Buenos Aires, 26/06/2017

Los caballos que ayudan a chicos discapacitados en el Hipódromo de Palermo

La escuela de Equinoterapia que funciona dentro del Hipódromo fue pionera en Argentina y está cerca de cumplir 40 años.

(CABA) En el Hipódromo de Palermo, la mayoría de los caballos dan sinsabores y alegrías a quienes se juegan unos boletos y gritan su suerte desde las tribunas, cuando faltan 200 metros para el disco. Pero hay otros animales, en cambio, por los que no se apuesta ni se sufre y que también viven en el predio de Libertador, cumpliendo día a día cumplen una función maravillosa. Desde hace casi 40 años, son las estrellas de la Escuela de Equinoterapia de la Asociación Argentina de Actividades Ecuestres para Discapacitados.

A María de los Ángeles Kalbermatter, su fundadora, siempre le gustaron los caballos pero no fue hasta después de una enfermedad por la que perdió una pierna que se enteró que existía la equinoterapia. Viajó a Estados Unidos desde donde trajo la técnica a la Argentina, que ella aprendió y que con el tiempo se fue perfeccionado y profesionalizando a través de la Asociación Norteamericana de equitación para personas minusválidas (NARHA, por sus siglas en inglés).

La escuela fue pionera en Argentina y Latinoamérica. Por primera vez se utilizó al caballo como medio de rehabilitación psicofísica en personas discapacitadas de todas las edades y patologías. “Arrancamos muy de a poquito”, cuenta Alejandra, hermana de María de los Ángeles, que empezó como colaboradora administrativa y hoy dedica 12 horas diarias al manejo de la escuela. “Desde ese momento empezamos a crecer, no sé si los papás encontraban una terapia pero sí un bienestar en los chicos… en discapacidad todo suma”, cuenta, mientras mira el trabajo en el el picadero.

Cada alumno va guiado por un profesor profesional de equitación y pueden sumarse una terapeuta y un auxiliar. El número del equipo que acompaña a cada chico varía según su patología y necesidades. Por eso, en cada sesión de 1 hora y 15 minutos (entre gabinete y pista) participan como máximo cinco chicos.

“Hoy tenemos 30 caballos. Trabajamos siempre en equipo. La entrevista de admisión se hace con el kinesiólogo que es el que va a evaluar qué tipo de trabajo va a realizar. Ahí comienza un trabajo interdisciplinario con la psicopedagoga, con la que hacen un trabajo previo de estimulación en lo que necesiten para sentirse seguros antes de subir al caballo. Luego se suman los profesores, kinesiólogos, psicóloga, veterinario, profesor de educación física especial. Siempre en función de lo que les dice el profe que ve el trabajo en la pista”, detalla Alejandra. Y explica que tienen lista de espera porque realizan un trabajo muy personalizado que puede demandar hasta 3 profesionales por alumno.

Las puertas están abiertas de martes a sábado de 9 a 21, para brindarles a todos los papás la posibilidad de acompañar a sus hijos. Se dan becas, a veces más y otras, menos. Pero todos pueden acercarse para que Alejandra les explique el funcionamiento de la escuela.

Del otro lado, están las familias y los alumnos. “Hubo un enganche muy rápido de parte de Luciana con los caballos. Hace 20 años era todo muy nuevo y ni siquiera estaba el picadero. En ese momento era todo a la intemperie y la actividad se suspendía por frío, lluvia o calor. Al kinesiólogo le pareció fantástico, vino a verla. Le encantó el trabajo de espalda, se la fortaleció, además, y aunque no lo sabíamos en ese momento, al no caminar el montar a caballo le genera un beneficio como si lo hiciera…”, cuentan Viviana Cuchetti y Fernando Mastrandrea, papás de Luciana que tiene parálisis cerebral e hipoacusia de nacimiento. Luciana tiene 24 años y desde 1996 no se pierde una sesión en el picadero de Asociación Argentina de Actividades Ecuestres para Discapacitados por nada del mundo.

Juan José Giamini hoy es el segundo o tercer alumno más antiguo de la asociación y va a cumplir 31 años. Fue por primera vez a los 3 años y lo hace de manera ininterrumpida. Solo ha faltado por alguna intervención e incluso ha ido a las clases con yeso, no a montar pero sí para hacer actividad social. Sus padres Daniel Giamini y Miriam Isnardi han construido una vida en torno a las actividades de Juan José en la asociación, que incluyen tareas de representación de la escuela en el interior o donde se lo necesite.

“El caballo es noble, inteligente, tiene una sensibilidad increíble, se comporta de otra manera con los chicos y hay una conexión impresionante entre ellos”, explica Daniel como para que quede claro que la equitación no es sólo una actividad segura, sino además terapeútica. NR


Fuente: Clarín

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