Buenos Aires, 24/11/2017, edición Nº 1836

Literatura de mundial: la biblioteca bilardista

Una de las figuras más grandes del futbol argentino, el doctor Carlos Salvador Bilardo, ya es parte de la historia del país y del deporte mundial. Ya sea por sus tácticas de juego, su poco ortodoxa forma de expresarse y sus polémicas anécdotas deportivas y extra deportivas, sigue siendo un personaje insoslayable para el amante del futbol. Dos nuevos libros hacen su aparición en el mercado de la literatura deportiva:...

Una de las figuras más grandes del futbol argentino, el doctor Carlos Salvador Bilardo, ya es parte de la historia del país y del deporte mundial. Ya sea por sus tácticas de juego, su poco ortodoxa forma de expresarse y sus polémicas anécdotas deportivas y extra deportivas, sigue siendo un personaje insoslayable para el amante del futbol. Dos nuevos libros hacen su aparición en el mercado de la literatura deportiva: Haikus Bilardo y Doctor y Campeón

bilardo

Escriben Mariano Vespa y Mariano Zamorano

(CABA) En una carrera futbolística llena de gloria Carlos Salvador Bilardo jugó en San Lorenzo, Deportivo Español y Estudiantes de La Plata, y dirigió a los seleccionados de Colombia y Libia, y a los primeros equipos de San Lorenzo, Estudiantes, Deportivo Cali, Sevilla y Boca. Durante su ciclo al frente de la Selección Argentina (1983-1990) desarrolló el esquema 3-5-2 (definido por la revista británica World Soccer como la “última estrategia del siglo XX”) y logró dos veces lo que hoy es un sueño renovado: llevar al seleccionado local a la final de una Copa del Mundo. En un año saturado de publicaciones con temática mundialista, los libros Haikus Bilardo (Muerde Muertos) y Doctor y Campeón (Planeta) abordaron de distintas formas la figura del prócer que viaja a Brasil como coordinador de Selecciones Nacionales. Con la esperanza intacta, a horas del comienzo de un nuevo Mundial, un recorrido por la bibliografía obligatoria para obtener la fórmula del éxito. Repaso y oda a una carrera ganadora, y búsqueda del secreto para jugar los siete partidos.

Es fácil enumerar diversas escenas que grafiquen lo que sabemos de Carlos Salvador Bilardo: su eterna rivalidad con César Luis Menotti, el bidón de Branco, su irrupción en los estudios de TV del programa Tiempo Nuevo para defender a Sergio Goycochea de los ataques de José Sanfilippo tras el 0 a 5 con Colombia, su ciclotímica relación con Maradona (que incluyó el abrazo del “te quisieron voltear” tras la clasificación a Sudáfrica 2010 y terminó con el “Maradona dependía de mí” desde su programa de radio, luego de la eliminación a manos de Alemania), el fallido Dream Team de Boca, el “Gatorei” de la cancha de River y, por supuesto, las historias de los años en los que bajo su conducción la Selección Argentina logró el campeonato Mundial de México 1986 y el subcampeonato de Italia 1990. Lo que siguió tras su conducción fue una seguidilla de frustraciones que acumulan 24 años -exceptuando las copas América 1991 y 1993- y la mala costumbre de alcanzar los cuartos de final como instancia máxima en los mundiales.

Cuando en 2001 apareció Yo soy el Diego de la gente, Biblia pronto devenida en bestseller, la tapa tenía al Maradona del 2 a 1 con Inglaterra en el Estadio Azteca besándose la camiseta azul. La imagen de la portada de Doctor y Campeón muestra a Bilardo en el mismo terreno con los brazos abiertos y una sonrisa gigante de quien se sabe campeón del mundo. No son los únicos cruces entre los protagonistas de las dos autobiografías más merecidas del fútbol argentino -género que en los últimos años fue demasiado cortés con Sergio Agüero, Martín Palermo y Matías Almeyda-: antes de asegurar que la relación está terminada, Bilardo relata cómo tras ver por televisión que Maradona lo había insultado tras su reemplazo en un partido con el Sevilla, fue a buscarlo a la casa y terminaron intercambiando manotazos.

