Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

La luthería renace en una de decena de escuelas públicas

En el año 2000 había sólo una. Hoy, el oficio de construir instrumentos suma nuevos adeptos y se profesionaliza.

El luthier estuvo por décadas vinculado a lo artesanal, al oficio autodidacta. El imaginario social lo veía como esa persona silenciosa encerrada en su taller, generando instrumentos casi mágicos que logran la maravilla energética de liberar música. Pero a ese encanto de hechicero se ha sumado en los últimos años lo académico, y el oficio se fue profesionalizando a pasos agigantados: de una sola escuela pública de luthería que había en la Argentina en 2000, hoy funcionan al menos 12. La demanda de músicos que buscan “su” instrumento de autor aumenta, y ya son más de 600 las personas que estudian luthería en todo el país.

“Sonidos de nuestro pueblo.” Así se llamó la Feria de Luthiers que se desarrolló a fines de junio en la Manzana de las Luces, con apoyo del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Allí se pudo comprar a buen precio instrumentos de las diferentes regiones del país, pero sobre todo se buscó visibilizar el oficio, algo que persigue como un mantra la Asociación Argentina de Luthiers (AAL) desde que se creó hace 15 años. Actualmente, superan los 130 miembros, informó Tiempo Argentino.

“Cada vez se busca más la formación. Cuando arrancamos con la Asociación sólo existía la escuela de Tucumán. Dejó de verse como un oficio a punto de perderse, que lo tenían dos viejos, para ser visto como un oficio del que se puede trabajar”, asegura Ángel Sampedro del Río, secretario de la AAL. Remarca que tienen como eje central “mostrar el elemento artesanal de alta calidad, no sólo como remplazo de importaciones”, y soslaya la continua diversificación del mercado: “Uno piensa en guitarras o violines, pero este es un fenómeno bastante más amplio.” Él es un ejemplo, con sus instrumentos de viento. Arrancó haciendo música, de adolescente, como la mayoría. Después dejó y se metió de lleno en el material. Con eso está hace 30 años. “Le di mucha bola a la cuestión acústica. Es importante en las carreras de luthería la comprensión científica del funcionamiento del instrumento, y no solamente la parte poética.

Rafael Gedda es el encargado de coordinar la capacitación sectorial en la AAL junto al Ministerio de Trabajo de la Nación. Da clases en la escuela de luthería de Cosquín, Córdoba, donde la cursada dura entre tres y cinco años, dependiendo del instrumento que se elija. Este año ingresaron 80 estudiantes, inclusive de Colombia y Venezuela. A la de Tucumán y la de Cosquín se sumaron en el último lustro otras en Bariloche, Lago Puelo, Salta, Ciudad Oculta, Bajo Flores, Vicente López, La Plata y Rosario. En el segundo semestre de este año se sumarán el flamante Centro Cultural Kirchner y la Casa Cultural Víctor Jara, donde se enseñarán cuerdas latinoamericanas e instrumentos andinos. Gedda, especialista en percusión, uno de los rubros que más creció en los últimos años (“me da mucho placer trabajar con el cedro boliviano”), remarca: “De cada diez músicos, por lo menos cuatro eligen un instrumento de autor antes que uno en serie. Por el sonido y la calidad del material, ninguna fábrica puede equipararse a uno de autor.”

La luthería supo dictarse como materia en escuelas técnicas décadas atrás, pero en los ’90 casi queda recluida en el olvido, por la pérdida sistemática de oficios y, sobre todo, por un tipo de cambio y de impulso a las importaciones que generaron la llegada de guitarras Fender o Gibson, entonces más baratas que una personalizada. “Estos 12 años, las políticas han sido otras y el Estado está presente”, resalta Gedda.

La que sobrevivió a todos estos tiempos fluctuantes es la Escuela de Luthería que depende de la Universidad Nacional de Tucumán. Fue fundada en 1948 por el prestigioso luthier Alfredo Del Lungo, para hacerse cargo de los instrumentos de la Orquesta Sinfónica de la UNT. La carrera de Maestro Técnico Profesional de Luthería dura cinco años y se focaliza en la construcción y reparación de instrumentos de cuerdas, con materias teóricas como botánica y dibujo técnico. Atienden a los adelantos tecnológicos y el moldeado 3D, pero la mayoría sigue optando por la magia del tallado a mano.

