Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

Los ascensores, los responsables de todo

Edificios y falta de luz.

Gracias a ellos los edificios pudieron crecer en altura y mejorar el trasporte de sus habitantes, cambiando definitivamente la estructura de las Ciudades y su densidad poblacional.

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(CABA) Los ascensores hicieron posible edificios cada vez más altos, lo que cambió la forma de las ciudades. Pero fue la electricidad la que convirtió a los ascensores en mecanismos confiables. Y así, vivir más alto empezó a ser un símbolo de progreso. Antes, cuando no existían los ascensores, vivía más alto el que menos recursos tenía, el castigo era subir más escaleras. Ahora, cuando el suministro eléctrico deja de ser confiable, toda la construcción del status social se viene abajo.

Los ascensores son más viejos que la escarapela: en el 236 AC, Arquímedes construyó el primer elevador del que se tenga noticias, y la escarapela es de 1810. Y, aunque parezca mentira, podrían haber quedado afuera de toda la crisis energética porque, cuando nacieron, funcionaban con fuerza hidráulica o a vapor.

Aunque parezca mentira, Buenos Aires no necesitó de ascensores por mucho tiempo. Desde el principio, pocas casas porteñas tenían dos pisos y se las llamaba “altos”, como los Altos de Elorriaga que todavía se pueden ver en la esquina de Defensa y Alsina. Claro que los “altos” no fueron los primeros edificios de dos plantas, ya el Cabildo tenía un piso más sobre la planta baja y su torre figuraba entre lo más elevado de la ciudad.

El asunto es que para 1850, además del Cabildo, lo único que sobresalía del perfil chato de Buenos Aires eran las torres y las cúpulas de las iglesias ¿Para que se iba a necesitar un ascensor? Sin embargo, hacía 27 años que existía una habitación ascendente en Londres para ver el paisaje urbano desde lo alto. Hoy, este primer ascensor mecánico se hubiera salvado de los cortes de luz porque funcionaba con vapor, como las viejas locomotoras.

Para 1855, el ingeniero inglés Edward Taylor construyó la aduana con 5 pisos en lo que hoy es la Plaza Colón, detrás de la Casa Rosada, donde descansa recostada la estatua del gran capitán genovés esperando nuevo destino. El sótano de la Aduana Taylor se puede visitar, ahora es el Museo del Bicentenario pero cuando estaba completo, el edificio era muy alto. Le hubiera venido bien un ascensor para subir y bajar mercadería, pero acá, por lo menos entonces, no habían elevadores. En Europa sí. Desde hacía 9 años, los muelles ingleses usaban una grúa hidráulica que hizo furor, tanto que empezaron a reemplazarse los primeros ascensores a vapor por nuevos hidráulicos.

Antes, en 1852, mientras el ejército de Rosas era derrotado por Urquiza en la batalla de Caseros, el estadounidense Elisha Otis presentaba en Nueva York un ascensor que evitaba cualquier riesgo de caídas. Fue un éxito. Pero, como te imaginarás, por acá nadie estaba como para penar en nuevos métodos de subir y bajar gente. Así y todo, Elisha tuvo suerte, en 1871 un incendio destruyó 18 mil edificios de la ciudad de Chicago. Hubo que reconstruirla, se la hizo en altura y con ascensores.

Mientras tanto, en Buenos Aires, los edificios crecían lento pero constantemente. En 1869, la ciudad tenía un poco más de 2 mil casas de dos pisos y menos de 200 de tres. Dieciocho años más tarde, los edificios de dos pisos eran casi 5 mil, 436 tenían tres plantas y 36, cuatro niveles.

El gran salto porteño empezó con la apertura de la Avenida de Mayo, en 1894. Entonces se empezaron a construir edificios de hasta 8 pisos y 20 metros de alto. Diez años después, Buenos Aires contaba con 961 edificios de dos pisos, 262 de tres, 60 de cuatro, 40 de cinco y 38 de seis o más planas. Ya se necesitaban elevadores.

El primer ascensor hidráulico del país se instaló bastante antes, en 1879, en el Hotel de la Paix, en Perón y Reconquista, frente a la iglesia De la Merced. Ese elevador no hubiera tenido problemas con la electricidad porque usaba la presión hidráulica para elevar la cabina y un motor mecánico para bombear. Todo bien, pero no va que un año después, el alemán Werner von Siemens inventó el ascensor eléctrico. Era más rápido, más seguro y más sencillo de mantener. En poco tiempo se hicieron súper populares y las ciudades se fueron más para arriba que nunca. Así fue que todos quedamos esclavos de la maldita electricidad y hoy estamos subiendo escaleras.

Fuente consultada: Clarín

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