La historia de los Bilardo en la Argentina comienza en 1905 con el desembarco del siciliano Salvatore, el nacimiento de su hijo Calogero, y la instalación en la Capital Federal a orillas del arroyo Maldonado. Proveniente de una familia de inmigrantes acostumbrados al trabajo duro (Salvatore trabajaba en una fábrica de ladrillos y Calogero se inició en el oficio de ebanista que luego terminó en la conocida fábrica de muebles), Carlos Salvador comenzó jugando en la novena de San Lorenzo, fue delegado estudiantil en el secundario y realizó en 7 años la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires (en donde tuvo como profesores al Premio Nobel Bernardo Houssay y al precursor de la cesárea en el país, Jorge Firpo).

Tras un relato caótico de su carrera como jugador y sus comienzos como técnico, en donde se puede adivinar a un ghostwriter enloquecido en sus intentos de plasmar las narraciones orales y recurriendo a las exclamaciones para cerrar cada anécdota, el plato fuerte llega con el acuerdo con Julio Grondona para convertirse en el DT de la Selección. Son capítulos en los que Bilardo libra su propia batalla cultural centrada mayoritariamente contra el diario Clarín, plagado durante los ochenta de periodistas afines a “la gestión anterior” de César Menotti. “Le quisieron hacer creer a la gente que el resultado no interesaba pero cada vez que a ese periódico se le caen las ventas, hay reuniones, se cambian estilos, diagramaciones o se echa a algún jefe de sección. Si en la televisión el rating no acompaña, ¡chau! Lo sacan del aire”, dice. El panorama previo al Mundial de México 1986 oscurece cuando señala a miembros de la Coordinadora radical (Federico Storani, Enrique Nosiglia y Marcelo Stubrin) y al secretario de Deportes de La Nación, Rodolfo O’Reilly, como conspiradores que intentaron convencer de su expulsión al presidente Raúl Alfonsín, en un duelo que finalizaría con Bilardo festejando el título en la Casa Rosada.

Pasa el no a Barcelona y al Real Madrid para seguir con el proyecto del seleccionado, y llega un mix de experimentados y jóvenes para lo que fue el Héroes II de Italia 90. En el entretiempo del partido de octavos de final contra Brasil, tras 45 minutos de baile verdeamarelo, Bilardo estuvo mudo. Las únicas palabras antes de que Maradona dibujara la genialidad que derivó en gol de Claudio Caniggia, las pronunció al momento de volver a la cancha: “ah, no se la pasen más a los de amarillo porque nos van a ganar”.

Tras su salida de la selección, Doctor y Campeón continúa con el relato frenético que incluye su llegada al Sevilla, la vuelta al país con Boca, las gestiones de Al-Saadi el Gadafi (hijo del ex jefe de Estado de facto, Muamar el Gadafi) para su incorporación como DT de Libia en 1999, su lanzamiento presidencial en el Partido Unidad Nacional UNO con el jurista Denis Pitte Fletcher como vicepresidente (3.200 firmas que desaparecieron de una dependencia judicial sin las cuales no hubo aval para presentación en elección alguna) y un ciclo corto como técnico de Estudiantes en 2003, en donde aportó puntos para zafar del descenso.

Doctor y Campeón ratifica que la filosofía bilardista se basó siempre en el resultado. “El fútbol es Deportivo Ganar Siempre”, asegura el técnico que fue criticado por antifútbol, por ver demasiados videos y por dejar de lado a “la nuestra”.

HAIKUS BILARDO: la forma es el contenido

En el 86 jugamos como quisimos, en 1990 como pudimos” dijo Bilardo en su programa de radio en diálogo con los escritores Fernando Figueras y José María Marcos, responsables de la publicación colectiva Haikus Bilardo. Figueras y Marcos tomaron la estructura del haiku -poema oriental de diecisiete sílabas dispuestas en versos de cinco, siete y cinco sílabas-, y la reformularon con la métrica bilardista (3-5-2) para recordar los catorce partidos mundialistas de la era Bilardo. Un ejemplo sobre la semifinal con Bélgica:

Transpira
Pfaff con sus dos
guantes.

