Buenos Aires, 25/11/2017, edición Nº 1837

Lilith: una libreria que nunca vendió best sellers

Solo libros de culto...

Ubicada en el barrio de Palermo, sobre la calle Paraguay 4399, hay una librería en la que el librero sólo vende los textos que le gustan a él. Y en la puerta promociona menús literarios para indigestarse.

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(CABA) ¿Para que sirve ser librero si después el libro más vendido es Cincuenta sombras de Grey? Cuánto mejor, cuánto más barato es poner un empleado del mes de Mc Donald’s que no sepa si Carver va con be larga o ve corta y sospeche de que Kafka sea un autor kirchnerista. Lilith es una de esas librerias porteñas en las que el comprador no va a encontrar Cohelo, Isabel Allende o libros de autoayuda. Lilith solo vende los libros que le gustan a su librero, quien selecciona personalmente el catálogo de productos a la venta.

“Una librería no es un comercio cualquiera – nos interrumpe Néstor Andersen, Andy de ahora en más –, así como tampoco lo son las peluquerías, las conozco muy poco, je, o las disquerías, cada cual tiene su supuesto tesoro, su piedra filosofal. En este barrio tan afecto a la gastronomía, yo suelo hacer menúes literarios cuya ontología consiste en la indigestión. En realidad, los libros no tienen por qué ser digestivos. Si lees La parte maldita, de Bataille, no hay posibilidad de decir: me lo devoré . Un buen libro, como un buen vino, se demora, debe dejarte una cicatriz… Vos me preguntabas para qué sirve un librero: hay un proceso de transferencia entre librero y lector que implica poder vincular escritores como Faulkner y Carson McCullers, y después hay libros, muchísimos, para la monumental aglomeración no lectora de nuestro país. Pero así como el lector de best sellers no discrimina, mi trabajo es cada vez más importante. Yo soy el que tengo que contrapesar el trabajo del reseñista y la furia de las editoriales con la búsqueda de calidad. Ese es mi capital, es la manera en la que puedo lograr fidelidad”.

Librópata : dícese de la persona que padece adicción patológica al libro.

Librómano: dícese de la persona que actúa apasionadamente delante de lo que para muchos es un sánguche de hojas.

Librero: dícese de la persona que pudiendo ser librómano o un librópata corre el riesgo de convertirse en despachante de esos sánguches de hojas. Existen pirómanos, cleptómanos, megalómanos y Andy es, según como amanezca, librómano o librópata . Nunca librero, a menos que “a la gente que trabaja en las cadenas pueda llamárselas de otro modo”, se ilumina. “Hablando en serio, las librerías de cadena tienen gente valiosa que fue malgastada por la utilidad y las recomendaciones obligatorias. Yo solamente opino y lo demuestro en lo que sugiero”.

En lo de Andy no se vende cualquier libro aunque, ojo, Andy no quiere tener nada que ver con los nichos. Andy, simple como un tema de Calamaro, repudia poner otro ladrillo en la pared de la cultura de las diferencias. El vende lo que le gusta. Hay autores que directamente no pasan por la puerta de su local y hasta disfruta de su lista negra de 100 escritores que nunca jamás entrarán a Lilith Libros, en Palermo ( a guglear la dirección, chicos, siempre hay algún cretino que puede confundir esto con un chivo ).

Dice: “Todavía quedan esas librerías donde se va a charlar y donde el lector da libre curso a sus fantasías y expresa sus búsquedas. Creo que las cadenas tampoco saben cumplir esta función”. El librópata se parece al librómano . Andy se muerde la lengua. Sabe quién es Paulo Coelho y sabe quien es Dan Brown, pero se hace el zonzo. Cuenta que con Nik todo bien, “el problema es con el gato. No me gusta nada”. Y si no le gusta, no lo vende. “El de la distribuidora me quiere matar, me dice que Gaturro puede salvarme el mes… Y bué, allá él, yo no me lo banco”. El librómano arma la vidriera con sus propias manos, va detrás de un libro hasta las últimas consecuencias (“Ando rastreando a Josefina Vicens, ¿te suena esa escritora?”) y tiene una mesa de novedades, novedades para él, cosas que lo estimulan, lecturas que le cambiaron la vida. Hace años que entre sus “novedades” está La Intemperie, de Gabriela Massuh. “Un libro fundamental”, asegura.

Nótese que estamos hablando de un vendedor arbitrario, un hombre con intereses más teóricos que reales. “Los best sellers siempre se apilan, nunca van acomodados en estantes”, dice. ¿Serán las columnas de un negocio que se derrumba? El acto de aislamiento, parece – esto tiene categoría de leyenda urbana – habría empezado cuando un libro de Deleuze empujó a otro de Wayne Dyer, autor de Tus zonas erróneas. Dyer rodó por el piso y sus hojas se volaron. Esto habría ocurrido en una sucursal de Barnes & Noble, en los Estados Unidos. La fábula cruzó fronteras y océanos: desde ese día, un día impreciso entre 1993 y 1998, el best seller perdió el espacio simbólico de la biblioteca para convertirse en un ¿cimiento?

“H oy entró una mujer de unos 50, muy bella, jamás la había visto. Le dije si necesitaba ayuda y se quedó revolviendo alrededor de media hora. En un momento quiso saber el precio de un libro y noté un raro acento en su voz. Le pregunté de donde era y me dijo Rusia, con un tono muy imponente. Luego siguió mirando hasta que se acercó con otro libro y le pregunté acerca de sus autores rusos preferidos, a lo que me respondió ¡¡Bukowsky!!… Le dije que era alemán y nos quedamos charlando más sobre su trabajo, la Argentina, pavadas… En las cadenas tampoco tenés tiempo para estas cosas”.

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Fuente consultada: Clarín

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