Buenos Aires, 23/09/2017, edición Nº 1774

Las ciudades invisibles

Durante toda su vida, Julio Cortázar estuvo sintiendo y pensando otra ciudad, que era y no era la que entonces habitaba, y esas dos ciudades, entre las muchas que recorrió, no dejaron de ser, casi siempre, las mismas. Como para Horacio Oliveira, “en París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido” (Rayuela, Cap. 3).

Escribe Mario Goloboff ( *)

Durante toda su vida, Julio Cortázar estuvo sintiendo y pensando otra ciudad, que era y no era la que entonces habitaba, y esas dos ciudades, entre las muchas que recorrió, no dejaron de ser, casi siempre, las mismas. Como para Horacio Oliveira, “en París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido” (Rayuela, Cap. 3).

Desde temprano extrañó la vida europea, probablemente por haber nacido en Bruselas y por haber sentido de modo vital ese contexto, sobre todo lingüístico: “Abuelita y mamá –contaba su hermana Memé– hablaban francés con nosotros, mientras estuvimos en Europa, cuando éramos chiquitos”. Y al volver: “Cuando llegamos de Europa, no sabíamos castellano. Eramos dos franceses que causábamos gracia a todo el mundo”. Por eso, porque “toda su vida arrastró las erres” y por estar culturalmente adherido desde las lecturas maternas de Julio Verne, las adolescentes “de un tal Jean Cocteau” y las juveniles de los poetas simbolistas y del Parnaso, que enseñaría luego en Mendoza, deseó vivir en París y, a medida que el tiempo de su primera juventud pasaba, se le fue haciendo más urgente esta necesidad. Quizá en todo ello haya incidido cierta tristeza del lugar de infancia y de la primera juventud, para sentir que “Buenos Aires era una especie de castigo. Vivir allí era estar encarcelado”.

Pero el sitio de la infancia y de la adolescencia es algo que está demasiado pegado a nuestro origen y a nuestra sangre como para creer que, cuando partimos, lo abandonamos. De ahí la permanente nostalgia: “Argentina (Buenos Aires) era simplemente los rostros de las estampillas: San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde los esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino” (“Cartas de mamá”).

Y, fuera ya de la ficción, la extrañeza del hecho de volver, lo que el transterramiento produce en uno cuando vuelve a estar frente a la gente. Y ante el idioma, tratándose nada menos que el de un escritor: “Prefiero caminar solo por los barrios de Buenos Aires, donde nadie me conoce; detenerme en los barcitos para tomar un café y oír hablar a la gente, recomponer mi idioma, respirarlo de nuevo” (Tomás Eloy Martínez: “La Argentina que despierta lejos”, Primera Plana, 27/10/1964). Y años después, confesará: “… me siento como si mañana tuviera que ir a dar examen en el Mariano Acosta, igual que cuando era estudiante. Es exactamente igual, no han pasado treinta años. A lo mejor es porque mi sentimiento de tiempo es un tanto anormal; yo vivo en un tiempo que es evidentemente distinto” (Francisco Urondo: “Julio Cortázar: las armas políticas”, Panorama, 24/11/1970).

Es lo que le hace poner en la cabeza de Oliveira, al volver: “Se dio cuenta de que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido” (Rayuela, Cap. 40). Esta confusión o superposición o fusión de espacios y de tiempos, hasta hacerlos intercambiables e indistintos, eran muy frecuentes en él, y hacían probablemente a la esencia más íntima de su personalidad, hasta para su propia historia, como lo revela en uno de los poemas de Salvo el crepúsculo: “¿Un antes, un después? Sí, en los calendarios, no en esa misma lapicera que seguía escribiendo desde la misma mano”.

