Buenos Aires, 21/10/2017, edición Nº 1802

Las Piletas Populares de Ezeiza

Fueron furor en la década del 50, como también las de La Salada. Le gente le escapaba un rato al calor de la Ciudad.

(PBA) Si la intención era llegar temprano para conseguir un buen lugar, había que levantarse temprano. Así, como el día pintaba para jornada calurosa y con sol, empezaba la ejecución del plan previsto por dos o tres familias vecinas. Primero, ir cargando los “equipos” en el camioncito volcador que aportaba alguno: las reposeras de lona, un par de caballetes y dos tablones para improvisar una mesa, algún bolso con ropa para cambiarse a la tarde y la Spika con pilas nuevas. Después, las heladeritas con las bebidas tapadas por el hielo y un par de canastas con milanesas, huevos duros, una tortilla, una docena de empanadas y algunas frutas. Es que en ese tiempo los yogures diet y las barritas de cereal eran algo del futuro. Y ahí ya estaba todo listo para salir a pasar el domingo feliz en las piletas de La Salada o en las de Ezeiza.

El rito comenzó a principios de la década del 50. La idea de hacer en la zona de Ezeiza un parque recreativo de acceso libre y gratuito, había sido promovida por Evita y ejecutada por el general ingeniero Juan Pistarini (23/12/1882 – 29/5/1956). El proyecto se desarrolló junto con la construcción del aeropuerto internacional, también obra de Pistarini. El lugar contaba con tres piletas de agua salada, vestuarios, juegos infantiles y lo rodeaba un bosque con miles de árboles plantados especialmente. La intención era que la gente de la Ciudad y sus alrededores tuviera un lugar de esparcimiento, además del balneario de la Costanera Sur y algunas playas sobre el Río de la Plata, en Vicente López y Olivos.

Claro que en el sur del Gran Buenos Aires, las piletas de Ezeiza no tenían la exclusividad. También estaba lo que la gente denominaba simplemente La Salada. Aquellos eran predios con un ambiente muy familiar, rodeados de eucaliptos, paraísos y sauces y equipados con mesas y parrillas, para los que se animaban a preparar el asado a las brasas, desafiando las altas temperaturas. Así, en esa zona que mezclaba parte del partido de La Matanza con el de Lomas de Zamora, aparecían piletas que convocaban multitudes: Villa Albertina, Ocean, Punta Mogotes, El Puente o Danubio Azul.

Pero sin dudas, la más popular era la del Parque Balneario La Salada, que estaba cerca de la estación del tren, en los alrededores de Puente La Noria. Tenía un gran lago de unos 200 metros de largo por 15 de ancho, lleno de un agua salada, a la que algunos atribuían propiedades curativas, en especial para el reuma. El lugar contaba con baños, vestuarios y duchas y los fines de semana rebosaba de gente ansiosa por escapar, aunque fuera por unas horas, del calor del cemento porteño. El grueso de la gente llegaba en pequeños camiones, camionetas o colectivos. Para muchos, el auto recién fue posible en la década del 60. Por lo general, después de las 18 y hasta la caída total del sol, se dejaba a un lado la lonita que se ponía en el piso para tomar sol y la jornada se cerraba con un baile con ritmos que incluían desde pasodobles hasta buenas cumbias, como para que nadie se sintiera excluido por la edad.

La fecha del cierre de estos complejos veraniegos y populares varía según quien aporte el dato. Algunos hablan de fines de los 70; otros dicen que hubo actividad hasta los 90. Lo cierto es que aquello quedó en el olvido, aunque algunas piletas, adquiridas por la obra social de sindicatos, siguieron funcionando. También, en 2013 hubo un intento oficial por reactivar el Centro Recreativo de Ezeiza, retomando la idea del primer peronismo. De todas formas, la aparición de otros lugares en la Ciudad (como las piletas de Núñez, convertidas después en Parque Norte) o la posibilidad de escapadas a la Costa Bonaerense, aunque fuera por un fin de semana, modificó la costumbre de pasar el día en los bosques y las piletas de Ezeiza o en la zona de La Salada. Justamente, en esos terrenos semiabandonados empezaron a desarrollarse ferias poco convencionales que se convirtieron en otro fenómeno que tiene poca relación con el esparcimiento y mucho con el consumo. Inclusive, algunas de esas ferias llevan como nombre identificatorio el de aquellas piletas, como Ocean o Punta Mogotes. Pero esa es otra historia.

 

JB:

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