Buenos Aires, 24/11/2017, edición Nº 1836

Lo antiguo y lo moderno: construir sobre edificios históricos

Modas de construcción.

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Escribe Berto González Montaner

(CABA) En las vacaciones del 80, poco antes de recibirme de arquitecto, visité Nueva York, sin duda una de las mecas de la arquitectura. La idea era explorar la posibilidad de hacer allí un posgrado. Mi amigo Jorge Sarquís me pasó un contacto en el estudio Agrest & Gandelsonas, una oficina de argentinos que por aquel entonces estaba en la cresta de la ola de la vanguardia mundial. Acá, en Buenos Aires había hecho una serie de departamentos bien curiosos, que reelaboraban el tipo de arquitectura tradicional de Buenos Aires. Hay uno de ladrillo visto en la calle Medrano a metros de la avenida Díaz Vélez; otro, en Ugarteche y casi Las Heras; y también hay uno con patio central en una esquina de avenida Jujuy a pocas cuadras de Plaza Miserere; pero no fueron ellos los que lo terminaron.

El estudio era fantástico. Un gran piso en un viejo edificio neoyorkino, casi sin divisiones y con muchos tableros. En el hall de recepción había una gran maqueta. Mi anfitrión, uno de los proyectistas argentinos que había recalado en ese despacho, me contó que era una propuesta para intervenir un edificio histórico en la avenida Madison y la calle 71, en el distrito histórico del Upper East Side, a una cuadra del Central Park. Dejaban el edificio casi tal cual y lo “pinchaban” con las columnas de otra construcción que emergía como torre. De esta manera el edificio original pasaba a funcionar como el basamento y mantenía así la condición y la escala del lugar. Y la torre remataba en una pirámide que sumaba un perfil más al rico y estimulante skyline neoyorkino. La obra según sé no prosperó, como tampoco mi idea de hacer el posgrado en el país que en ese entonces nos dio vuelta la cara con el tema Malvinas. Lo que sí prosperó fue la idea del “pinchar edificios”.

Muchos años después, Norman Foster, el mismo que está haciendo lo que será la sede gubernamental porteña en Parque Patricios, recicló, “amplió” e inauguró en 2006 en Manhattan, en la 8° avenida y la calle 57, un edifico de líneas decó que se convirtió en la Torre Hearst, todo un hito en diagonal al Central Park. Tal como proponía Agrest & Gandelsonas, Foster dejó la cáscara del edificio existente y lo “pinchó” con la estructura del nuevo edificio que emergió por encima con una torre vidriada de unos 46 pisos de altura.

En la ciudad de Córdoba también hicieron una ampliación con esta misma idea. El grupo Ecipsa inauguró en el año 2000 la Córdoba Business Tower, en la esquina de la calle Obispo Trejo y la diagonal Hipólito Yrigoyen. Los arquitectos Federico Weskamp y Eugenio Ferreyra tomaron, como en los casos anteriores, el edificio de estilo Neoclásico de dos plantas y le apoyaron encima unos 13 pisos consiguiendo 14 mil metros cuadrados de oficinas.

Como se ve, esta receta tiene múltiples aplicaciones y Buenos Aires no podía quedar afuera. En los últimos tiempos aparecieron dos casos en el Casco Histórico ampliado. Los dos mantuvieron la construcción original y le “pincharon” una nueva estructura para adicionarle arriba más superficie habitable.

El edificio ubicado en la intersección de Piedras y Alsina, hoy convertido en el hotel Mérit San Telmo, del grupo Amerian, recupera un frente con balcones corridos y aberturas enmarcadas por pilastras cilíndricas y dinteles de estilo, construido en los años 40. Y con el mismo tono construye encima un volumen de unos cinco pisos, agujereando el muro con pequeñas ventanas. La construcción nueva de alguna manera reproduce el espíritu clásico de la antigua. En cambio, la otra, en la esquina de Tacuarí y Carlos Calvo, confronta con contundencia lo antiguo con lo moderno para ampliar una antigua casa y convertirla en local comercial con vivienda y estudios. El Studio Morsa, compuesto por los arquitectos Antonio Morello y Donato Savoie, con una vasta obra en Nueva York, son los responsables de esta decisión que sin duda divide aguas. Al cuerpo original revestido en revoque símil piedra le contraponen un volumen similar realizado en vidrio y lo coronan con un alero de hormigón. En una actitud que los arquitectos españoles Cruz y Ortiz, que remodelaron con gran sensibilidad y éxito el Rijksmuseum de Amsterdam, llamarían como “el pecado de la narratividad”. Es decir, esa obsesión de algunos arquitectos de tener que “estar narrándole abrumadoramente al usuario lo nuevo y lo viejo”.

Fuente: Clarín

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