Julio Malarino, diseñador gráfico, es director de la escuela El Virutero, en Vicente López, creada en 2000. Allí cada alumno se arma su propio programa. Él fabrica unas 12 guitarras por año, clásicas y archtop. En 2016 formará parte de la primera licenciatura universitaria de Luthería de Latinoamérica en Tolima, Colombia. Y se entusiasma: “Acá también se viene el proceso de profesionalización.”

Conocí la luthería a través de los instrumentos eléctricos, en 2008. Fue lo primero con lo que empecé. Calibraba guitarras de amigos, conocidos y todo el que se animaba a llevármela. Tenía 16 años.” Así arranca su testimonio Julia Gallardo, una joven tandilense de 23 años que en 2010 decidió que lo suyo era estudiar el arte de construir instrumentos musicales. Y en Tucumán, donde se emplaza la escuela pública más antigua de luthería del país.

Continúa: “Me quedaba un año para terminar la secundaria y en la casa de mi profe de guitarra conocí a un chico que había estudiado en la Escuela de Luthería de Tucumán y tenía en un estuche una guitarra construida por él. Lo llené de preguntas acerca de la carrera, cuántos años duraba, a cuántos kilómetros quedaba Tandil de Tucumán. Después lo charlé con mis viejos y decidí venirme a San Miguel de Tucumán.”

La carrera dura cinco años durante los que se construyen cuatro instrumentos: guitarra, violín, viola y violonchelo. “Hay un curso intermedio y materias teóricas que complementan la formación práctica.”

Hasta ahora, la violería es lo que más disfruta. Trabajan con maderas importadas como el pino abeto, arce, ébano y palisandro de la India, “muy hermosas y de óptimas características acústicas y físicas”, y otras oriundas de la Argentina, desde el algarrobo “hasta maderas quizás menos conocidas, como cancharana, tarco, guayacán, laurel y cedro”.

Tiene compañeros de Bolivia, Chile, Canadá, Ecuador y de distintos lugares del país: “El nivel y la calidad de enseñanza son altísimos”, dice Julia. En estos cuatro años y medio construyó guitarras, violines, ukeleles, cajones peruanos y tiene una viola en camino: “Es algo que este maravilloso oficio te permite hacer; cuando uno aprende a utilizar las herramientas y a saber cuál es la madera adecuada para cada instrumento, van surgiendo ideas y proyectos que, con la ayuda de maestros y compañeros, y el mismo coraje propio, se pueden concretar.”

El sonido, por encima de lo decorativo

El luthier Ariel Santanera, a cargo de una escuela privada en San Cristóbal donde da clases teórico-prácticas, destaca que “hoy en día hay muchos sitios donde aprender el oficio. En siete años, su escuela ya reunió a 310 egresados. Pasó de 15 en 2008 a 53 en 2014. Según ha declarado Santanera, fan de la Fender Stratocaster, eliminó la sobrecarga de elementos decorativos “que no contribuyen en nada a mejorar la resonancia”. Él se encolumna detrás del sonido y del diseño: “No caigo fácilmente en tentaciones estéticas que puedan afectar el sonido final. Esto es en general, porque he caído y es posible que vuelva a caer”.

Ramón, uno de los profesores de Jatun Maki (“manos generosas”, en quechua), la escuela de luthería que funciona en la Manzana de las Luces, comenta que “la luthería te pone en la disyuntiva de si sos o no lo que querés ser”. Quince alumnos terminaron el curso en 2014, y este año ya son 30 los inscriptos. Muchos se van al finalizar su instrumento, pero otros quieren desarrollarse en la profesión. Ramón subraya la paciencia y el compromiso como claves para el oficio: hay que ser consciente, dice “de que uno está modelando un elemento que está vivo, y en él va a vivir el sonido”. Y agrega: “No hay maderas malas, sólo hay maderas que sirven para una cosa o para otra, para un mástil o un diapasón. Por su aroma y por ser dócil, mi favorita es el cedro”.

Cursos en el CCK

El Centro Cultural Kirchner y la Casa Cultural Víctor Jara sumarán cursos de luthería a partir del segundo semestre. El 16 de julio comienzan los talleres en el CCK, “con cursos en tres niveles y módulos de 120 horas reloj”, informó Rafael Gedda, de la Asociación Argentina de Luthiers.

Carrera de grado

A pesar del aumento de las escuelas y talleres públicos que dictan luthería, desde la Asociación Argentina de Luthiers se lamentaron de que aún no exista una licenciatura, a lo sumo extensiones universitarias como en Tucumán, por eso iniciaron gestiones para que la capacitación llegue a tener formación de grado.

 

Fuente:Infonews.com

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