La historia jamás contada entre Carlos Monzón y Susana Giménez

La historia jamás contada entre Carlos Monzón y Susana Giménez

(CABA) El famoso productor y director bajó de su Mercedes Benz, tras estacionarlo indebidamente en la puerta del Luna Park. Un mechón rubio le daba más carácter a su rostro severo.

—Escuchame Tito, si Monzón filma esta película, nada le va a pasar como boxeador, te lo garantizo. Es justo el “physique du rol” que estoy buscando: altura -1.81-, peso -73 kilos más o menos-, musculatura notablemente natural. Además, bien indio, bien macho… Y vestido da mucha pinta. Es ideal para mi personaje.
—Vea señor Tinayre, yo entiendo todo, pero este muchacho es Campeón del Mundo, tiene muchas peleas por realizar que ya están firmadas, ¿me entiende? Además, mi estimado amigo, no nos engañemos: tiene dificultades para leer y le cuesta mucho hablar ante la gente. Aunque le parezca mentira, Carlos es muy tímido…
—Sabés mucho de boxeo, nada de cine. ¿Quién te dijo que va a hablar? Lo doblamos. ¿Quién te dijo que va a leer? Nada, mímica, todo lo dirá naturalmente. No tiene que leer, el apuntador le irá marcando. Tito, es una oportunidad bárbara para él.

—Mire, Tynaire, casi estamos saliendo para París. Qué se yo, a la vuelta veremos… Ah, por curiosidad, ¿la película de qué trata?
—Es una película de amor. Una chica pobre y un campeón consagrado, popular, célebre, se enamoran. Lo de siempre, Lectoure.
—Y dígame, ¿quién será la chica pobre?
—Una maravilla Tito, una belleza, oro en polvo, alguien que después de esta película se consagrará para siempre.
—¿Y cómo se llama?
—No la vas a conocer. Se llama Susana Giménez.

—¿La chica de la propaganda, la de “shock” o algo así?
—La misma. ¿Qué me dice?
—Que Monzón viajará a París, peleará con Mantequilla Nápoles, no sé, hablaremos en el viaje y lo consultaré a Alain Delon, que se asoció con Rodolfo Sabatini. Ellos son los promotores del combate. Además usted sabe que Delon le recomendó no aceptar una oferta de Pier Paolo Pasolini para hacer en Cinecittá “Las mil y una noches”. Así que… veremos. A la vuelta hablamos, Tinayre.

Faltaban tres días para la pelea. Transcurría febrero de 1974. Inaugurábamos el hotel Sheraton Montparnasse de París como huéspedes VIP. Como cada día de entrenamiento a las 14:25, o sea cinco minutos antes de partir hacia el gimnasio, el doctor Roberto Paladino se disponía a aplicarle una inyección intramuscular de vitaminas.

Abelito, el segundo hijo de Monzón, quien tendría por entonces unos ocho o nueve años, jugaba a la pelota en la suite presidencial que le habían asignado al campeón. Iba y venía. Disfrutaba y corría. Transpiraba. De pronto, se detuvo, secó su frente y se sonó la nariz en la cortina de voile suizo que cubría el amplio ventanal.

—No, Abelito, eso no se hace– señaló el doctor Paladino.
—Déjelo, Tordo, que yo cuando era chico no lo podía hacer– respondió Monzón, como si aquello tuviese un significado reivindicatorio de su menesterosa niñez.

Monzón resolvió la pelea contra Mantequilla en siete rounds. Hizo algo extraño en él: a la altura del tercer asalto tomó la nuca del cubano (exiliado en México) con la izquierda y le pegó un cross de derecha. Esa noche su actitud en el ring parecía más suelta y expresiva que en peleas anteriores.

No sólo peleó, ganó y arrojó la muestra de orina –que no era la de él, obviamente- cuando los oficiales del Consejo Mundial del Boxeo le exigieron verlo miccionar, al regresar al hotel, cerca de las cuatro de la madrugada; sino que, además, no se separó de una carpeta que escondía para evitar ser advertido. La carpeta contenía el guión de La Mary y recién pudimos pegarle un vistazo en el viaje de vuelta.

