Buenos Aires, 17/08/2017, edición Nº 2076

La nostalgia de la plaza Enrique Pichon-Rivière

Sólo queda el recuerdo.

apartamentobuenosaires15

Escribe Sergio Dubcovsky

(CABA) La plaza tiene una dirección precisa, exacta, como si fuera una casa, una mercería, una dependencia pública, un consultorio médico o un laverrap . No hace falta para ubicarla coordenadas imprecisas o cruce de calles que hacen más brumoso cualquier encuentro. Santa Fe 2257 es la dirección de la Plaza Enrique Pichon-Rivière. Y tiene dirección porque no es una plaza sino un terreno que se convirtió en un espacio que se parece a una plaza. Así, un pedazo ramplón de tierra en el medio de una manzana, con un frente (de métricos 8,66, seguro) sobre la avenida –ahora de doble mano–, pero que también tiene salida por Azcuénaga. Un terreno, en definitiva, en forma de ele, enrejado, embaldosado, con algunos juegos, arenero, algo de verde, elementos palmarios que la convierten en una plaza de juegos y descanso. Ese espacio es un vil subterfugio para eludir la hilera grisácea de edificios que se suceden, pero a la vez es un refugio contra el agobio y un antídoto contra el olvido de los que no la ignoran cuando deambulan, callejean o vuelan por las veredas de Santa Fe.

Lo más probable es que la plaza –esta plaza– sea una excepción de la excepción.

Hebras de sol se filtran un ratito a la mañana –apenas unas horas– entre el cemento que la bordea y no levanta barreras. Después, más tarde, sólo quedan lunares cálidos en ese cono de sombras que la enfría y al mismo tiempo la convierte en amparo.

Lo supe cuando nació Mateo –hace 19 años– y todas las mañanas, al mismo tiempo que los rayos dibujaban figuras arborescentes contra los muros –la plaza está cercada por medianeras–, llegaba con él en el cochecito. Ese lugar era la dimensión del encuentro.

Mateo no caminaba, no hablaba ni una palabra, sólo sabía hacer sonidos de animales y comía galletitas Lincoln durante las diez cuadras que andábamos juntos. A veces éramos los primeros en llegar. Yo me sentaba en un banco, lo ponía frente a mí –como si estuviéramos sentados a la mesa de un café– y le hablaba. Le contaba cuentos, historias, algún secreto y hasta me animaba a cantarle. Cuando llegaban algunas madres con sus hijos, lo sentaba en el arenero con algunos moldes, una pala, un balde, creo que un rastrillo, elementos de utilería que sembraba en forma escenográfica a su alrededor. Mateo los miraba con morosidad y me sonreía con sus encías con poquitos dientes. Ignoraba que yo lo estaba lanzando en cada uno de esos intentos al durísimo mundo que implica socializar con otros chicos. La puesta –Mateo en el centro, rodeado de juguetes– pretendía que los otros pibes, los que iban llegando, se acercaran, quisieran jugar con él. Lo quisieran como lo quería yo.

Hasta que Mateo creció y pudo caminar –las baldosas de esa plaza fueron una buena pista de pruebas–, los otros chicos más grandes lo ignoraron en ese hábitat casi selvático que suelen ser las plazas. Mateo no sufría. Los pibes le sacaban los juguetes para llevárselos a otros sectores del arenero. El los miraba con asombro, despreocupado, curioso, me volvía a sonreír y empezaba a hilvanar sonidos, frases ininteligibles, pero rítmicas.

Cuando pasaba un tiempo y todavía lo veía solo, sucio de arena, me sentaba a su lado y jugábamos a hacer tortitas, que Mateo rompía con las manos o con la pala. Ahí sí: otros chicos se acercaban. Mateo los miraba y me sonreía otra vez más. Yo seguía haciendo tortitas que ahora no sólo rompía mi hijo. Al rato, Mateo me miraba y me estiraba los brazos. Lo alzaba, le sacudía la arena, lo sentaba en el cochecito, recogía los juguetes que habían quedado desperdigados por toda la plaza, los guardaba en una bolsa y nos íbamos.

Hoy, todavía, cuando transcurrieron muchísimos años, al pasar por esa cuadra de Santa Fe, inevitablemente –aunque esté apurado o tapado de problemas–, miro a través de la rejas. Casi nunca hay chicos jugando, pero nada puede corroer los pliegues de la memoria. Cuando miro la plaza entonces están titilando los recuerdos, como si Mateo estuviera sentado sobre la arena, sucio, con sueño, y me estirara los brazos para que lo vuelva a levantar y lo lleve conmigo.

Fuente: Clarín

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