuando los individuos banalizan o les restan importancia a las implicancias éticas de lo que hacen, y derivan la culpabilidad por sus actos a una entelequia superior, terminan ayudando a crear verdaderos monstruos sociales. Salvando las distancias, es claro que el empresariado argentino (y nuestra sociedad toda) sufre una patológica banalidad de la corrupción. Quizás sólo un puñado de empresarios y funcionarios sean corruptos, pero el resto los deja hacer. Este resto mira hacia el costado. “El sistema acá es así“, dicen todos.

Se permite de esta forma un entramado de negocios oscuros donde se reparten rentas y que genera una asociación político-empresaria cuya consecuencia es una sociedad con valores disminuidos y con menor riqueza.

Ciccone existe, pero no sólo porque existe Boudou, sino también porque existe Ciccone. Y Boudou y Ciccone existen porque muchos miran para otro lado, pensando que eso es parte del sistema.

Así, el empresariado es objeto de una condena social permanente que lo deja presa de las vicisitudes de la política, ya que no encuentra en la sociedad un aliado que lo defienda. Indefensos ante el avance de la política, los empresarios empiezan a sufrir tantas intervenciones y tanta carga tributaria que la economía se vuelve poco dinámica, el riesgo institucional se potencia y las empresas terminan valiendo mucho menos de lo que valdrían en un sistema más abierto y transparente.

A los dos días de asumir como presidente del Banco Ciudad recibí una llamada de una empresa que trabajaba con el banco hacía 15 años. El intermediario ofrecía una “contribución” mensual para seguir operando con la institución sin tener que someterse a la presión de pasar por un proceso licitatorio. Antes de cortarle, le dije que no dormiría hasta asegurarme de que su empresa no trabajara más con el banco. Pero lograr eso me costó más de un año. En el ínterin hicimos una licitación donde se presentó sólo ese oferente. Una vez que logramos quebrar el armado, algunos conocidos de la industria me felicitaron por haber roto la madeja. Pero esa felicitación suponía el reconocimiento de que conocían la situación. A pesar de eso, durante el tortuoso camino para corregir el problema no se habían hecho presentes.

Hasta que el empresariado no deje de banalizar la corrupción, no sólo no ayudará a aquellos funcionarios que quieren hacer una diferencia, sino que se condenará a sí mismo a un entorno donde dependerá del beneplácito del poderoso de turno. En los esquemas de connivencia con el poder la ganancia es de corto plazo y muy incierta. Las reglas de juego nunca son claras. Y el día que se cae en desgracia con las autoridades, todas las puertas se cierran. Ahí, empiezan los lamentos por no haber sabido defender un sistema basado en la capacidad. Entonces los empresarios finalmente entienden que hoy viven el largo plazo que ayer no ayudaron a construir.

Fuente: La Nación

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