La historia de Adrianita, la santita que curaba enfermos en Florencio Varela

La historia de Adrianita, la santita que curaba enfermos en Florencio Varela

(PBA) Un santo es alguien elegido por Dios. Y un milagro es un hecho no explicable por las leyes naturales. Para miles de personas que la veneran, una chica de 11 años, que murió en 1969, es una santa que realiza milagros.

Es Adrianita Taddey, que tuvo una vida de sufrimientos rodeada de misterio. Nació el 4 de noviembre de 1957 en Florencio Varela. Familia de clase media con profundo sentido religioso, que traían de sus ancestros checoslovacos. Su mamá, Antonia, contó que un día, estando en el comedor, escuchó la voz de una nena que desde la cocina le decía: “Mamá, mamá”.

Desesperada fue a ver a su médico de cabecera y le preguntó si necesitaba pedir un turno con un psiquiatra. Después de algunos análisis, el galeno le dio la respuesta: estaba embarazada. De ella. De Adrianita. Años después reconocería que aquella voz que escuchó estando embarazada era la voz de Adrianita.

Cuando nació, Antonia, antes de anotarla en el Registro Civil, le dijo a su marido: “No le pongamos el nombre de la santa del día. Ella hará santo su nombre”. Era costumbre en esa época que los padres se fijaran en el santoral del día y muchos pobres infantes, por el azar del calendario, cargaron sobre sus espaldas con nombres como Pantaleón, Mequiades, Marciana o Cesarina.

En las Pascuas de 1961, Adrianita, que tenía tres y años y medio, se sintió mal. La llevaron a una clínica barrial de Villa Vatteone y un médico le aplicó una inyección. La nena se puso morada y para todos los presentes había muerto. Increíblemente despertó, pero mal. Estaba parapléjica.

Fue el comienzo de su calvario y al mismo tiempo de sus milagros. La trasladaron al Hospital de Niños de la Capital, donde estuvo 56 días internada. Los doctores no le dieron esperanzas. Pero una noche, de repente, todo cambió.

Su madre llegó una mañana al hospital y la vio rozagante. Adrianita le contó: “A la noche vino a buscarme una señora alta, con vestido largo y el pelo también largo, y una cara muy linda. La rodeaba una luz. Dijo que era la Virgen María y me llevó a pasear al parque donde hay un gato grande. Dijo también que va a estar siempre a mi lado cuidándome”. Los padres de Adrianita fueron al jardín del hospital y encontraron que un gato muy grande vivía allí. La nena nunca lo había visto antes de contar su historia.

Otro día, al llegar su mamá nuevamente al hospital para pasar el día con ella, se encontró con que Adrianita estaba llorando. Cuando su mamá le preguntó el motivo, la nena le dijo: “Se murió Cachito”. Era su perro.
Antonia le dijo que se quedara tranquila, que al salir de casa dos horas atrás, Cachito estaba perfecto y la saludó moviéndole la cola. Al volver la señora a Florencio Varela, a la noche, encontró a Cachito muerto en la cocina.

Su mamá decidió entonces llevar un puñado de medallas de la Virgen Milagrosa y las puso bajo la almohada de Adrianita. Cada vez que en la sala había un chico gravemente enfermo la nena pedía que sacaran una de las medallitas y la pusieran bajo la almohada del chico. Que se curaba milagrosamente.

Los médicos empezaron a llamarla la Santita de Varela. Adrianita se recuperó milagrosamente y volvió a su casa. Gracias a un raro medicamento traído de Rusia, la Flor de las Nieves (no estaba aprobado y fue experimentado sobre ella), volvió a caminar. Y empezó a llegar gente a su casa, para que Adrianita curara sus enfermedades. Era un largo peregrinar de desesperados que se iban sanados de sus males.

En el colegio, Adrianita fue una excelente alumna con doble tarea: estudiar y sanar a los demás. Hasta que le tocó el turno para aplicarse la vacuna triple. Su dosis estaba fallada. A las 4 de la mañana del domingo 4 de mayo de 1969, falleció. Su mito se agigantó.

A la misma hora de su muerte, en el cielo de Florencio Varela, y durante dos horas, se formó un corazón luminoso atravesado por una flecha. Las imágenes fueron publicadas en un diario de la ciudad. Nunca hubo una explicación científica para tal hecho.

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Todos en su familia recordaban que Adrianita recortaba fotos de las revistas y las pegaba en cuadernos. Días antes de su muerte había recortado la foto de un auto negro. Y escribió: “Con este auto van a ir a una gran fiesta”. En 1984 la familia Taddey fue invitada a una fiesta en el Sheraton. El auto que los vino a buscar era un Ford Fairlane negro. El mismo auto que había recortado Adrianita.

Desde hace 47 años son miles los que pasan anualmente por su bóveda. Son tantas las flores que le dejan que las mismas deben ser removidas una vez al día. Las placas de agradecimiento ya cubren todo el frente de la bóveda. Son de aquellos que pidieron un milagro y les fue otorgado.

La fe es un sentimiento irracional que alguien produce en los demás. Adrianita sonríe desde una foto en el interior de su bóveda. La gente la llama Santita. Fe de pueblo le dicen. NR

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