Buenos Aires, 18/12/2017, edición Nº 1860

La galería Ruth Benzacar cumple medio siglo

Una de las más importantes galerías de arte de la Argentina

¿En qué circunstancia tu mamá fundó la galería y cuáles fueron las etapas principales de ese proyecto?

–Ruth abrió su primer espacio en 1965, en nuestra casa de la calle Valle, en el barrio de Caballito, después de algunas oscilaciones económicas por las que necesitó vender pinturas coleccionadas con mi papá. Tenía 33 años y se sumó a una tarea en la que tenía todo por aprender. Lo que se proponía no era fácil pero ella era tenaz, optimista e inquebrantable. Logró convertir su casa en un punto de encuentro, de largas charlas y debates. Desde Jorge De la Vega y Marilú Marini hasta Jorge Romero Brest y Antonio Berni, participaron de aquellos encuentros.

–¿Cuáles fueron las principales etapas de la galería en todos los años que Ruth estuvo al frente?

–En 1975 nos mudamos a Talcahuano al 1200, a un departamento francés con un pasillo que parece de museo donde hoy viven Marlise y Aníbal Jozami y allí tienen su colección de arte. En 1983, Ruth inauguró su galería en un moderno subsuelo en Florida 1000; en 1988 participó por primera vez en ARCO, la gran feria de arte contemporáneo de Madrid. En 1990 se convirtió en la primera latinoamericana integrante del comité organizador de ARCO y al año siguiente entró en la lista de las doscientas mejores galerías del mundo. Le decían la “zarina del arte” y recibía con la misma sonrisa a artistas, coleccionistas, críticos, académicos, periodistas, políticos y empresarios. Ruth supo hacer el clic entre el artista y el comprador. Ella poseía un carisma especial y un poder de convicción que le permitió formar nuevos compradores y coleccionistas. Ella estaba convencida de que la batalla que había que dar era para posicionar al arte Argentino en la escena internacional. Para ello lo primero que hizo fue realizar un audiovisual, muy doméstico, con música del joven Astor Piazzolla y lograr proyectarlo en el MoMA de Nueva York. También tuvo la visión de participar en ferias internacionales en la década del ochenta y proyectar estrategias de mercado en alianza con subastadoras internacionales.

–Es decir que el mundo del arte fue parte de toda tu vida.

–Sí, desde chica. Recuerdo que cuando Roberto Aizenberg partió al exilio, mamá le compró una espléndida mesa para ayudarlo, que pasó al comedor de nuestra casa-galería de la calle Talcahuano. Mis sábados no eran como los de los otros chicos. De la mano de mi mamá, yo paseaba por Florida, visitaba muestras, iba a la Galería del Este, al Instituto Di Tella, sin saber que tiempo después nuestra galería estaría a metros de allí. Recibí toda mi infancia y adolescencia una educación paralela a la formal, vinculada con el arte, pero al finalizar mis estudios secundarios tuve una fascinación con la biología, carrera que cursé y terminé en el año 80. Fui una bióloga feliz por diez años. En 1990, ya con dos hijos, Mora y Nicolás, decido probar cómo era trabajar con mi madre en la galería. Fueron otros diez felices años trabajando juntas codo a codo. Pero ella partió muy rápido. Yo creo ser muy parecida a ella en cuanto a la visión y muy distinta en cuanto a la estrategia. Porque me tocó vivir un mundo muy diferente. Mi decisión fue redoblar la apuesta por la contemporaneidad.

–¿Cuáles fueron las etapas más importantes de tu gestión al frente de la galería?

–El mismo año 2000 en que murió mamá me llegó una invitación a postularme para una nueva feria en Miami. La galería estaba atravesando una crisis muy seria que llevaba a pensar más en cerrar que en seguir. Pero no solo no cerré, sino que me tiré a la pileta en un momento en el cual, objetivamente, era muy loco hacerlo. Y fue la decisión más acertada de toda mi carrera, porque Art Basel Miami Beach es, desde 2002 y hasta el día de hoy, una de las ferias más importante del mundo. Durante años fuimos la única galería argentina participante. Históricamente veníamos participando de ARCO Madrid, pero no teníamos un pie en los Estados Unidos.

–Después vino Currículum Cero.

–Fue un concurso que lanzamos en 2002 para jóvenes artistas, que duró diez años. De allí surgieron Adrián Villar Rojas, Flavia Da Rin, Carlos Huffmann, Eduardo Basualdo y Matías Duville, por nombrar a algunos de los talentos que acompañamos en sus inicios y que ya son nombres con reconocimiento a nivel internacional.

–La participación en ferias internacionales es algo clave para la galería.

