Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

La nueva inmigración ya deja su huella cultural en los barrios

Como a principios del siglo XX, Buenos Aires crece incorporando las costumbres de los extranjeros que la eligen para vivir.

(CABA) Eduard Meléndez se prepara sopa, lentejas, mandioca frita, como si viviera en Colombia. Pero no, está en el barrio de Palermo, Buenos Aires, Argentina. La dominicana María Isabel Berroa, una peluquera que también se dedica a esculpir uñas, escucha bachata desde temprano, como si estuviera en su país. Pero está en el barrio de Constitución, Buenos Aires, Argentina. La coreana Hye Hyun Son (Alexandra) organiza en un rincón de su restaurante una biblioteca con los clásicos de su país, algunos traducidos al inglés; su vecino, el empresario Song Hee Ho (Víctor) armó el club de amigos del cine coreano; así se sienten como en Corea, pero en el barrio de Flores, Buenos Aires, Argentina.

La Argentina y, en particular, su capital tiene una historia receptiva de inmigrantes. El proceso de migración de finales de siglo XIX se enmarcaba en la necesidad del país de contar con una inmigración blanca, europea en el proceso de repoblamiento y nueva identidad nacional que se estaba desarrollando, narra un texto de Verónica Dema en La Nación. La nueva inmigración, en cambio, se caracteriza por las complejidades de la globalización: multitud de orígenes y de propósitos. En ambos casos, “la migración, como proceso histórico siempre deja huella”, señala el doctorando en ciencias sociales y políticas, especialista en temas migratorios, Sergio Prieto Díaz.

Según el último censo nacional, en la ciudad de Buenos Aires hay 381.778 extranjeros, lo que representa el 13% de la población. Los barrios más receptivos en la última década fueron el de Constitución, Monserrat, Puerto Madero, Retiro, San Nicolás, San Telmo (Comuna 1), donde residen 50.948 extranjeros; le siguen Villa Lugano, Villa Riachuelo, Villa Soldati (Comuna 8), con 43.742 y son 40.967 los que eligieron vivir en el barrio de Flores y Parque Chacabuco (Comuna 7).

El barrio de Palermo está entre los seis más elegidos: viven 23.399 extranjeros. El 40% de los migrantes de los últimos años son del “resto de América”; hay una fuerte presencia de mexicanos, brasileños, uruguayos y colombianos, estos últimos, los que más aumentaron recientemente.

Las verdulerías de esa zona de la Capital, con diversidad de frutas típicas de Centroamérica, ofrecen una pista de esta tendencia. En la esquina de El Salvador y Salguero, Paco Pineda termina con una clienta y se pone a acomodar las frutas. “En el barrio hay una verdulería por cuadra”, dice. “A la gente de por acá le gusta comer mucha fruta“. Habla de cómo fue incorporando variedad en los últimos cinco o seis años.

Antes esto no se veía acá”, dice con un plátano en su mano; se parece a la banana pero no es dulce y se come frito. “Me lo piden mucho los colombianos y mexicanos“, comenta. Y también menciona frutas que sumó de tanto que se las nombraron: mango, papaya, maracuyá y guayabas. El maracuyá sólo lo trae por medido: cuesta $90 el kilo. La mayor demanda proviene de extranjeros, pero con el tiempo los porteños también las incorporan, como pasó con la palta.

migrantes

Si Constitución vive de fiesta, si allí habita el ruido y la risa estridente, en esta zona de Flores elegida por la comunidad coreana anida el silencio, la delicadeza de palabras y gestos. La comuna 7, de la que Flores forma parte junto con Parque Chacabuco, es la tercera receptora de extranjeros y la comunidad oriental tiene un peso preponderante. Lideran los inmigrantes bolivianos, peruanos y la tercera es la asiática.

Llegué con mi padre en el año 77, con la época de Videla. Yo tenía 13 años”, dice este empresario oriundo de Seúl que se dedica al comercio entre la Argentina y Corea. “En esa época mi país era más pobre que acá, ahora es a la inversa. Vinimos buscando una mejor situación para los hijos, ése era el principal objetivo“, agrega Song Hee Ho (Víctor). Se instalaron en la villa 1/11/14, a pocas cuadras de donde viven ahora. “En esa época había muchos coreanos en esa villa; fuimos progresando y terminamos acá en Flores. Mi papá pudo comprar una casa en tres años en aquella época. El se dedicaba al textil, como muchos coreanos“.

La familia de Víctor, ya con dos hijos, históricamente se dedicó al bazar. En la última década, con las restricciones para importar, el negocio se fue complicando y apostaron al cambio de rubro. La suegra de Ana, con ellos en la Argentina, propuso hacerse cargo de la cocina si abrían un restaurante. Eso hicieron los Ho. “Se consiguen todos los insumos, a veces, mejor que en Corea“, dice, y aclara que no es una exageración. “Hace años el repollo oriental no se conseguía. Con eso se hace kimchi, que es como el asado para los argentinos. Ahora llamo y hago el pedido y a la mañana lo tengo acá“, dice, encantado con la logística. “La Argentina es un paraíso para nosotros“.

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