Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

La historia de la sobreviviente de Once que todavía no volvió a casa

El diario La Nación publicó en su tapa dominical la historia de Natalia Messa, la única pasajera que sigue internada tras la tragedia de Once: “No me llamaron del Gobierno ni de TBA”, cuenta desde su cama en un sanatorio privado. Foto: La Nación A dos meses de ocurrida la tragedia de Once, poco y nada se hablaba de aquellos que seguían internados en clínicas privadas. Tampoco la había visitado...

El diario La Nación publicó en su tapa dominical la historia de Natalia Messa, la única pasajera que sigue internada tras la tragedia de Once: “No me llamaron del Gobierno ni de TBA”, cuenta desde su cama en un sanatorio privado.

Foto: La Nación

A dos meses de ocurrida la tragedia de Once, poco y nada se hablaba de aquellos que seguían internados en clínicas privadas. Tampoco la había visitado nadie del Gobierno ni de TBA.

Por eso, Natalia, de 28 años, se decidió a contar su historia. La que vivió esa mañana del 22 de febrero en el primer vagón del Ferrocarril Sarmiento, al que se subió en la estación de Merlo rumbo a su trabajo de empleada en un local mayorista. Una formación que luego chocaría contra la estación de Once, que dejó 51 muertos y más de 700 heridos. Natalia fue uno de ellos: estuvo más de cuatro horas atrapada entre los fierros, con fracturas en ambas piernas una de ellas expuesta–, cortes en la cabeza y una tira de su mochila alrededor del cuello que le dificultaba respirar. Por los aplausos que escuchó, cree que fue la última en salir con vida del vagón.

“Antes de llegar a Morón, como subía más gente, me corrí a la ventanilla porque vi que nadie se ponía ahí. Y antes de llegar a Once, ya estaba esperando para bajar y ahí no me dio ni tiempo para mirar que se me vino todo encima. Ya tenía los fierros acá –se señala el cuerpo– y se me dio vuelta todo. Unos segundos…”, relata Natalia a LA NACION desde una de las camas de la clínica de Villa Crespo donde lleva dos meses internada.

No escuchaba nada, recuerda. Sólo el ruido de fierros, de vidrios… y sólo después los gritos de la gente. Natalia permanecía parada casi en el mismo lugar donde viajaba, pero inclinada hacia abajo. No se podía mover: tenía una chapa contra la cabeza y la tira de la mochila ya la estaba ahorcando. “No podía respirar, sentía que el cuerpo se hinchaba, me faltaba el aire, quería agua, se me secaban los labios”, dice.

“Y después sentía que los bomberos iban cortando del otro lado –cuenta–, y entonces empezaron a gritar todos. Me agarró desesperación porque yo sentía la sierra cerca y pensé que me iban a cortar. Un muchacho que estaba abajo mío, que lo estaba aplastando el mismo asiento que me aplastaba a mí, me empezó a decir que me calmara. Y el chico me dio la mano y me dijo ‹‹fuerza que ya salimos››, que ya estaban los bomberos e íbamos a salir.”

“HASTA ACÁ LLEGUÉ”

Más de una vez Natalia se dijo “hasta acá llegué”. El le decía que aguantara, que ya iban a salir. Y, si ella se movía, lo apretaba al muchacho, y, si él se movía, lo apretaba a un niño de diez u once años que también estaba ahí. Y, si el chico se movía, gritaba una señora. Estaban todos así. “El nenito murió –acota la madre de Natalia, sentada a unos metros de la cama de su hija, acompañándola desde el primer día–. Le dio un paro cuando lo sacaban en la camilla y murió”.

Natalia no se acuerda el nombre del muchacho. Ni de dónde es, ni cuántos años tiene. Tampoco se acuerda si ella le dijo su nombre en algún momento. “Cuando me sacaron, él ya no estaba, el niño tampoco y otro señor tampoco. Tenía una persona muerta arriba mío y había otra señora que estaba muerta ahí. No vi a nadie más, no vi que siguieran sacando gente ni nada. Empezaron a aplaudir los bomberos, enfermeros, la gente que estaba mirando… capaz yo era fui última. Cuando me sacaron sentí que me habían sacado una pared de encima”, recuerda.

Natalia vive en Merlo junto a sus padres y una de sus hermanas. En esa casa su madre miraba televisión cuando vio el anuncio de último momento en el noticiero y se enteró del accidente. Ahí comenzaron los llamados y la búsqueda desesperada de toda la familia: recorrieron hospitales de la Capital, pero no figuraba en las listas… Aún estaba dentro del vagón. Fue su tío quien la encontró en el Santojanni. No la pudo ver porque ya estaba en el quirófano. Por la urgencia del caso, Natalia había llegado hasta ahí en helicóptero.

Una enfermera pregunta por ella e interrumpe el relato. Le avisa que no le trae nada para comer por el ayuno. Por la tarde tendrá que ir una vez más al quirófano. Natalia ya ni se acuerda cuántas veces entró en el quirófano después de aquella primera intervención en el Santojanni y tras la cual fue derivada al Centro Médico Fitz Roy. “Al principio era una vez a la semana, después tres veces por semana, ahora son menos de nuevo”, apunta.

Ya pasaron dos meses, pero Natalia no puede sacarse de la cabeza lo que pasó con su mochila: ahí llevaba tres celulares del trabajo y un sobre con 700 pesos. Cuando la subieron al helicóptero los bomberos se la tuvieron que sacar con la promesa de que se la devolverían. Costó conseguirla: en el puesto policial de Once exigían que fuera ella personalmente a buscarla. Cuando su padre pudo recuperarla estaba abierta: estaban los dos celulares más viejos, pero faltaba el nuevo, el sobre con la plata y una billetera con su tarjeta de crédito.

A Natalia siempre le gustó la carrera de veterinaria. Nunca la inició, y hoy se le vuelve a pasar por la cabeza. Pero su prioridad es volver a casa con su familia y con sus animales. Sin embargo, los médicos le dicen que faltan meses aún para que se recupere y pueda comenzar la rehabilitación. También destacan lo bien que lleva el tratamiento. Y es así: sorprende la fortaleza con que recuerda cada detalle de lo sucedido y reconforta su optimismo cada vez que mira hacia adelante..

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