–Trabajo muchísimo para lograr una gran visibilidad internacional para los artistas. Como Ruth, pionera en esto de viajar a ferias, yo sigo en esa línea porque entiendo que el vínculo con el exterior es imprescindible, tanto para la carrera de los artistas como para sustentar la delicada estructura comercial del arte actual en la Argentina. Es un orgullo que dos de los artistas argentinos convocados por la Bienal de Venecia 2015 –Eduardo Basualdo y Ernesto Ballesteros– sean de mi galería, o que la mayoría de los envíos oficiales de la Argentina en las últimas ediciones estén vinculados a la galería, como el actual, Juan Carlos Distéfano o Adrián Villar Rojas, en 2011.

–La nueva mudanza de la galería, del Centro a Villa Crespo, es otro punto saliente de tu gestión.

–Lo que estamos haciendo no es nada demasiado original. En el mundo entero el arte se usa como motor para transformar zonas y barrios. Salimos del Microcentro y estamos reuniéndonos en una zona donde creemos que está pasando algo muy interesante desde que desembarcamos con nuestra historia, con lo que representamos. Sabemos que tenemos que hacer mucho para atraer a la gente y que tome la habitualidad de venir para acá. Pero es un desafío buenísimo, divertido, creativo. A quien le guste lo que hacemos, va a venir. Ya somos 12 galerías que en muy poco tiempo nos hemos instalado en Villa Crespo y vamos trabajando en red. Por ejemplo: organizamos un circuito en el barrio los primeros sábados de cada mes para que el público pueda recorrer buenas muestras, caminando de una a otra. También tenemos un mapa del circuito. Aquello que habíamos imaginado está ocurriendo mucho más rápido de lo que pensábamos. Y estoy feliz y segura de lo que estamos haciendo. Era una necesidad imperiosa cerrar Florida y abrir un espacio nuevo. Siempre digo que la nueva galería de la calle Velasco es un proyecto con porvenir, de cara al futuro: es como refundar, renacer. Incluso desde su arquitectura y su funcionalidad, el espacio fue concebido como una galería de arte del siglo XXI. Está todo pensado en esa dirección.

–Llegamos a la tercera generación en la galería.

–Mi hija Mora entró a los 26 años. Lo primero que me pasó fue que entendí por qué mi mamá estaba tan contenta cuando empecé a trabajar con ella. En su momento, la reacción de Ruth me pareció desmedida, esa típica sensación de hija de decir: “¡Pero mamá! ¿qué te pasa?”. Ahora que me tocó estar del otro lado, le doy la razón. Estoy muy contenta trabajando con ella.

–¿Cómo ilustrarías la continuidad de la gestión de la galería y cuál es la función de la galería que debería destacarse?

–La continuidad del trabajo puede ilustrarse con Leandro Erlich, que en 1994 exhibió en la galería, con Ruth, una maqueta que proyecta el traslado del emblema de la ciudad (el Obelisco) a La Boca, y en estos días nos sorprendió con su intervención sobre el Obelisco. Y en cuanto a la segunda parte de la pregunta, creo que como galería tenemos un importante rol pedagógico: darle una oportunidad al público para ser más libre, para enfrentarse al arte y que lo desconcierte o lo emocione, vivir experiencias diferentes. En lo concreto, estamos generando distintas propuestas de encuentros: después de la inauguración de cada muestra, hacemos una actividad con el artista, que puede ser desde una charla abierta con un filósofo, hasta una audición de música, o la proyección de una película, en función del deseo de los artistas, pensando en encontrarse con el público. También organizamos talleres para niños, uno por muestra, donde se trabaja enlazando el universo de los niños con el del artista y su obra. También en 2014, comenzamos un ciclo de acciones que pone en diálogo las artes (visuales, poesía, danza, etc.) y hemos ampliado este año, dedicándole un segmento en nuestro programa. Creo que la galería debe ser un espacio vivo, no sólo porque cuanta más gente circule, más compradores potenciales habrá y más coleccionistas podrán surgir, sino porque tiene un importante rol social.

–¿Y cómo se ve el trabajo de la crítica desde la función de galerista?

–Creo que la Argentina (y quizás el mundo en general) está pasando por un momento de poca crítica de arte. Me parece que tenemos académicos muy buenos pero, en el mundo de la prensa, me animo a opinar que hay un poco de déficit. Están respondiendo más al tiempo que vivimos y se ocupan más del evento que del contenido: cuánta gente movió o cuánto vendió, pero no se plantean miradas, lecturas sobre lo que se está mostrando.

* La galería Ruth Benzacar está en la calle Juan Ramírez de Velasco 1287 y acaba de inaugurar una muestra de Pablo Siquier.

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