Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

La muestra de arte de López Armentía

Para entrar en el mundo de López Armentía que también es nuestro, hay tiempo hasta el 25 de agosto en el Museo Sivori frente al Rosedal de Palermo, y también en la sala de “La línea piensa” en el Borges. (CABA) Gustavo López Armentía (1949) exhibe alrededor de 70 obras, en el Museo Sivori, esculturas objetos y pinturas de técnicas mixtas realizadas entre 1996 y 2012, y le pide a...

Para entrar en el mundo de López Armentía que también es nuestro, hay tiempo hasta el 25 de agosto en el Museo Sivori frente al Rosedal de Palermo, y también en la sala de “La línea piensa” en el Borges.

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(CABA) Gustavo López Armentía (1949) exhibe alrededor de 70 obras, en el Museo Sivori, esculturas objetos y pinturas de técnicas mixtas realizadas entre 1996 y 2012, y le pide a Ana Jaramillo, Rectora de la Universidad Nacional de Lanús, que en el texto de presentación no hable de la pintura, sino que trasmita las interminables charlas de café, donde hablaron de los sentimientos de lo que era “el espíritu de la época en los setentas”.

“De la potencia del retorno de la ilusión, de la fuerza del pueblo en la calle, de sentir la necesidad de ser con otros, de salir del trabajo individual, de la pasión creativa, del tango y de la música, y de muchos etcéteras que Leonardo Favio denominó sintéticamente, sinfonía de un sentimiento”. Comenta la Dra.

Asaltado tal vez por el desasosiego que las palabras en lo contemporáneo ocupan, a veces el lugar de la obra, acude quizás al autor la sensación de una mudez, de una necesidad de decir más, de compartir las pasiones que lo envuelven.

Sin embargo la Rectora reconoce que: “para los que trabajamos con ideas, con conceptos, con creencias y valores y pretendemos teorizar acerca de la realidad, de comprenderla y explicarla, y sabiendo que no se reduce ni a la política, ni a la economía, ni a la religión, deberíamos construir castillos y torres de palabras, cientos y miles de volúmenes para expresar lo que un artista logra con un adagio, con una pincelada o con una rima”.

Es verdad que las pinturas no narran todo, tampoco deberían, pero como bien lo explica la Dra. Jaramillo y bien lo sabe el artista, despliegan en otra lengua sus propias cosmogonías, geografías dolorosas de una sensibilidad histórica.

Percepciones que se vuelven metáforas, construidas por el resultado del material manipulado, que arrastra su propia carga, en un intrincado sendero hacia el inconsciente colectivo. Sinestesias que se despliegan como en “La habitación” de 2001, que en realidad es una gran cabeza de chapa de hierro y madera, como un corte vertical de un edificio, entrañas donde se pueden ver una simultaneidad de pasajes en su interior.

Hay botes encallados, otros que viajan llenos de personitas, también aviones que llevan la vida a otra parte en sus alas, como en “Historia de una llegada” (1999) o “Río de la plata” de 2010, donde el paisaje gris de un gran barco es apenas iluminado, por el color de los nombres de los países de origen de la carga humana.

Criollo
Criollo
Una recurrencia que atraviesa el cuerpo de sus trabajos , una inquietud que permanece en el murmullo de las voces que cruzan la nave de todos los tiempos, así nos habla de padres inmigrantes, en la circularidad trágica de las “pateras”.

De ese modo trae el mundo negro, con el óxido de las chapas y la reconstrucción a partir de lo deshecho. Estas pinturas, las hermosas figuras y cabezas de bronce que se elevan en un africanismo lejano, pero que recogen la intemperie de los nuevos refugiados sin fronteras y de todos los desamparos.

El pintor recurre a los títulos y las letras, como guía de la angustia que pudo haber disparado la realización de estos trabajos, que a su vez siempre tienen su propio camino, más allá de la intención del creador.

