Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

La sala de baile de maría la vasca

Quedaba en San Cristóbal y su escenario hizo conocer a muchos de los pioneros del género, entre tragos y algo más.

Eran apenas tres palabras: “Maestro, puede empezar”. Entonces, desde el piano llegaban los sonidos de un tango, una milonga o, tal vez, una polca. La ceremonia se repetía cada noche, de lunes a lunes, y cerca de las 23. Era el ritual que la dueña de la casa, María Rangolla, cumplía siempre para dar inicio a una velada con mucha danza pero también con ese “algo más” que los hombres solos iban a buscar en la calle Europa 2721 (actual Carlos Calvo) a metros de la avenida Jujuy. El lugar era una típica casa chorizo –de las que abundaban entonces en el barrio de San Cristóbal y en la Ciudad– a la que todos conocían simplemente como La Casa de María, La Vasca.

Cuentan que el primer dueño que tuvo la casa era un señor italiano llamado Bernardino Stagliano. Pero, a fines del siglo XIX, quienes quedaron a cargo del lugar fueron María y su pareja, Carlos Kern, a quien conocían como El Inglés, aunque también llamaban Matasiete, un apodo más acorde con su fama de pesado. Además de estar con La Vasca, Kern organizaba las milongas en la sociedad Patria e Lavoro (Chile 1567), con un ambiente al que había que animarse. Allí se destacaba La Parda Loreto. En cambio, en la casa de la calle Europa, todo era más accesible. Bailar una hora costaba tres pesos por persona. Después, había un extra para, acompañado, poder pasar a las habitaciones.

Las crónicas de la época señalan que los habitués del lugar eran en su mayoría estudiantes, aunque también participaban muchos cuidadores y jockeys del mundo del turf. La atracción no sólo estaba dada por las “chicas” (entre ellas estaban La Gallega Consuelo; La Porota; Catalina, la Tísica o La Babosa, llamada así por su rara forma de hablar) sino también por los músicos que tenían al sitio como escenario para hacerse conocidos y difundir sus obras. Así aparecían, entre otros, El Pibe Ernesto Ponzio, Alfredo Bevilacqua, Vicente Greco, Luis Teisseire, Domingo Santa Cruz y Juan Carlos Bazán, autor de un tango titulado La Vasca. Todos son próceres de los principios del tango.

Inclusive, otro de los visitantes que después se hizo famoso era Rosendo Mendizábal. Y muchos historiadores afirman que fue en lo de La Vasca donde, entre 1896 y 1897, Rosendo compuso y estrenó El Entrerriano. Este tema siempre generó polémicas, porque algunos se lo atribuyen a Ponzio y afirman que él se lo regaló a Mendizábal. Otros, en cambio, reafirman la autoría de Rosendo, y hasta aportan el apellido de un tal Segovia, hombre nacido en Entre Ríos, a quien Mendizábal dedicó la obra. Pero no es la única diferencia que tiene la historia de ese tango. Hay investigadores que afirman que Mendizábal compuso y estrenó El Entrerriano en otra casa de baile que estaba en la calle Paraguay.

Lo real es que la fama de María, La Vasca, como madama y organizadora de la milonga en San Cristóbal, siempre se mantuvo vigente. Y su presencia tenía mucho que ver con eso. “Era una mujer hermosa, de cara llena, gordita, pero muy bien formada”, escribió León Benarós en una crónica publicada en Noticias Gráficas. El remate del texto explica: “Solía vestirse con vestidos sencillos, pero de seda cruda y como botones usaba unos hechos con monedas de una libra esterlina”. El final de María Rangolla es desconocido. Alguna vez, familiares de una mujer llamada Francisca Casio de Laperne, dijeron que las cenizas estaban en el Cementerio de Chacarita junto a los restos de sus padres.

De lo que no hay dudas es que su casa de baile y su “anexo” fueron clave en el desarrollo del tango como símbolo porteño. Lo mismo ocurrió con su mayor competidora, que tenía su local en Paraguay 2512. Conocido como Lo de Laura (por su dueña, Laurentina Monserrat), el recinto tenía una puesta más lujosa que la de La Vasca, pero igual servicio. Un tango compuesto por Enrique Cadícamo y Antonio Polito, En lo de Laura, cuenta algo de aquel clima en el que tallaba La Parda Flora. Pero esa es otra historia.

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