Los buffets de los clubes de barrio, la nueva salida de los porteños

Los eligen por el precio, el estilo casero, las porciones abundantes y el trato. Crece la tendencia.

(CABA) El vermú con ingredientes, el vino por vaso, la medida de bebida blanca, el turnarse para pagar la vuelta de cerveza. La picada, el café con descuento para socios, las minutas, el cono de papas; los mazos de cartas gastadas con el tarro de porotos, el buraco, diarios, la libretita con las deudas de los clientes y los chicos pidiendo, llevando y luego los papás pagando al fin del día.

Eso, todo eso, eran los buffets de los clubes de barrio. Los buffets de los clubes porteños de las colectividades, en cambio, se hicieron famosos por su oferta gastronómica: sus salones y sus platos fueron lo que -históricamente- más los caracterizó.

Pero en los últimos años cuatro o cinco años, la tendencia se agrandó: los clubes de barrio se remodelaron y comenzaron a cambiar los buffets por restaurantes, bodegones, parrillas o cantinas. Hoy, se puede decir que los vecinos porteños los adoptaron como una nueva opción de salida a comer. Por sus precios, las porciones abundantes, el trato y el ambiente familiar.

Los ejemplos sobran: el Ferroviario, elegida como la segunda mejor parrilla de la ciudad según los lectores de Clarín, está dentro de un club. En Gimnasia y Esgrima de Vélez Sarsfield, a veces hay que esperar que se desocupen las mesas para comer, como en cualquier otro gran restaurante. La semana pasada, en Devoto, Kimberley inauguró un bodegón restaurante que se define como “Cocina de barrio con olor a club”. Y en el Club Social Parque, hoy cerrado por remodelaciones, se está construyendo, entre otras cosas, un restaurante.

Norma Ruíz Orrego empezó a trabajar en la gastronomía en Paraguay. Allí, su familia tenía un “copetín” (restaurante) y ella se encargaba de cocinar para un grupo de albañiles, a los que les vendía el menú a domicilio, en la obra. Más adelante se hizo “camarera profesional”, como aclara, en uno de los mejores restaurantes del centro de la ciudad. En 1992 decidió emigrar a Argentina y en 1997 conoció al buffetero del Club Sunderland (Lugones 3100), en Villa Urquiza.

Diecinueve años después Norma recibe a Clarín en el buffet del club, al que describe como “un bodegón de barrio”. Lo primero que aclara es que no vende patys ni panchos; que en cambio, para los chicos, prepara pebetes. “Antes que comida chatarra, prefiero ofrecerles ravioles o fideos caseros, o una milanesa con papas”, dice.

Norma cree que hace unos siete años que a su buffet llegan, para almorzar o cenar, muchos más no socios que socios. Que fue gracias al “boca a boca” por las porciones abundantes y los precios. De lunes a viernes al mediodía tiene un menú de $100. De noche, se puede comer libre por $250: con entrada, con vino, con plato principal y con postre.

Otra cuestión importante, dice Norma, es que ella te atiende personalmente: “Cuando yo voy a comer a un restaurante no le veo la cara al dueño. Acá es distinto: es como que vienen a mi casa. Saludo cliente por cliente y ellos se saludan entre ellos. Se sienten como en casa”.

Pepe” es el encargado de la cantina que funciona en el Club Atlético Palermo. Mientras habla, a su lado pasan vecinos con ropa deportiva y empleados con delantales. Dice que además de buenos precios y platos abundantes, el lugar atrae porque “los clientes no necesitan arreglarse tanto para venir a comer. Muchos prefieren escaparle a la formalidad del restaurante. Acá lo formal no existe; es como una familia, donde es muy notoria la sobremesa: el cliente se queda a charlar”. Lo dice y pone de prueba a un grupo de hombres, a los que señala. Están vestidos con ropa deportiva, después de jugar al básquet en el gimnasio y bañarse en el vestuario.

“Pepe” y los empleados que hoy trabajan aquí se formaron en distintas cantinas tradicionales de la ciudad, como la de Arnaldo, de Luigi, de Don Carlos y de David. Hace tres años, comenzaron a trabajar en el Club Atlético Palermo. Y que el público que arrastraron es el de las cantinas y bodegones. Con una diferencia: comer en el club es un 20% más barato que en un comercio a la calle. “Los clubes dan consignaciones baratas y te dan la posibilidad de no tener un menú tan caro. “Pepe” también habla de otro factor clave a la hora de elegir dónde comer: el mozo. “El mozo que por lo general trabaja en los clubes es el de la ‘vieja guardia’”, asegura. El del restaurante, según su concepto, espera; no se acerca. Es más frío y de trato más distante.

Lucas Palombo (24) nació cuando su papá acordó la concesión del buffet del Club Gimnasio Chacabuco. Hoy está al mando, y dice que sus clientes son los no socios. “Tengo mucha gente que me dice que va al cine y después, en vez de quedarse en el patio de comidas, viene a comer acá. Antes del cine, también”. Dice no parar de sorprenderse del barrio de los comensales. Tiene algunos que vienen desde Villa Urquiza: se cruzan la ciudad, esquivan Palermo y siguen hasta Parque Chacabuco. Y agrega que en el último año se sumó mucha gente nueva. O por internet, o por Facebook, o por recomendación de otro.

Cada noche espera a sus clientes con cinco mozos. Mozos-mozos, de los de buffet: uno de ellos cumplió 80 años. Los mediodías tiene un menú ejecutivo de $145. Aclara que en un restaurante común puede valer ese mismo precio, pero sin entrada. “El target del cliente es el que viene a comer hasta reventar”, comenta. Y concluye: “Acá comés barato y abundante y en un lindo ambiente. Como representante del lugar, me acerco a la mesa, los saludo. Cuando se dan esas tres cosas, el cliente no vuelve a otro lado; te adopta”. NR

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