“Los triunfos en la derrota” de 2002, una América Latina que chorrea, con los enormes cubiertos cruzados sobre su lomo, obra de casi 3x3m, y que con 15cm de espesura alerta de fagocitaciones, de “la mesa está servida” para el banquete neoliberal y salvaje, donde el sur de nuestro continente es un gran churrasco y nosotros el carozo de la aceituna que se escupe.

Igual que “Conocidos del mundo”, un gran plato calado que en sus filigranas se inscriben referencias como puertos, esta vez cuchillo y tenedor a los costados, nos enfrenta a la crisis de principio de este siglo.

Entre el peso de los bloques de cemento donde se asientan sensibles figuras repujadas, dibujos sutiles que lastiman el soporte, hendiduras que a su vez desaparecen al tacto, a causa del pulido final de la superficie, una laca transparente que produce una piel como un límite espejado. Se crea una extraña forma de tensión.

Mientras se recorren las obras, sus títulos y los años de realización, se percibe un autor embebido en la lectura de la historia con sus cambios, una inquietud que a su vez asienta en fechas paradigmáticas como marcas del horror y del dolor, que graba en estos escenarios.

Así aparece grande y enrejada la “Plaza de Mayo” a manera de un plano, los hombres demasiado pequeños ante el 16 junio de 1955, el 2001 o el 27 octubre de 2010.

Coordenadas temporales en imágenes expresivas, una poética que narra una épica de resistencia, como en “Subiendo con todo”, una imagen que en su tracción titánica, nos remite a los dibujos del puerto y a Quinquela.

En “Puente Avellaneda”, Armentía une dos épocas de desocupación violencia y desamparo, a través de una imagen que nos lleva directo a la pintura “Sin pan y sin trabajo” de Ernesto De la Cárcova de 1893, consigna y cuadro enarbolado como estandarte durante la crisis de este milenio, época de trabajadores despedidos que hambreados se hicieron piqueteros.
Donde quien mira por la ventana, ya sin vidrios, es la mujer de espaldas al espectador, que con una mano trata de consolar al hombre echado en un catre.

Las fechas que se inscriben en el cuerpo de la obra organizan un relato.

Puntos cardinales tatuados, burilados, raspados, como las heridas en la piel del planeta, perforaciones en las fronteras, alambrados que se despliegan como límite y también como material de construcción.

Fondos densos, una arena de recuerdos nómades y luchas silenciosas, la resiliencia del material y de la carne se hacen uno. Un susurro melancólico respetuoso del dolor, convoca a la reflexión.

Estas pinturas viven en el contrapunto de la materia, el pesado cemento de su soporte, sostiene grafismos de figuras, territorios y aviones, que cruzan el cielo de los sueños y de los recuerdos, enhebran los dolores de cuerpos lastimados, de separaciones y expulsiones, del exilio de la sinrazón, un tatuaje sutil que hiere la piel, o sea la corteza de este mundo.

Con la sutileza de los dibujos y la contundencia de esos bloques de cemento Gustavo pinta todas las aldeas con los colores de la tierra, en una poética intimista crea una convivencia entre la realidad y la historia, un diálogo que construye como un albañil, las manos en la masa de cal arena y mármol con metal desplegado, y la alquimia de un artesano que funde el bronce en el fuego de recuerdos y sentimientos.

“Quizás esa forma fantástica, con la cual López Armentía expresa la épica y la lírica, es lo que provoca la reminiscencia. Y nos susurra su complicidad melancólica al corazón”.
Confiesa Jaramillo, mientras dice que: “Así pasamos de sentir la Plaza de Mayo, a la épica de la construcción de América Latina, a la sonoridad de nuestra música, a volver a sentir las alegrías, los anhelos y los dolores de un pretérito que en tanto ideal era la perfección, pero que terminó siendo pretérito imperfecto, realidad doliente aún hoy, pero con las pasiones de siempre que nos impulsan a una nueva ilusión y a una nueva épica”.

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