Buenos Aires, 15/12/2017, edición Nº 1857

La peluquería de Julio, un lugar de encuentro en Villa Crespo

Se come, se bebe y se atiende hasta la madrugada. Asisten personajes entrañables y futbolistas que acuden más por placer que por coquetería.

(CABA) Encorvados: así se levantan los clientes de los sillones para evitar rozar con la cabeza las más de trescientas camisetas de fútbol que cuelgan del techo. Ya no hay más lugar en las paredes: banderas, banderines, estampitas de santos, un televisor, gorras, bufandas y escudos de clubes, afiches y figuritas de jugadores. Fotos de bebes, de asados, de la formación de Chacarita cuando volvió a Primera; dibujos infantiles, medallas, rosarios, una carta manuscrita, la calcomanía de la Federación Colombiana de Fútbol, tres guantes de arquero. Debajo de todo eso hay un espejo; sólo queda libre un cuadrado de treinta por treinta, donde apenas cabe un rostro. Allí, con movimientos de boxeador lento, un hombre intenta adivinar qué tal le quedó el corte de pelo.

-¡¿Me lavo?! -grita un muchacho parado al lado de la pileta, con una toalla sobre los hombros.

Nadie contesta. Todos están hablando, mirando el televisor: acaban de hacerle un gol a River en la Copa Libertadores. Son las 22 de un miércoles de otoño y en la peluquería de Julio Pan aún hay siete clientes.

Desde hace veinticinco años Julio hace todo al revés. En Villa Crespo, sobre la calle Julián Álvarez y a una cuadra de la avenida Corrientes, en su pequeño negocio -el salón no tiene más de cinco metros por seis- Pan da turnos mentirosos: la espera puede superar las tres horas. Abre a las 17, cuando los demás negocios están próximos a cerrar, les grita a los clientes y, cuando no recuerda el corte que le pidieron, corta como él quiere.

Y todos vuelven: la peluquería de Julio es un club barrial, cortarse el pelo es sólo una anécdota. Fanático del fútbol, le habría encantado ser jugador profesional. Podría haberlo sido: en su adolescencia llegó a jugar de diez en la reserva de Defensores de Belgrano y, más grande, en Fénix. Entonces tenía tres sueños: jugar en la cancha de Boca, en la de River y en la de Vélez (“de noche, era la única que tenía luces blancas; en las demás eran amarillas”). Pero no llegó a primera. Por vago, dice. A los 21 años -ahora tiene 54- hizo un curso de peluquería, empujado por su ex mujer, peluquera ella; se hizo nombre por cortarle a Walter Samuel, a Leandro Gracián y por haber sido cábala del plantel de Estudiantes de La Plata que dirigía Carlos Bilardo en 2004.

-Hasta que perdieron con River, el día del Gatorade. No me llamaron nunca más -explica con su voz gastada, ríe y apaga la maquinita de cortar-. Cada vez que iba les hacía algo: patillas, pelusa, algo.

Patillas, pelusa, algo. Eso quiere Nicolás Barabasqui, que espera que siga con su corte. Hace veinte minutos que empezó y pasarán veinte más para que termine. Desde el sillón de los que esperan Fabio Ruberman, cliente de hace más de veinte años, le explica: “Te puede hacer un buen corte en 15 minutos, pero lo hace en 45 porque se la pasa hablando“. Otro, Carlos Díaz, le dice que ni use el espejo que le ofrece para mirarse la nuca, porque “son todas iguales: es una foto“. El craaa -por crack, así le dicen a Julio, así lo escribe- los insulta y ríe.

julio villa crespo2

Son las 11 de la noche y acaba de llegar la pizza. Sólo hay tres vasos: los compartiremos entre ocho. Hasta arriba, llenos de Cola-Cola, van pasando de mano en mano mientras River sigue jugando. De pelo bastante corto, tanto que cuesta imaginar qué quiere cambiar, Lucas ya tiene puesta la capa con fotos de Diego Maradona. Julio lo sentó en el sillón hace 15 minutos. Ambos, con una porción de mozzarella en mano, charlan sobre el corte. Julio quiere hacerle una raya. Lucas acepta. Julio va por más: de acá te vas con patillas finitas. Las hace desde el 94, cuando se las vio a Gianluca Pagliuca, el arquero de la selección italiana.

Si Lucas se negó, nadie lo escuchó: la versión en armónica del Himno Nacional suena altísima. Es el celular de Julio, que tipea. Agarra la tijera. La deja. Tipea. Enciende la máquina. Insulta al teléfono. Ataca una patilla.

* * *

Tiene ese andar, de pasos firmes, pero con cansancio de anciano. De bermudas de jeans y campera rompevientos azul, arrastra las chinelas Nike: llegó Christian Chimino, el 4 de Temperley. Es su visita semanal, para repasar el corte en el que el periodista Elio Rossi ya reparó en el programa televisivo Fútbol permitido. En la peluquería recuerdan que dijo algo así como el pibe mohicano. A Chimino no le queda pelo en los laterales y, sin embargo, Julio enciende la máquina.

-Es por cábala.

-No ganamos nunca, pero bueno -responde Chimino, y aplasta con el talón un mechón de pelo contra el piso.

Fuetne: Emilse Pizarro en La Nación.

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