Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

Los burreros del hipódromo, una raza presente en todas las clases sociales

Son personajes que dan vida a las carreras de caballos, un hito de la porteñidad.

(CABA) El burrero es el habitante de las tribunas de los hipódromos que hace de las fijas una religión. Debe ser de los pocos apostadores que aún perdiendo no se lamentan. Confía en que en la carrera siguiente puede estar el desquite o la salvación.

Amantes del deporte de los reyes, no hay estadísticas de cuántos burreros existen en la Argentina. Pero son mucho más de lo que se cree. ¿Quién no tiene un amigo, conocido o pariente que haya compartido una fija con la cual pasar al frente? Ellos, todos, sueñan con acertar el batacazo, dar el golpe, voltear la estantería. Está en su ADN hallar el caballo ganador que pague un sport de fiesta.

Según el último censo realizado por las fuerzas vivas del turf, en Palermo, San Isidro y La Plata se realizan anualmente cerca de 5500 carreras con un promedio de apuestas de 5.000.000 de pesos diarios. Claro, de la cuenta queda afuera la plata jugada en negro. No hay cifras, pero muchos sostienen que por cada peso apostado a las carreras en forma legal hay otro peso jugado a los banqueros.

No son estos tiempos en los que los burreros broten de entre las piedras como en los años de oro de la hípica argentina, cuando el turf era una pasión popular. Una reunión de carreras discretas, cualquier sábado o domingo, puede atraer entre 3000 y 4000 fieles a las tribunas. Pero son muchos más los que van a las agencias, distribuidas en todo el país.

Existen más de 300 locales, entre los de lotería y los de hípica, tomando apuestas para las competencias de Palermo, San Isidro y La Plata. En aquéllas se apuesta al paso, como al Prode y al Quini 6; las segundas funcionan como verdaderos anexos de los hipódromos. Es en estos locales donde se genera más del 60% de las jugadas diarias.

Hay burreros que viven su pasión con orgullo. Otros prefieren esconderla por cierta condena social que aún recae sobre el turfista.

Vengo a las carreras desde hace cuarenta años, cuando el hipódromo de Palermo todavía tenía un muro de tres metros de alto sobre la Avenida del Libertador, que impedía ver qué ocurría adentro. Mucha gente pensaba que a los que nos gustan los chuchos éramos unos vagos que no trabajábamos y nos pelábamos la guita del sueldo en el hipódromo. Por eso yo iba con los prismáticos escondidos en una bolsita, para que no me miraran raro. Me tomaba el 160 en Boedo e Independencia hasta Plaza Italia y de allí caminando hasta el hipódromo. Sólo al entrar en la vieja tribuna Popular sacaba los largavistas“. Lo cuenta Ovidio Santos, mientras estudia la Palermo Rosa. La revista tiene noventa años de historia ayudando a los burreros en la elección del caballo favorito. Es su libro de cabecera.

hipodromo

Marcelo Riglos vive en Villa Devoto y suele ir los sábados a San Isidro. “Ponga en la nota que no nos jugamos la plata de la leche de los nenes. Apostamos según nuestro bolsillo. Yo vengo con 300 pesos y veo cómo me va. A veces duro toda la tarde. Hay gente que se la gasta yendo al cine y después a comer una pizza o a la cancha; a mí me gustan las carreras. Sobre gustos no hay nada escrito“.

Con la promesa de guardar su anonimato, otro asiduo concurrente a la tribuna Pelouse dice: “El turf no es un casino donde todo se resume a la suerte que tengas. El turf es una misa, es pasar horas entre amigos. El casino es ermitaño, el turf es grupal. Allá se ficha en todos los tiros; acá hay gente que elige en qué carrera jugar. No hay violencia, como en las canchas; no hay drogas, es un deporte de caballeros. Con poco podés ganar mucho; en el casino con poco te volvés a los 5 minutos. Si sos timbero podés jugar a qué auto dobla primero la esquina: Ford o Renault. No es ser burrero ser timbero“.

Contrariamente, para otros la apuesta está directamente vinculada con serlo. Así lo entiende quien se apoda “Elbañao” en los foros hípicos. “Sin juego no hay ritual. Si preferís a un caballo y no le ponés ni un boleto, la relación no se consuma. El caballo pone todo en la cancha y uno pone su parte para que la relación se realice. Y no se es ni hípico, ni carrerista, ni turfman: se es burrero. Somos los más analíticos. No creemos en el azar. Esto es casi un juego ciencia. No hay nadie que espere con tanta paciencia la victoria como el burrero, un experto en esto de invertir en derrotas“.

El turf atraviesa todas las clases sociales, profesiones y oficios. Reyes, jeques, presidentes, ministros, gobernadores, diputados, intendentes, actores, cantantes, abogados, grandes empresarios, futbolistas han tenido o tienen caballos a los que alientan de viva voz o sin hacer demasiada bulla.

Fuente: La Nación.

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