Daniel Tinayre y su esposa Mirtha Legrand lo habían casi convencido para hacer la película a la que Tito Lectoure, empresario y dueño del Luna Park, era reticente antes de la realización de ese viaje. Para Monzón la palabra de Amílcar Brusa, su maestro y manager, era tan sagrada como indiscutible. Y Brusa, contactado por otro lado por Mirtha Legrand y Daniel Tinayre, había dado el ok bajo algunas obligaciones que jamás fueron cumplidas. La primera: “Que la actriz principal o cualquier otra mujer del elenco no tuviera ningún tipo de contacto con Monzón fuera de los lugares de filmación”.

Ya de regreso en Buenos Aires, Monzón encaró al doctor Paladino en la esquina de Lavalle y Bouchard, a pocos metros de la entrada al gimnasio Luna Park.

—Tordo, ayúdeme… Deme algo– siguió pidiéndole el campeón a viva voz aquella tarde, casi a fines de marzo del 74.
—Pará, pará, hablá más bajo que se escucha todo– le respondió el doctor.

Y casi murmurando le preguntó: “¿Qué te pasa?”.

—Estoy filmando la película, ¿vio?… Doctor, no puedo seguir, esa mina me vuelve loco, la miro y se me para, la toco y exploto. Deme algo, no se qué hacer.
—Nene –le dijo el médico- para eso no hay nada, ¿qué te puedo dar? Manejate con la mente.

La filmación tuvo interrupciones obligadas. Los protagonistas, varias veces, abandonaron el guión y el set, y se refugiaron en la carpa.

Para Monzón, Susana fue, además de un gran amor, la refundadora de su vida. De una vida distinta. El desafío consistía en bajarle la dosis de instinto y aumentar la de la razonabilidad. Los dos pusieron todo, pero la naturaleza de Carlos no siempre encontraba la tolerancia o la sociabilidad que ella esperaba.

—Vení que María Félix te quiere conocer– le pidió Susana, durante una estadía en París. Tenía el entusiasmo de quien podía departir con una celebridad admirada.
—¿Y quién es…?– le preguntó Monzón que no se dejaba manejar.

Las hogueras también abdican. De a poco la Mary y el Cholo -sus nombres de ficción en el film-, a pesar de sus esfuerzos, de diversas maneras y tras agonías fatalmente circulares, se quedaron con los recuerdos imborrables de un idilio que generó mas de 300 portadas de revistas y el doble de notas. Fueron una de las parejas más cubiertas por la prensa, donde quiera que estuvieran.

Algunos años después, Carlos me invitó a la casa en la que habitaron él y Susana. Un lujoso departamento en Sucre y O’Higgins. Esquina que nunca pudo pronunciar bien Carlos. “¿Dónde vivís, Carlos?: “En Oigins y Suquer”, decía. Me llamó la atención que detrás de una cama king size hubiera un gigantesco jacuzzi -sobre un piso de mármol- de accesibilidad directa, casi como una parte de esa cama, un leve saltito apenas.

Y recordamos cuando Susana fue a verlo por primera vez al Luna. Defendió la corona contra el australiano Tony Mundine. Fue en octubre de ese año, el año que la conoció, el de La Mary: 1974. Ganó por nocaut técnico en el 7°. Fácil.

—¿Vos escuchabas lo que cantaba la popular del Luna?- le pregunté.
—Y cómo no voy a escuchar, claro.
—¿Y qué cantaban? Dale, dame el estribillo.
—Esperá, algo de Susana y yo, algo así: “Se siente, se siente, Susana está caliente”… Eso cantaban.

Después, vino el viaje a Nueva York. En su camarín, Carlos estaba muy nervioso, pues no había podido ver antes a Susana, quien llegó el mismo día de la pelea, cumpliendo un pedido de Brusa, el manager de Monzon. Su ingreso al Madison Square Garden fue glamoroso. Fotógrafos, especialmente de medios argentinos, no dejaban de acosarla. Monzón volvía a defender su título. Esta vez frente a Tony Licata. Le ganó por nocaut técnico en el décimo round. Y esa noche –30 de junio de 1975- también se enfrentaban, por el campeonato del Mundo de los medio pesados, dos argentinos: Víctor Galíndez –quien se impuso por puntos- vs Jorge “Aconcagua” Ahumada.

Hay dos París en la vida de Monzón. Un París de la Avenue de la Grande Armée, la Torre Eiffel, Champs Elysées, las Galerías Lafayette, el Hotel Le Méridien o el Sheraton Montparnasse. Luego hay otro París que es el que disfrutó con Susana. En este último se agregaron la Place Vendôme, la Rue Saint-Honoré y el hotel George V. El París de Louis Vuitton, Hermés o Dior.

