Buenos Aires, 18/12/2017, edición Nº 1860

La historia de la columna del Templo Persa que se luce en Palermo

Fue donada por un Sha de Persia en 1965. Es una réplica de las que hay en el Palacio de Ciro II. Hoy brilla en la plaza República Islámica de Irán.

Por Eduardo Parise

(CABA) Muchos saben que se trata de una réplica. Sin embargo, no se puede negar que tiene una doble carga histórica. Por un lado representa una de las columnas de lo que fue el Palacio de Ciro II, el Grande, en la mítica ciudad de Persépolis, capital del Imperio Persa hacia el año 550 a.C. Por otro, significa un símbolo amistoso entre los pueblos porque fue donada por el entonces Sha de Persia cuando en 1965 visitó la Argentina. La obra tiene diecinueve metros de alto, desde 1978 está en el barrio de Palermo y se la conoce simplemente como “la columna del Templo Persa”.

En 1965 la Argentina tenía un breve gobierno democrático y Arturo Illia era su presidente. Como parte de los festejos por un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo de 1810, distintas personalidades visitaron el país. Entre ellas llegaba Mohamed Reza Pahlevi y su tercera y bella esposa, la emperatriz Farah Diba. La pareja real se alojó en el Plaza Hotel y para ellos hubo una atención especial con lujosos detalles, muy difundidos por la prensa de la época. Por ejemplo, dicen que en su lecho se colocaron sábanas centenarias confeccionadas con un fino hilado de lino. Y en uno de los tantos agasajos se sirvieron ostras y cada una contenía una perla natural.

En ese contexto fue que el sha donó la columna que hoy se luce en la plaza República Islámica de Irán, en la avenida Figueroa Alcorta, entre las avenidas Sarmiento y Casares. Recién en diciembre de 1978 la Dirección de Paseos de la entonces Municipalidad de Buenos Aires le entregó a la empresa constructora los seis contenedores que tenían las piezas para su armado. Cuentan que para armarla se hicieron unos moldes de la columna cónica, divididos en varios segmentos. Después, fueron rellenados con una mezcla hecha con cemento y piedra molida proveniente de Persépolis, donde están las ruinas de ese palacio, destruido en el año 330 a.C. cuando Alejandro Magno saqueó aquella ciudad.

columna del Templo Persa 2

El remate de la columna también resulta impactante. Allí se ven las grandes cabezas de dos bueyes, símbolo de la fuerza. Los especialistas afirman que en el palacio original (construido entre los siglos VI y V a.C.), y sobre el lomo de esos bueyes, que miran uno hacia cada lado, se apoyaban las vigas realizadas con madera de ébano o cedro, que sostenían el techo de lo que se conocía como la Apadama (Sala de Audiencias). Es que Persépolis era la capital del imperio aqueménida y ese lujoso palacio era una especie de sede gubernamental y símbolo de aquellos emperadores. El final de esa dinastía llegaría en el 330 a.C. cuando Darío III fue vencido por el guerrero macedonio Alejandro Magno.

En Persia, el reinado del sha Mohamed Reza Pahlevi terminó en febrero de 1979 con la revolución que proclamó la nueva República Islámica de Irán. Pero la réplica de aquella columna se mantiene en la Ciudad como símbolo de una cultura milenaria. Y a unos metros, también en la plaza, hay otra obra que aporta historia. Se trata de la imagen de un León Persa, realizada con cerámicos babilonios. Su autor es el artista ítalo-argentino Blas Salvador Gurrieri. Egresado en 1949 del Instituto de Arte Estatal Comiso de Sicilia, en su Italia natal, al año siguiente Gurrieri se radicó en la Argentina y sus trabajos se destacan tanto en el país como en el mundo.

La plaza República Islámica de Irán está llena de palmeras, lo que le otorga un marco especial a la imponente columna instalada en esa zona palermitana tan cubierta de verde y obras artísticas valiosas.
Y ya que se menciona a otras obras valiosas vale destacar que una de ellas es la majestuosa estatua ecuestre dedicada al caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, realizada por los artistas Héctor Rocha y Renzo Baldi. El monumento, ubicado en el cruce de las avenidas Figueroa Alcorta y Sarmiento, tiene una llamativa curiosidad: los autores olvidaron algo no menor: hacerle a la montura la cincha que la sujeta al caballo. Pero esa es otra historia.

León Persa

Fuente: Clarín

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