Buenos Aires, 19/11/2017, edición Nº 1831

Los 5 rincones secretos de Julio Cortázar en la Ciudad

A cien años de su nacimiento, BBC Mundo repasó los puntos capitalinos que marcaron su prosa. (CABA) La escritura de Julio Cortázar lleva consigo los rasgos de varios paisajes porteños, presentes en momentos clave de su vida. En un breve repaso, BBC Mundo dio la vuelta capitalina a bordo de la narrativa del autor de Rayuela. Villa del Parque: Julio Cortázar llegó a Buenos Aires en 1918 desde Bruselas cuando...

A cien años de su nacimiento, BBC Mundo repasó los puntos capitalinos que marcaron su prosa.

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(CABA) La escritura de Julio Cortázar lleva consigo los rasgos de varios paisajes porteños, presentes en momentos clave de su vida. En un breve repaso, BBC Mundo dio la vuelta capitalina a bordo de la narrativa del autor de Rayuela.

Villa del Parque: Julio Cortázar llegó a Buenos Aires en 1918 desde Bruselas cuando tenía apenas cuatro años.

Junto a su hermana Ofelia y su madre María Herminia Descotte, primero desembarcó en la localidad de Banfield, y en 1934 se mudó a un departamento en la calle Artigas 3246, en Villa del Parque, zona reconocida hoy como barrio de “Agronomía”.

Una placa en la fachada anuncia que por allí pasó el escritor: “En este edificio vivió Julio Cortázar”.  Otra, menciona la restauración del edificio como patrimonio histórico en 2012. Alejado del centro de la ciudad y rodeado por una inmensa arboleda, pasó allí sus días hasta 1937.

Se trata del último lugar porteño que habitó el creador de los Cronopios y las Famas. Nada parece haber cambiado demasiado desde entonces: nueve edificios de tres pisos dentro de un parque conviven con casas bajas, adornadas con detalles en vitró.

Los gatos, a los que Julio llamaba “los guardianes de la vereda”, deambulan por las calles desiertas, mientras los gorriones musicalizan la tarde. Todos los vecinos de la zona coinciden en resaltar la tranquilidad del lugar. La misma que inspiró a Cortázar y lo motivó a incursionar en la trompeta.

Bares de jazz: “Soy un músico frustrado”, confesaba Julio Cortázar en 1983 en una entrevista que le hicieron en Madrid.

Tocar la trompeta no era su fuerte, y él lo sabía. Aún así, decidió anteponerse al ridículo y sacarle algunos sonidos, por lo menos unos años, motivado por el amor al jazz.

Fue en ese entonces cuando conoció a Jorge López Ruiz, quien a sus 15 años compartía ensayos con el escritor. Según cuenta, se juntaban en la casa de un amigo abogado que vivía en el barrio porteño de Caballito.

“Nos conocimos tocando la trompeta. Él tocaba horrible”, resalta entre risas.

“Después nos íbamos todos a un café donde charlábamos muchas horas. No teníamos ni idea que estábamos con una persona tan importante como Córtazar. Éramos chiquilines y él todavía no era quien después fue”, le dice a BBC Mundo.

Nunca más se vieron, hasta 1971, cuando se cruzaron por casualidad en París. Ruiz cuenta que ese mismo año dio un concierto en el teatro argentino Nacional Cervantes, donde escuchó la voz de Cortázar entre el público, con su pronunciación tan particular de las “R”.

“Así como yo me quede embelesado por las cosas que él hizo en la literatura, tengo el orgullo de afirmar que él se quedó complacido por las cosas que yo hice en la música. Era fanático mío”, afirma orgulloso.

Galería Güemes: La que hoy parece una simple galería comercial es en realidad la protagonista de uno de los cuentos de Cortázar: “El otro cielo”.

También conocida como “Pasaje Güemes”, une mediante una peatonal interior las calles Florida y San Martín, en pleno corazón del centro porteño.

Se trata de un edificio art nouveau, considerado como el primer rascacielos construido en Buenos Aires, en 1915. El creador de Rayuela vivíó enamorado de esa galería, desde la que puede verse toda la ciudad desde arriba.

Solía recorrerla y pasar largas horas allí. Hasta llegó a enlazarla con la Galería Vivienne de París en el último relato del libro “Todos los fuegos el fuego”.

El protagonista del cuento vive entre dos cielos: el de Buenos Aires de 1945, en plena Segunda Guerra Mundial, y aquel universo parisino de fines del siglo XX. Los dos mundos se cruzan, en un juego permanente entre ficción y realidad.

Luna Park: No sólo el jazz lo desvelaba. La pasión por el boxeo en la vida del autor de Rayuela despertó en su infancia, según confirma el escritor Diego Tomasi en su libro “Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar”.

A los 9 años, el pequeño Julio ya escuchaba por radio la pelea en Nueva York entre el boxeador argentino Luis Ángel Firpo y el estadounidense Jack Dempsey.

Años más tarde, comenzaría a frecuentar el Luna Park, el famoso estadio de la Ciudad de Buenos Aires ubicado al final de la mítica avenida Corrientes, cerca del Río de la Plata.

En la década de los 50, la relación con el deporte aparecería reflejada en el cuento “Torito”, con el boxeador Justo Suárez como protagonista.

Cortázar dedicó el escrito al profesor de Pedagogía del colegio Mariano Acosta, Jacinto Cúcaro, quien en sus clases solía contar los pormenores de las peleas de aquel ídolo nacional al que llamaban “Torito de Mataderos”.

Mariano Acosta: El colegio Mariano Acosta fue la secundaria en la que el autor de Rayuela pasó su adolescencia. Con un promedio siempre superior a siete, en cuarto año recibió el título de Maestro Normal Nacional y años más tarde llegaría el de Profesor en Letras.

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