Buenos Aires, 14/12/2017, edición Nº 1856

Las fiestas y la fiebre del consumo

Cuando llega diciembre la Navidad asoma, y con la Navidad la vorágine del consumo que dura hasta gastar la tarjeta de crédito. Escribe Adriana Guraieb (CABA) La movilización emocional que producen las Fiestas impulsan a muchas personas a buscar una satisfacción inmediata y a consumir de manera desmedida. El bombardeo de la publicidad incentiva provocativamente a la vez a instalar el deseo y la creencia de que es una oportunidad...

Cuando llega diciembre la Navidad asoma, y con la Navidad la vorágine del consumo que dura hasta gastar la tarjeta de crédito.

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Escribe Adriana Guraieb

(CABA) La movilización emocional que producen las Fiestas impulsan a muchas personas a buscar una satisfacción inmediata y a consumir de manera desmedida. El bombardeo de la publicidad incentiva provocativamente a la vez a instalar el deseo y la creencia de que es una oportunidad increíble que no se puede perder. Por eso este es un tiempo propicio para que los oniomaníacos encuentren la justificación perfecta para seguir alimentando su adicción. Se denomina oniomanía a un trastorno psicológico, a una adicción que consiste en un impulso poderoso de comprar. Si bien la sociedad juzga y critica a quienes tienen algunos tipos de adicción tales como los jugadores, drogadictos o alcohólicos, existen otras que son prácticamente invisibles y no las equiparan con enfermedad. Esa compulsión, sin embargo, no debe ser entendida solamente como una consecuencia de la época del año. Hay múltiples causas más profundas como los altos niveles de ansiedad, la intolerancia a la frustración, la insatisfacción con la vida que se lleva, la autoestima baja que se pretende elevarla a través del consumo de objetos de moda o de marcas y el afán de pertenecer a un grupo socio-económico que se asocia con éxito –fama– bienestar. En este marco, cuando se vivencia un punto de angustia, ir de compras puede ser un escape agradable. En este primer momento reina la satisfacción el placer se sumerge en un mundo de irrealidad donde no cuenta el dinero ni lo que cuesta ganarlo sino el placer que se obtiene al comprar. Es el reino de las emociones donde la racionalidad queda desactivada, está dormida. Ahí aparece la mejor amiga de la oniomanía: la tarjeta de crédito. Esa combinación es tan potente como desafortunada, pues tener a disposición una o más tarjetas de crédito acentúan la irrealidad del desmanejo económico a tal punto que se puede llegar a contraer deudas muy altas, sin pensar que luego hay que pagar. Si las compras no implican un desequilibrio en el presupuesto familiar y si se planifica ajustándose a lo que se pensó invertir, entonces se habrán evitado insomnios y dolores de cabeza.

Fuente: Tiempo Argentino

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