La odisea de vivir deletreando el apellido

La odisea de vivir deletreando el apellido

(CABA) Flor Vrljicak está acostumbrada a ese folklore que se desata cada vez que dice su apellido. Primero tiene que deletrearlo. Después, enseñar cómo se pronuncia, “Verlichac”, y responder de qué origen es: croata. Por último, dar una larga explicación de cómo impacta en su psicología ser portadora de un apellido que, al menos en la Argentina, resulta difícil de pronunciar.

Seis consonantes, un sombrerito y dos vocales. ¿A quién se le ocurre? La situación más desopilante la vivió hace algunos meses en una agencia de viajes. Le pidieron el nombre completo, empezó a deletrearlo y entonces…: “No, señora, no necesito su código de reserva, sólo su apellido”.

Somos una nación de inmigrantes. Se estima que a principios del siglo pasado llegaron unos 4,2 millones de personas de todo el mundo, en su mayoría de Italia, España y Francia. Las guerras trajeron también alemanes, polacos, armenios, checos, árabes. Y la lista sigue. Eso significa que en el país viven miles de personas a las que la ortografía castellana no les hizo justicia. Como Nils Ljungmann, que tiene 19 años y estudia abogacía.

Casi siempre, cuando dice su nombre, terminan llamándolo de otra manera. Por eso, a veces dice que se llama “Luis Guzmán”, que suena más o menos parecido. O como Darío Sztajnszrajber, a quien su exposición mediática lo rebautizó “el filósofo de apellido impronunciable”. Tanto que decidió incluir en la minibiografía de su cuenta de Twitter una explicación poco usual: “Mi apellido se pronuncia shtain-shraiber”.

La legislación argentina permite cambiar la forma de escribir el apellido para acercarlo a la fonética española: algo así como la simplificación que sufrió Adrián Kirzner Schwartz para llamarse Adrián Suar, aunque en su caso el cambio fue sólo en el nombre artístico.

De todas formas, según explican en el Registro Civil porteño, casi no se han registrado casos de personas que hayan usado el recurso legal. Tal vez porque en la mayoría de los casos el apellido difícil se convirtió en una marca personal que hay que aprender a llevar.

¿Cómo se lleva? “Mal interiormente. En la medida en que sostuve mi apellido de manera pública, me la tengo que bancar. Pero es difícil evitar que se convierta en una conversación todo el tiempo, que el otro se obsesione con el tema”, explica Sztajnszrajber. Su apellido, de origen judío y polaco, significa “el que escribe en piedra”, muy acertado para un filósofo como él. Cuando fue a Polonia por primera vez, se sintió como el patito feo cuando descubrió que en realidad es un cisne. En los hoteles, entregaba el documento y los empleados lo pronunciaban perfectamente sin entrar en conversaciones reiterativas.

“Cuando empecé a hacer Mentira la verdad [del canal Encuentro], nunca pensé que el programa fuera a tener tanta trascendencia. Hoy, si pudiera volver el tiempo atrás, probablemente cambiaría mi nombre artístico. Pero ahora ya se convirtió en una marca personal. Es casi una estrategia de marketing”, cuenta. Cuando daba clases, para sus alumnos era “el profe Darío”. A secas. Como si no tuviera apellido, o como si fuera un sacerdote. Su hermano Mauro es periodista en el canal C5N. “Apenas empezó a trabajar en la televisión le dijeron «no, es impronunciable». Y se convirtió en Mauro Z”, cuenta.

Perder la identidad

Los millones de inmigrantes que llegaron al país tuvieron que hacerse de abajo. Y en muchos casos perdieron hasta su apellido. La mala voluntad o el escaso conocimiento de otras lenguas de los empleados de migraciones de la época acabaron por cambiarles la identidad a cientos de miles de familias. Sobre todo, cuando venían de países en los que se usaba otro abecedario. Por eso, por más difícil de pronunciar que sea, la mayoría de las personas con apellidos “complicados” no se lo cambiarían por una versión simplificada.

Si el apellido de sus abuelos sobrevivió a la mala gana de los funcionarios de migraciones, no van a ser ellos los que lo mutilen o simplifiquen su historia. Es el caso de Diana Guenzugutchekian, nieta de Elías, un sobreviviente del genocidio armenio. “Cuando bajó del barco, al no tener documentos, lo anotaron como quisieron. Incluso era más largo y le sacaron algunas letras”, dice. El apellido original significa “hijo de ojos chicos”. Cuando Elías se instaló en Córdoba, para la gente del barrio pasó a llamarse “Kuchikian”. La madre de Diana incluso se enteró del verdadero apellido de su futuro marido unos días antes de casarse y casi se muere del susto. “Siempre me preguntan: ¿a qué edad aprendiste a escribirlo? A los cinco. Claro, para hacerlo tuve que aprender a escribir casi todo el abecedario. La maestra de primer grado estaba tan sorprendida que me llevó a recorrer todos los grados para que escribiera mi apellido en el pizarrón”, recuerda.

Algunos por largos y otros por cortos. Florencia Abd viene de familia árabe. Su apellido significa “servidor”. Pero casi nadie lo pronuncia bien. Le dicen “abedé”, como si fuera una sigla. “Una vez en la facultad, al tomar lista, un profesor se enojó y a los gritos reclamaba que quién había anotado su nombre con siglas”, cuenta.

“No lo vas a poder creer”, le dijo su padre a Valeria Schildknecht, de 30 años, cuando llegó por correo en nuevo DNI para las elecciones. “¿Qué? ¿Lo escribieron mal?”, preguntó. Y de inmediato revisó. Schildknecht, de origen suizo, estaba bien escrito. El problema era otro. “Tanto le había insistido a la persona que me atendió que se fijara cómo escribía el apellido que el error se filtró por otro lado: en lugar de Valeria Mercedes escribieron «Merdeces». No lo podía creer”, cuenta.

Valeria es otra de las portadoras de apellidos difíciles que, si bien está cansada de dar explicaciones, se siente feliz de su herencia. “Nunca sos uno más. La gente, al no saber pronunciar el apellido, termina haciendo una pausa, te mira a los ojos como pidiendo ayuda. Y después, te terminan llamando por tu nombre. Eso me encanta. Me hace distinta”, cuenta.

Caterina Schwartzkopf, de 23 años, estudiante de abogacía, sabe el efecto que causa en el interlocutor. “La gente ve tantas consonantes juntas y siente un nudo en la lengua”, asegura. Claro que haberse criado en un entorno alemán hizo que las cosas fueran más sencillas. Su apellido significa “cabeza negra” y es el nombre de una montaña que la mayoría de los alemanes conoce. “Pero cuando no son alemanes, terminás no teniendo apellido. Soy Caterina a secas. Igual no me lo cambiaría. Tener un apellido difícil de alguna manera marca tu personalidad. Te hace fuerte”, asegura.

“Es interesante desde el punto de vista de la filosofía. El nombre es esa zona de tensión entre lo propio y lo impropio. Es lo más propio que tenemos, pero uno no lo elige sino que se lo imponen. Con el apellido es todavía más complejo. Porque te va a acompañar toda la vida, se te impone y ni siquiera alguien lo eligió. Es una gran paradoja”, concluye Darío Sztajnszrajber, también conocido como el filósofo del apellido impronunciable.

S.C.