Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

Los countries se reinventan de cara al verano

Playas artificiales y mini-Venecias son algunas de las propuestas.

(PBA) Lentes tornasolados, bigote don Ramón y la bandera uruguaya tatuada en el bíceps, Asbel Barrios señala la laguna turquesa de cinco hectáreas que se despliega frente a él y dice: “Es un Ecuador a 40 minutos del Obelisco”.

Barrios es guardavidas de esta micro costa artificial abierta en pleno conurbano sur, en el municipio de Canning, una de las zonas más pujantes en el negocio actual de los countries. A la sombra de un típico puesto caribeño de instrucción náutica, con troncos hundidos en la arena, el bañero contempla a la pareja que surca en kayak la pileta gigantesca y a una chica que toma su primera clase de windsurf.

Es sábado a la tarde y a un costado hay chicos que juegan un picadito con arcos marcados con ojotas. En la orilla opuesta, delante de un fondo rural inabarcable, un par de obreros echan paladas de arena sobre una franja de tierra removida. Están construyendo la segunda de las cuatro playas que tendrá este barrio de 270 hectáreas, con un balneario privado de estética tropical insertado en un paisaje de urbanidad en proceso.

“Todo lo que hacemos intenta que la gente realmente se crea que está en la playa”, dice Osvaldo Lovero, gerente de Castex a cargo de la comercialización de este emprendimiento llamado Terralagos. “Tenemos que armar ese cuento”, agrega.

En una nueva etapa de estos desarrollos inmobiliarios en el Gran Buenos Aires, el segmento de los barrios cerrados decidió potenciar su aspecto escenográfico. Montando decorados idílicos remiten a geografías remotas y anheladas por una clase media que empuja el crecimiento de la suburbanización privada. Según indica Jorge Juliá, presidente de la Federación Argentina de Clubes de Campo (FACC), el último censo registró 1400 predios en todo el país, en los que se edificaron más de 120.000 casas. Una población total que supera los 400.000 habitantes.

El fenómeno de los countries, surgido en los años 70 (aunque hubo dos casos pioneros: el Tortugas, de 1930, y Mapuche, fundado en 1963), empezó con el modelo de casa de fin de semana que dominó hasta los 90, y se convirtió en refugio de tormenta para los sectores medios que sobrevivieron a la crisis: en 2005 se contaban 125.000 habitantes en barrios cerrados, y ya el 63% lo usaba como vivienda permanente.

En los últimos diez años la tendencia se multiplicó y generó megaproyectos como Nordelta, microciudades que buscan generar su propia centralidad. Los suburbios premium comenzaron a incluir servicios internos de la vida urbana (oficinas, mercados, escuelas, consultorios médicos) y a ofertar una idea ampliada de seguridad, ya no sólo respecto del delito, sino también del entorno social y ambiental. Los countries ya no venden exclusivamente lotes, sino experiencias; más que como predios vigilados, se promueven como incubadoras de un estilo de vida. Esa sofisticación conceptual refleja el nivel de competencia del rubro, una suerte de partida de OpenCity en la que los jugadores del negocio recrean paisajes que apuntan al corazón de la clase media argentina.

Hay varios emprendimientos en esa línea, todos aún en etapa de desarrollo. En zona norte, el complejo Venice, armado sobre el terreno del antiguo astillero Astarsa, propone una “ciudad navegable” de 32 hectáreas, con 500 metros de costa sobre el río Luján. Un intento de evocar, en el Tigre, el ideal romántico de la ciudad de las góndolas. En Canning, el megaproyecto La Providencia, un club de campo de 700 hectáreas, contendrá en su núcleo un “pueblo mediterráneo” de 180 casas (se venden a un promedio de 3000 dólares el metro cuadrado) que imita la arquitectura clásica de la Costa del Sol española. Lagoon Pilar te vende “tu casa con vista al Caribe” en un complejo montado alrededor de una piscina de tres hectáreas. Al menos en losrenders del proyecto, las arenas se ven blancas como las de Cancún.

Los carteles publicitarios a los costados de la ruta 58, con gente joven y feliz adentrándose en aguas turquesas, generan un efecto entre magnético y desconcertante.

Terralagos, donde comienza esta crónica, dio el primer paso local en el subrubro playa artificial al adherirse a Crystal Lagoons, compañía del bioquímico chileno Fernando Fisch-mann dedicada a instalar piscinas colosales en todo el mundo. Parecen desarrollos con un impacto ambiental alto, en un contexto en que el auge de los countries, por el modo en que ocupan humedales, es observado como un factor que agravó las inundaciones (hace un par de años, un grupo de vecinos había pintado en un cartel rutero: “Terralagos nos inunda”). Los promotores de la franquicia, sin embargo, indican que la laguna funciona con un sistema de desinfección “por pulsos controlados” y que su mantenimiento demanda el 10% del agua que el que consume un campo de golf.

Luis González, de 53 años, gerente de operaciones de una constructora, vivía en Adrogué y se mudó a Terralagos en junio. Levantó una casa moderna de 340 metros en cuatro meses, y se convirtió así en el primer habitante de un barrio en el que por ahora viven sólo seis familias (aunque ya se vendieron 600 lotes y hay unas 50 casas en obra). Paga 4300 pesos de expensas y otros 1800 al jardinero/piletero, más servicios y empleada doméstica. Como trabaja en Monte Grande, el traslado le resulta bastante cómodo.

González dice que al principio se sentía raro viviendo solo en un barrio rural en construcción, con una playa artificial casi desierta y camiones con materiales que entraban y salían del predio. Ahora está “enloquecido”. Padre de una familia integrada con hijos adolescentes, siempre había querido comprarse una casa en la Costa Atlántica, pero creía que el viaje le impediría disfrutar de la playa con cierta frecuencia. “Esto es una solución bárbara”, dice González ahora. “Es como estar en el Caribe.”

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