En éste están parte de los 45 trajes, las 170 camisas, las 300 corbatas y un par de zapatos para cambiar cada día de un año. Delon le había recomendado vestir siempre con trajes oscuros de dos tonos: negro o gris. Susana le cambió el vestuario, fue a lo formal, lo informal, a la ropa de día y aquella otra para la noche.

Comencé a sentir, como infaltable comentarista de cada una de sus peleas en cualquier ring del mundo, que había “perdido” a aquel muchacho que en los primeros viajes –y tras una fugaz travesura con una reina de la calle Corrientes-, me pedía caminando por París que lo ayudara a comprar “paté”. Lo llevé a una boucherie. Cuando vio que se trataba de una carnicería, me paró gritando: “No, no, un paté, a ver, acá lo tengo anotado, me lo anotó la mina que me lo pidió”. Metió la mano en el bolsillo del buzo, lo extrajo y me lo dio a leer. Se trataba de un Patek Philippe, uno de los más caros relojes del mercado de élite, con modelos exclusivos.

Aprender a manejar los cubiertos, tomar clases de pronunciación lingüística, ensayar movimientos expresivos con las manos, incorporar modales de protocolo: la puerta de un auto, de la casa, de subir una escalera antes que la dama y bajarla tras ella… Hizo o intentó hacerlo todo. No sirvió. En algún momento la pareja habría de responder a su propia e indesafiable naturaleza.

Montecarlo fue el final. Más precisamente el hotel L’Hermitage, en los días previos a la primera pelea con Rodrigo Valdez, en junio de 1976. Allí un gran amigo, periodista, escritor y dignificante de la profesión, Alfredo Serra –enviado especial de Gente- debió darle socorro a Susana escondiéndola en su habitación ante algún grito con frenesí de fuga.

Antes de cada pelea, Monzón se alteraba. Ya sea para dar el peso, por la misma pelea, porque siempre quien arriesgaba era él, por las expectativas, por los dolores en los nudillos de ambas manos, porque se iba acercando el final… él lo sabía y tenía previsto hacerlo voluntariamente y no tras una derrota. Por todo eso y por Montecarlo que lo acercaba y lo alejaba de una Susana requerida y a quien no podía controlar.

Fueron duros esos días. Y Monzón no solo disparó golpes en los entrenamientos… No sólo le pegó a sus sparrings…

Todo lo posterior fue tormentoso. Celos, escenas, persecuciones, engaños. Otros actores en la intimidad de cada uno. Algunos espontáneos, otros “fabricados”. Y final.

El boxeador fue grandioso. El mejor campeón del Mundo que tuvo la Argentina y unos de los tres mejores peso mediano de la historia, junto a Sugar Ray Robinson y Sugar Ray Leonard en una puja infinitesimal con Marvin Hagler, Tommy Hearns y Mano de Piedra Durán.

Implacable, frío, estratégico, medía con la izquierda y esperaba con infinita paciencia el hueco para disparar una derecha precisa e infalible, caminando verticalmente hasta cerrar las salidas laterales de sus adversarios. Así le ganó a Nino Benvenuti las dos veces. Así desbastó a Denny Moyer, a Tom Bogs, a Jean Claude Bouttier, a Gratien Tonna, a Emile Griffith y a Bennie Briscoe.

Monzón no era espectacular. No era visible, ni veloz, ni carismático. Era tenaz, paciente, instintivo y como las fieras, acechaba hasta el momento del ataque final. Se valía de una izquierda larga, inalcanzable y robótica y un derechazo ascendente o cruzado infalible para dañar hasta noquear.

Esta criatura, surgido de la marginalidad abyecta, alcanzó la fama, la admiración y la gloria. Fue recibido por presidentes, reyes y príncipes. Amó y fue amado por su familia y sus cuatro hijos. Intimó con las más bellas mujeres de la farándula mundial. Hizo cuanto pudo para ser mejor.

Y al cerrar la parábola de su vida infeliz, les juro que pagó todos sus errores. Tras ocho años de cárcel por el homicidio de Alicia Muñiz, listo para reintegrarse a una vida ya sin sueños ni dinero, el Cholo murió trágicamente a los 52 años en una ruta bajo el cielo de su tierra, Santa Fe.

La Mary en cambio, cuarenta años después, nos sigue regalando su singular glamour cada domingo por la noche.

S.C.