Buenos Aires, 12/12/2017, edición Nº 1854

La importancia de los libros y la tecnología para el desarrollo mental

Preservar las funciones cerebrales no depende solo de una buena alimentación y juventud, sino de mantener el cerebro en actividad con lectura y ejercicios. (CABA) Hace ya tres siglos, Johann Peter Frank, pionero de la salud pública, reconocía que “la miseria del pueblo es la madre de todas las enfermedades”. Hoy se sabe que la pobreza también tiene un impacto negativo (y aún más inadmisible, si cabe) en el desarrollo...

Preservar las funciones cerebrales no depende solo de una buena alimentación y juventud, sino de mantener el cerebro en actividad con lectura y ejercicios.

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(CABA) Hace ya tres siglos, Johann Peter Frank, pionero de la salud pública, reconocía que “la miseria del pueblo es la madre de todas las enfermedades”. Hoy se sabe que la pobreza también tiene un impacto negativo (y aún más inadmisible, si cabe) en el desarrollo cognitivo y emocional de los chicos.

Trabajos realizados en el país y en otras partes del mundo prueban que las “necesidades básicas insatisfechas” se traducen en mayor riesgo de bajo desempeño cognitivo para la edad.

Los factores que explican este handicap son múltiples y complejos: abarcan desde la falta de acceso a una buena nutrición o la falta de estimulación durante los primeros años hasta el bajo nivel de educación de los padres.

Pero en medio de esas circunstancias desfavorables acaba de lograrse un avance: un equipo de investigadores de la Unidad de Neurobiología Aplicada del Cemic-Conicet identificó el “valor mediador” de distintos factores de la pobreza que inciden en el desarrollo cognitivo infantil.

Los científicos comprobaron que la carencia de libros o apuntes, no tener acceso a Internet y el escaso tiempo de los padres dedicado a la alfabetización están fuertemente vinculados con el bajo desempeño en pruebas cognitivas.

“La estadística es compleja, porque hay muchos factores . Dentro de ese cúmulo pudimos explicar sólo algunos”, cuenta el doctor Sebastián Lipina, primer autor del estudio, también firmado por Soledad Segretin, Julia Hermida, Lucía Prats, Carolina Fracchia y Jorge Colombo, que se publicó en una sección especial dedicada a trabajos científicos sobre pobreza infantil y desarrollo cognitivo del número de septiembre de la revista Developmental Science.

“Lo que encontramos es que una gran proporción del bajo desempeño está asociada con la capacidad del hogar para ofrecerles a los chicos instrumentos, como libros y apuntes, y con la cantidad de tiempo que los padres dedican a hacer actividades relacionadas con la alfabetización de sus hijos; por ejemplo, leerles cuentos -detalla-. Otra de las variables decisivas es el uso de computadoras y de Internet. En nuestro estudio, tener menos acceso a computadoras explica parte de los efectos dañinos de la pobreza sobre el desempeño cognitivo de niños de cuatro y cinco años.”

Estas conclusiones surgen de los resultados obtenidos en tests que no evalúan la inteligencia general, sino funciones neurocognitivas que tienen que ver con la autorregulación. “Es un aspecto del desarrollo humano que varía de individuo a individuo, y que está involucrado en cualquier situación de aprendizaje a lo largo del ciclo vital”, explica Lipina.

Autorregularse implica poder hacer planes, inhibir una respuesta, frenarse a tiempo para adecuarse a una situación.

Los circuitos de autorregulación también tienen que ver con la empatía (con la posibilidad de reconocerse uno mismo y a otro en una situación social), con el control de la atención y, por supuesto, con la modulación emocional.

“Es la capacidad de estar en una situación determinada en la que hay que lograr un objetivo -por ejemplo, aprender un contenido-, e inhibir el impulso de jugar o de pegarle a un compañero”, ilustra el investigador.

Para analizar la autorregulación infantil, los científicos les propusieron a los chicos pruebas en las que debían cumplir consignas con demandas de control cognitivo. Luego cuantificaban ensayos erróneos, perseverativos y correctos.

En 2005, el grupo del Cemic publicó uno de los primeros trabajos sobre cómo la pobreza influye sobre esas capacidades, que empiezan muy temprano, durante el primer año de vida.

“Entre otras cosas, lo que encontramos en 2005 fue que un chico de 6 a 14 meses que se cría en un hogar con necesidades básicas insatisfechas tiene más dificultades para controlar la inhibición de impulsos -detalla Lipina-. Entonces persevera más en la búsqueda de objetos en lugares donde no están, a pesar de haber visto dónde los escondíamos. Tampoco puede sostener en el tiempo las respuestas correctas que había manifestado. Lo que ahora sabemos es que no alcanza con analizar solamente un desempeño, porque por la plasticidad cerebral y comportamental, cuando uno encuentra un desempeño bajo, es posible modificarlo con un plan adecuado de estimulación.”

Los científicos habían mostrado entonces que la estimulación cognitiva, tanto grupal como individual, tiene efectos positivos.

Lo probaron por medio de programas piloto que ofrecían actividades destinadas a desarrollar distintos comportamientos considerados inteligentes, como la planificación, la memoria de trabajo o de corto plazo, la atención y la flexibilidad.

Por ejemplo, estimularon la capacidad de planificación con una prueba denominada «torre de Londres», en la que los chicos ordenan una configuración de bolitas de acuerdo con un modelo que hay que reproducir con el menor número de movimientos posibles. También trabajaron sobre la capacidad de atención haciendo que observaran una lámina con distintos dibujos y luego taparan los que eran iguales. Y sobre la memoria, haciendo que recordaran una secuencia de hasta nueve cubos en los que se encendían luces.

En estse nuevo trabajo, trabajaron con 250 chicos sin trastornos de desarrollo de los barrios de Belgrano, Flores y Parque Chacabuco, que viven con pobreza o sin ella (medida a través del criterio de necesidades básicas insatisfechas).

Para analizar su autorregulación, los científicos les propusieron ejercicios en los que debían cumplir determinadas consignas. Luego, cuantificaron ensayos erróneos, perseverativos y correctos.

Pero esencialmente lo que hicieron fue mejorar la manera de evaluar estas capacidades empleando nuevas pruebas que permiten analizar con mayor precisión el desempeño.

Una vez más, encontraron que, en los chicos que crecían en un medio ambiente pobre, la atención, la memoria de trabajo, el control inhibitorio, la localización espacial y el automonitoreo estaban sistemáticamente por debajo de lo esperado para la edad.

“Tienen mayores dificultades para poder sostener representaciones que les permitan resolver problemas, armar planes, prestar atención adecuadamente, inhibir impulsos o interferencias ambientales… Lo sabíamos y volvimos a probarlo con nuevos estudios -comenta Lipina-. Y esto nos preocupa, porque siguen existiendo falencias de la comunidad para protegerlos. Algo hay que hacer diferente, porque sabemos que con intervenciones desde el hogar, desde la escuela o desde lo comunitario estos chicos pueden llegar a desempeños acordes con su edad.”

Lo importante era encontrar “blancos” a los que apuntar para ayudar a cada uno de esos chicos. Identificar en qué medida incide cada uno de esos factores ambientales que explican el bajo nivel de desempeño para saber con mayor claridad dónde hay que intervenir. “Porque incluso con el mismo medio ambiente, si se cambiaran esos factores críticos, se podría mejorar el desempeño cognitivo”, subraya el científico.

fuente consultada: La Nación

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