Pero también durante toda su vida fue muy fuerte el deseo del descubrimiento y el conocimiento de París, al punto de estar tan relacionado con sus primeros cuentos y con sus textos mayores, lo que se ve palpablemente en “El perseguidor”, el relato en el que reconoce haberse acercado y descubierto al prójimo: “París fue un poco mi camino de Damasco, la gran sacudida existencial. (Creo que aquí se puede utilizar muy bien esa palabra.) Eso puede explicar por qué, de golpe me intereso en mi prójimo del que había estado bastante separado en la Argentina, un poco por razones de defensa propia, de protección de una soledad que cultivaba con fines culturales, para tener más tiempo para leer, para mis proyectos de escritor. Aquí todo esto queda barrido por una especie de presencia física del hombre como prójimo” (Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar).

Y es en su libro más famoso donde intenta plasmar la siempre querida simbiosis, hasta la fusión. Cuando uno observa la curiosa génesis de Rayuela, en el Cuaderno de bitácora que lleva a medida que va elaborando la novela, descubre que en el origen de la misma hay un sueño, y que en ese sueño, realmente soñado por Julio Cortázar, hay una reunión de dos espacios: el de la Argentina, en la casa de Banfield, y el de París, en el departamento que ocupaba entonces. Dicho sueño, que luego aparece reescrito en el capítulo 123, tuvo lugar, como se asienta, el 7 de noviembre de 1958, y es llamativo ver hasta qué punto influye en la concepción de la novela toda. Como para hacer de este tema lo esencial de la misma, con los “lados” (“Del lado de allá”, “Del lado de acá”, “De otros lados”, con la particularidad de que, escribiéndola sin duda completamente en Francia y en París, “el lado de acá” es Buenos Aires…) y los saltos, los traslados, los viajes, las recorridas por los dos espacios primordiales. Y como para haber incidido al extremo de que una de las ideas proyectadas (y desechada después por considerarla demasiado fantástica) fuese la construcción de un puente, real, entre París y Buenos Aires.

También se advierten los continuos titubeos y dudas sobre si comenzar en Buenos Aires o en París y, en general, cómo el binomio de ciudades es esencial para la construcción del texto. Por otra parte, el Cuaderno… es receptáculo de las “imaginaciones topológicas”: “El puente”, “Siempre la idea del pasaje”, “El hombre en la esquina”, “La esquina que es también una esquina de París” (sic, títulos y anotaciones de puño y letra de Cortázar).

Esta idea de la fusión de ciudades obedece a cierta estética o, mejor, “metafísica” sobre simultaneidad de tiempos y de espacios. En lo que respecta a los primeros, algo que podría llamarse “formas tempo-espaciales”: acciones concentradas en un instante que, si bien pueden percibirse simultáneamente, no pueden contarse simultáneamente. Y, en lo que respecta a la idea de los espacios superpuestos, ésta aparece en relatos diversos: “Continuidad de los parques”, “El río”, “La noche boca arriba”, “La isla a mediodía”, “Todos los fuegos el fuego”, “El otro cielo”…

Algo parecido le pasaba, es probable, en la vida cotidiana con París, a la que descubrió en los cincuenta. Recorría físicamente y con la memoria sus callejuelas, sus plazas y sus puentes, y en muchos cuentos, y especialmente en Rayuela, están el Quartier Latin y el Sena, el Pont Neuf y el Carrefour de l’Odéon, y seguramente en su interior el barrio menos céntrico y más humilde que no en el mismo tiempo compartimos, el Xème Arrondissement, donde tuvo el departamento de la rue Martel, en el que vivió con Carol, y donde están también los hospitales del final, el St. Louis en que ella falleció, y el St. Lazare donde falleció Julio, y el hermoso Canal Saint Martin, ese canal de evocación tan argentina, uno de los que vinculan el Sena con el canal del río Ourc, donde habríamos podido cruzarnos alguna vez, sin que quedara registrado en ningún relato, en ningún cuento, en ningún verso. O como hombres invisibles para ciudades invisibles.

(*) Escritor, docente universitario. Autor de Julio Cortázar, la biografía.

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