Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

“Locales”: una visión íntima de la cultura comercial porteña

El fotógrafo Gustavo Sancricca y la diseñadora gráfica Luciana Guerrero emprenden un viaje fotográfico por antiguos y clásicos locales porteños. (CABA)“Locales”, www.facebook.com/ProyectoLocales, es el relevamiento fotográfico de tiendas clásicas de la Ciudad de Buenos Aires realizado por el fotógrafo Gustavo Sancricca y la diseñadora grafica Luciana Guerrero. Su denominación alude tanto a los sitios retratados (tiendas) como a su carácter regional. En las fotografías, que fueron realizadas desde el año...

El fotógrafo Gustavo Sancricca y la diseñadora gráfica Luciana Guerrero emprenden un viaje fotográfico por antiguos y clásicos locales porteños.

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(CABA)“Locales”, www.facebook.com/ProyectoLocales, es el relevamiento fotográfico de tiendas clásicas de la Ciudad de Buenos Aires realizado por el fotógrafo Gustavo Sancricca y la diseñadora grafica Luciana Guerrero. Su denominación alude tanto a los sitios retratados (tiendas) como a su carácter regional. En las fotografías, que fueron realizadas desde el año 2009 hasta la fecha, se buscó retratar locales de venta al público tradicionales de la ciudad de Buenos Aires y a sus dueños, encargados o empleados. La bombonería que desde hace décadas permanece en el mismo lugar, la ferretería atendida por varias generaciones de una misma familia y la blanquería para la que los años no pasan son sólo algunos de los tantísimos monumentos al tiempo que la rutina y el vértigo no permiten valorar en su exacta dimensión. Esos lugares, muchos de ellos históricos, se extinguen de varias maneras: algunos cierran, otros son derrumbados, y a veces simplemente se los deja de ver. La fuerza de la costumbre los devora. Hasta que un día un cruel cartel escrito a mano anuncia su desaparición, y el lamento por esa ausencia inminente oculta la pregunta que llega tarde: ¿por qué no sobreviven esos locales que constituyen la identidad porteña?

Los establecimientos retratados son muchas veces atendidos por sus dueños y otras por empleados que han hecho de la venta al público un oficio y no una simple ocupación temporal. Las historias que albergan estos lugares dan cuenta de una forma familiar, permanente y constante de relacionarse con los clientes, en donde las personas establecen un vínculo que va mucho más allá del consumo o del intercambio comercial. Algo similar sucede con los espacios. Los mismos, lejos de necesitar “aggiornarse” a cada moda o tendencia, parecen impasibles al paso del tiempo, generando cierta magia que sólo producen las cosas traslúcidas, nobles, honestas.

La idea del proyecto es registrar una parte de la ciudad y sus habitantes que se considera significativa para la construcción de la identidad porteña. Es, sin duda también, un intento por dejar un testimonio en imágenes de estos inadvertidos espacios que se ven cada vez más amenazados por el desarrollo inmobiliario y por los cambios en los hábitos de consumo que se orientaron, desde los años 90, progresivamente hacia las tiendas de precio único, los centros comerciales y los establecimientos de cadena, en detrimento de los tradicionales establecimientos barriales.
Esta búsqueda apunta especialmente a rescatar y preservar cierto espíritu del negocio de barrio, entendiendo al mismo como espacio vital de la vida de una comunidad, que se sitúa justo en el medio entre la vida pública y la vida privada.

Del vasto anecdotario que surge después de tantos años consagrados al rescate del pasado, Sancricca y Guerrero destacan con una sonrisa que Norma, la dueña de la bombonería Corso, nunca los deja pagar los bombones que ella misma les ofrece durante las sesiones de fotos. También ríen cuando mencionan que en Amalia, una blanquería de Barrio Norte, el derecho de admisión se lo reserva un caniche que, además, es la insignia del negocio. Y para que no todo suene tan feliz, cuentan la historia del zapatero que los echó a patadas de la tienda de Flores que acababan de fotografiar sólo porque a Sancricca se le ocurrió tutear al dueño (“estaba enfurecido, nos pidió que nos fuéramos y nos amenazó con golpearnos”). Quién sabe, a lo mejor esas tiendas retratadas sólo sobrevivirán en las imágenes del Proyecto Locales. Ese enigma lo resolverá el tiempo, entre cuyas virtudes no figura la piedad. Pero si un día sus dueños se ven obligados a colgar un cartel escrito a mano para anunciar el cierre definitivo, podrán soñar, no sin razón, que en esta serie de fotos dejan como último mensaje otra inmejorable razón para amar a la ciudad que ellos mismos hicieron brillar

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