El Diego,
¿quién otro puede
tanto?

Y mete
otro, ¡Fulgor!
puro.

¡Billar
con diagonales!
¡Finta!

En el Haiku hay camino, pero este nunca se deja comprender en el sentido de conocer y también de abarcar” señala el máximo exponente del género en la Argentina, Alberto Silva. Esta cita puede ser referencia a la hora de pensar en Bilardo: conocemos mucho de él, pero siempre termina siendo insuficiente. Cualquier objeto, sea un alfiler, un bidón, un disfraz de mujer o el mítico Gatorei siempre esconde una historia. En la poética bilardista no hay previsibilidad. Eso sí: hay un horizonte de géneros discursivos posibles que operan en sistema mediados por un registro tonal lúdico y cuanto menos obsesivo: el aforismo, la charla técnica, la anécdota (como sus encuentros con Pablo Escobar o Gadafi), la reyerta oral (“qué carajo me importa a mí el otro, pisalo, pisalo”).

Como puede leerse en la entrevista que acompaña este número, Bilardo puede hablar de Perón, de Dante Panzeri, de los jóvenes, de sus profesiones. Su comicidad existe e insiste en los medios: vale recordar su imitación a Damas Gratis en Showmatch, la publicidad de cerveza Budweiser en forma de táctica o su telecomedia familiar Lo de Bilardo -junto a Rodolfo Ranni, Stella Maris Lanzani y Mariano Iudica-, emitida por América en 2005, por la que obtuvo el premio Don Segundo Sombra al peor actor del año. Bilardo emerge como una voz nasal que se inscribe ya no en el imaginario futbolero, sino también en el mediático.

Con él las discrepancias no son por el estilo del fútbol, sino de vida”, señaló César Luis Menotti el año pasado en un programa deportivo. En la antesala del Mundial de España 1982, Argentina venía con el envión del campeonato precedente y con algunas figuras del torneo juvenil como Maradona, Ramón Díaz o Calderón. La derrota a manos de Brasil, con roja directa a Maradona incluida, devino en una eliminación prematura. En 1983 Julio Grondona designó a Carlos Bilardo como nuevo director técnico del seleccionado argentino. Algunas declaraciones cruzadas dieron paso a una disputa simbólica aún vigente. “Un general sabio se ocupa de abastecerse del enemigo”, dice Sun Tzu (de quien Bilardo dice haber tomado aquello de “conoce a tu enemigo y conócete a tí mismo”, presente en El arte de la guerra). Bilardo y Menotti son opuestos complementarios: los separa aquello que también los une. Todavía persiste la necesidad -al menos desde la prensa- de interpretar esa disyuntiva en el fútbol actual. “Por suerte la existencia es un horizonte de fragmentos que no necesariamente se traducen entre sí. El fútbol y la filosofía para mí son dos de las tantas facetas que hacen a una identidad que se mueve todo el tiempo”, cuenta el filósofo Darío Sztajnszrajber. ¿La filosofía bilardista trasciende las estrategias perimétricas del verde césped? Darío, autodefinido bilardista, da su respuesta: “Bilardo es algo así como el padre de toda una escuela que entiende al fútbol en un intento por desmarcarse de su visión idealizada. Pone en evidencia la tensión entre querer jugar bello y querer ganar. Pero siempre el poner en evidencia nuestras propias contradicciones te coloca en un lugar difícil y por eso ha sido sistemáticamente cuestionado: porque toca lo más profundo de nuestras contradicciones futboleras”.

Después del Mundial de Sudáfrica Maradona lo mandó al noveno infierno; “Bilardo me traicionó”. Bilardo y Maradona comparten mucho más que dos finales mundialistas. A nivel narrativo también son los más ganadores. Sus idas y vueltas son una muestra de que su estética, ese juguete rabioso que va mutando, atraviesa sus discursos.

Fuente:niapalos.org

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