Buenos Aires, 18/10/2017, edición Nº 1799

Las antiguas vinerías familiares que aún subsisten en la Ciudad

Las suelen manejar los herederos de sus dueños originales y ofrecen un trato personalizado y botellas difíciles de conseguir.

(CABA) En pocas de grandes cadenas de vinotecas, en la ciudad de Buenos Aires aún subsisten antiguas vinerías familiares que ofrecen vinos de bodegas difíciles de conseguir, minibotellas con whisky o joyas de colección, como licores envasados en cristal de Bacará.

Las coloridas vidrieras de estos pequeños locales despliegan miles de etiquetas de vinos, maltas, coñacs, vodkas, gins, piscos chilenos, cachazas, tequilas, jereces españoles, manzanillas y oportos portugueses. Si bien cada negocio presenta características singulares, la mayoría de estos comercios tiene en común que sus dueños, descendientes de inmigrantes, son expertos catadores y se esmeran por asesorar en forma personalizada tanto a novatos como a conocedores.

Es que hoy más que nunca el vino es moda, la cultura enológica está en boca de todos y cada vez son más los espacios dedicados a estas bebidas. Entre ellos se destaca el almacén Gran Muñiz, que se volvió famoso gracias a la discreción y rapidez con la que desde hace casi 100 años despacha bebidas en las inmediaciones del Congreso.

Escondida detrás de la parada del colectivo 60 en la calle Sáenz Peña, esta vinería a cargo de Carolina Muñiz, nieta de los fundadores, es un paraíso etílico de más de 2000 botellas abarrotadas a lo largo de cuatro paredes.

“Senadores, diputados y policías fueron y son siempre nuestros principales clientes. Con ellos hay un pacto de confidencialidad”, asegura la mujer. Es que el traslado de la preciada mercadería demanda unos pocos minutos. Muñiz, “la gran reserva”, está a pocos metros del Palacio Legislativo y del Departamento de Policía.

Además, para el deleite sibarita, allí se vende todo tipo de delicatessen, desde bacalao noruego seco hasta castañas de cajú de la India. La bodega personal de la familia, ubicada en el subsuelo del local, esconde algunas rarezas, como el coñac Luis XIII, elegido por Christian Dior, Elton John, Isabel II y Winston Churchill y Charles de Gaulle para brindar después de liberar París.

Muñiz recuerda: “De chica, cuando salía del colegio y venía a trabajar, lo que más me fascinaba era la campana con licor de oro holandés. La dabas vuelta y caían miles de papelitos dorados sobre una pareja que bailaba después de que le tirabas de la cuerda que los hacía girar”.

Por sus manos pasaron también otras campanitas famosas, como las de porcelana con whisky escocés, en homenaje al príncipe Carlos y a Lady Dy, o los mezcales mexicanos con el característico gusano adentro. Por aquel entonces, tal como sucedía con la mayoría de los comercios, la vinería era un almacén de ramos generales donde se podían comprar, además de vino o ginebra, kerosene, fideos o yerba.

Los códigos con los proveedores siguen siendo los mismos del pasado, y éste es uno de los pocos negocios a los que las bodegas aún les venden con crédito. La época de vacas flacas fue durante la presidencia de Perón, cuando cerró el local, ya que el tío de Muñiz fue apresado en la cárcel de Devoto por desobedecer la ley de agio, que prohibía aumentar precios.

Resistir a las épocas
Pero los dueños de la vinoteca Muñiz, como sucedió con el resto de las desplegadas en otros barrios, se las ingeniaron para sobrevivir a los constantes vaivenes de la economía y rechazaron ofertas de grandes cadenas de vinerías cuando intentaron comprarlas.

En Recoleta, Héctor Lamosa, de 86 años, dueño del almacén Gran Félix, recuerda aquellos momentos cuando la gente de la zona no escatimaba en gastos y tuvieron que contratar hasta cinco empleados para dar abasto con la creciente demanda. Pero, con el paso del tiempo, se vieron obligados a reducir gastos y en la actualidad sólo él y su hijo atienden al público.

“Los clientes son amigos. Acá entraba Tita Merello, pasaba directamente detrás del mostrador y tomaba lo que necesitaba. También venían Susana Giménez, Rolo Puente, Gerardo Sofovich y la madre de Diego Torres, Ángela Torres“, dice Lamosa, quien llegó de Vigo, España, en 1949.

Además de jactarse de los famosos adoradores del vino que visitaron, y continúan haciéndolo, su negocio de Callao y Juncal, el gallego asegura que tiene buenos precios y la mejor mercadería: vinos, licores, aguardientes españolas e italianas, quesos y jamones de bodega, conservas de todo tipo y joyas de colección, como la malta original de Chivas Regal en botella de cerámica, o la edición limitada del Royal Salute, de las que sólo se elaboraron 2500 cajas adornadas con el escudo de Gran Bretaña.

A unas cuadras de allí, en Pacheco de Melo al 2100, se ubica Armesto, otra vinoteca tradicional que tuvo su origen en 1949, cuando abrió el legendario bar Ocean en el barrio de Pompeya. El local fue fundado por el padre de los hermanos que actualmente están a cargo del negocio, Ezequiel y Diego.

Cuentan sus dueños: “Por ese entonces, se consumía mucho tinto en damajuana, había pocas etiquetas y vendíamos los mismos productos que se consumen en España: castañas, nueces y bacalao, en una zona pujante, típica de inmigrantes y de fábricas”.

Unos años más tarde, se abrió un supermercado a pocas cuadras del local familiar, y como no pudieron competir se mudaron a Recoleta, donde continuaron haciendo foco en la atención personalizada hasta el punto de conocer el nombre de casi todos los clientes, dice uno de los hermanos.

A ellos les ofrecen marcas imposibles de conseguir en otro lado y los invitan a degustaciones privadas. Entre los tesoros del negocio hay vinos de 1948 que rescataron del antiguo local de Pompeya.

Pero la clientela del barrio es de lo más variada: hay expertos y novatos, mujeres y hombres: “A todos los atendemos con el mismo entusiasmo y honestidad con que nuestro padre trataba a la gente que entraba a comprar“, resaltan los hermanos, casi a dúo. NR

Armesto
Fuente: La Nación

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